FICHA TÉCNICA



Título obra Bajo el silencio

Autoría Óscar Liera

Dirección Gonzalo Blanco

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Juego de violencias”, en Tiempo Libre, núm. 720, 24 febrero 1994, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Juego de violencias

Bruno Bert

Dentro de las obras de Oscar Liera hay un tríptico construido por textos breves que suele ser repuesto con cierta frecuencia. No sé si estas pequeñas composiciones tienen algún nombre específico de origen, pero me ha tocado ver varias versiones de ellas y los títulos cambian completamente de un montaje a otro. Así, queriendo ahora conocer un material aparentemente inédito llamado Bajo el silencio, que se está presentando en La Gruta, acabo de reencontrarme con la primera parte del último montaje que realizara hace años Julio Castillo y que en su momento se llamó Dulces compañías. Una excelente puesta que descubría la rica gama de posibilidades de lectura que ese material propone para las manos de un director talentoso.

Es un trabajo para dos intérpretes —en este primer tramo (ya que es de dos), para un hombre y una mujer—que encarnan a un lumpen adicto y trastornado y a una maestra clase mediera a la que excita ligar desconocidos en un parque para llevárselos luego a su departamento: sitio que como una caja fuerte de los valores burgueses, se vuelve allí espacio para un ritual de muerte.

Liera, apoyándose en esta anécdota de apariencia casi trivial, aunque sumamente inquietante, nos propone una suma complementaria de significados: desde el thriller que avanza dosificadamente por todas las formas de la amenaza, la esperanza y el miedo, hacia un asesinato quizás previsible pero no por eso dramáticamente menos efectivo; hasta el cuestionamiento directamente ideológico. Una visión comprometida sin didactismos en relación a las clases sociales y a la ética que cada una maneja, en este caso estrechamente vinculada al sentido de la propiedad y el abandono, asumidos aquí por estos seres a los que Liera ubica sabiamente más allá del maniqueísmo de cualquier definición de alguna moral aparentemente personal. Esto, sin dejar de lado la lectura psicológica a través de una minuciosa descripción de caracteres que emanan de una estricta y documentada historia de vida que vamos descubriendo durante el transcurso de la obra.

Estas tres líneas se entrelazan en el texto organizando una trama rica en matices, con una impecable progresión en su estructura; ameritando de un montaje igualmente imaginativo que efectivice en imágenes y sugerencias lo fabulado por el autor.

Por supuesto, la ambientación que requiere es de tipo verista, y el espacio debe ser de cámara, ya que exige una entre morbosa y asustada complicidad con el juego de violencias que plantea. El hallarle una alternativa de manejo espacial y objetal que se inserte en la narración sin ilustrarla, bordando una inquietante naturalidad, es uno de los desafíos de la obra.

En este caso, el director, Moisés Rodríguez —que además asume el rol protagónico y se encarga de la ambientación escénica— ha logrado sólo la espuma de la ola, es decir, los elementos superficiales de la propuesta original, en cada uno de sus renglones. Lo que nos queda en el tintero del deseo (posiblemente estimulado por el fuerte antecedente de aquella puesta de Julio), es la profundidad en la intención; la limpieza con que cada plano debe articularse con el siguiente, enriqueciéndose mutuamente y el manejo actoral, aquí apenas correcto pero sin la densidad que los personajes reclaman.

Gloria Mirave te asume la contraparte femenina, y logra momentos interesantes, incluso intensos, dentro de un panorama verosímil de comportamiento. Sin embargo, al igual que a su compañero, le falta riqueza de matices y un desarrollo más "cabrón" del personaje, para dar simultáneamente al ser individual y social que cada uno. de ellos contiene en sí; con el grado de inocencia y responsabilidad que ambos manejan a caballo entre lo consciente y el acto reflejo de una cultura asumida como segunda naturaleza. La difícil articulación entre el personaje psicológico y el ser social queda remitida esencialmente a los planteos del texto, pero no logra extenderse al espacio escénico como una sensación orgánica de los personajes. Así, no podemos hablar de un mal trabajo, sino más bien de una construcción con limitaciones que no logra plenar las posibilidades que, como decíamos al principio, el autor propone a partir del libro a quienes asumen el riesgo de su transposición a la escena. Hay energía y también compromiso con la tarea, pero aunque esto resulta de básica importancia, no termina de fraguar con el impacto que potencialmente contiene.