FICHA TÉCNICA



Título obra Claro que te quiero

Autoría Rubén Broido

Dirección Rubén Broido

Elenco Gina Morett

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Bruno Bert, “Barniz de intelectual rebeldía”, en Tiempo Libre, núm. 722, 10 marzo 1994, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Barniz de intelectual rebeldía

Bruno Bert

En el Foro Shakespeare está presentando un monólogo a cargo de Gina Morett. Se trata de Shirley Valentine, de Willy Russell, que en México Rubén productor y director— estrenará bajo el nombre de ¡Claro que te quiero!

El tema encarado es el de la mujer de clase media, que promediando los cuarenta descubre que su vida ha sido un total y absoluto fracaso. Los signos de esto no están en la presencia de trágicos sucesos, sino más bien en la carencia absoluta de hechos relevantes. Su vida ha transcurrido en un monótono desgranar de horas dedicadas al matrimonio y los hijos. Y ahora que éstos comienzan a independizarse, el vacío de ambiciones o al menos mínimos proyectos capaces de dar identidad y color a esa existencia, se hace evidente. Y la pared se vuelve el único interlocutor posible ante un marido brutalizado por la rutina, neurótico y frustrado como ella misma.

Una amiga por circunstancias fortuitas, le regala un pasaje a Puerto Rico con estadía pagada por dos semanas. Es el detonante que libera las retenidas en Valentina y lo que permite ir describiendo en el transcurso de los dos actos de la obra, el arco de sus transformaciones radicales a partir de la toma de conciencia.

Nos hallamos en el terreno de la comedia, por lo que la risa permitirá el distanciamiento y el asumir los tintes más negros. El abordaje será sobre todo irónico y la patética realidad mostrada, finalmente habrá de desembocar en una salida encantada, con palmeras de fondo y un nocturno de playa y vino blanco como escenario de un posible e idílico reencuentro de la pareja, hasta allí hastiada por veinte años de vacío.

Se trata entonces de un espectáculo liviano y optimista, capaz de marcar los problemas habituales de los matrimonios y las familias de este tipo; pero tratando de demostrar que los cambios son posibles por el lado de la magia y no por la transformación de los componentes frustrantes que esa realidad implica. Y en este sentido se vuelve una obra bastante mistificadora, porque aparentando la valentía de un enfrentamiento con una realidad hostil a la mujer de esa edad y esa condición social, lo único que realmente hace es desviar las tensiones de las posibles espectadoras capaces de identificarse con Valentina, diciéndoles que ya todo se superará conque sólo aparezca en su camino algo tan inverosímil como una fuga en clave de larga vacación a una playa remota tal vez de la Polinesia.

Las posibles Valentinas de la platea se identifican, sonríen suspiran y terminan consumiendo a ¡Claro que te quiero! como un producto similar a esa multitud de revistas "para la mujer" que producen evasión de tensiones reales pero dejan (consciente o inconscientemente) a sus lectoras bien en claro que la vida real es como es, y soportarla humilde y pasivamente es lo único verdaderamente posible. Lo demás —la obra, la revista o el programa de televisión— es el necesario sucedáneo a una transformación que de darse en el plano de lo cotidiano podría llegar a poner en entredicho nuestro particular quietismo. Así, la paradoja de este tipo de trabajos es que resultan lo contrario de lo q aparentan en un primer vistazo superficial.

El montaje que realiza Broido es ágil, sin pretender nada particularmente novedoso. Es efectivo en cuanto a ritmo, manejo de ese espacio que es la casa o la hipotética playa en el segundo acto —reproducidos aquí dentro de un discreto naturalismo por parte de Andrés Alemán como escenógrafo— e incluso en el tratamiento con la actriz. A este nivel podemos decir que se trata de un buen trabajo de carácter convencional, que hace llevadero y aun agradable ese extenso monologo. Gina Moret es una intérprete correcta, que asume las lineas trazadas por la dirección en forma ágil y que sabe mantener nuestra atención acabalgada a los pequeños acontecimientos que se van narrando con un buen nivel de compromiso actoral. Hay gracia y recursos, aunque a veces podamos echar de menos algunos matices en un trabajo que tal vez los reclama con mayor fuerza, tanto por su extensión como por el carácter de monólogo la obliga a ser el invariablecentro de nuestra atención.

En definitiva ¡Claro que te quiero! es un material que, hechas las aclaraciones correspondientes en cuanto a su sentido de lectura, seguramente dejará satisfechas a muchas espectadoras de nuestra ajetreada y alienante ciudad que buscan en el teatro un "paréntesis" amable con cierto barniz de intelectual rebeldía.