FICHA TÉCNICA



Título obra Pecado de Adán

Autoría Jesús García Román

Dirección Jesús García Román

Espacios teatrales Nave de la iglesia del Claustro de Sor Juana

Referencia Bruno Bert, “El misterioso pecado de Adán”, en Tiempo Libre, núm. 719, 17 febrero 1994, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El misterioso pecado de Adán

Bruno Bert

No es frecuente la reposición de obras medievales, sobre todo en lo que hace al acervo de los primeros siglos de este milenio que ahora concluye. Y esto es así, esencialmente porque el teatro occidental posclásico estaba fraguándose en esos momentos, junto con las lenguas y los estados nacionales.

Así, no son muchos los materiales completos que de ese tiempo se conservan. Por ello, resulta particularmente llamativa la puesta de El pecado de Adán, la adaptación de un texto anónimo normando del siglo XII que se está presentando en la nave de la iglesia del claustro de Sor Juana, bajo la dirección de Jesús García Ramón.

Estos misterios solían representarse en el interior de los templos, con participación directiva de los clérigos; hasta que debido a sus "excesos" (asombrosos realmente, aun para nuestro pensamiento contemporáneo tan aparentemente libre de prejuicios) fueron expulsados primero al atrio y más tarde a las calles y plazas, para ser finalmente prohibidos por la misma jerarquía eclesiástica que apoyara su nacimiento.

Que yo conozca, pervive sólo un ejemplo de este tipo de representaciones, que es una verdadera rareza de la antropología teatral, y me refiero al Misterio de Elche posterior en tres siglos al que ahora nos ocupa, que en España congrega cada año a una multitud de creyentes y curiosos en la antigua y espaciosa iglesia donde se lleva a cabo.

Y es siguiendo esta costumbre ya extinta, que el grupo mexicano eligió el actual lugar de su representación, aunque en este caso el templo esté desacralizado y convertido en museo.

El tema está indicado claramente en el título de la obra y abarca desde la creación del mundo hasta de la anunciación de la llegada de Cristo por San Juan Bautista, como una forma de esperanza para la redención no sólo del género humano, sino también de los padres primigenios a los que hemos visto hundirse en el infierno debido al pecado original.

Resulta interesante el tratamiento que dan a este material. Por un lado, incorporan libremente entre las sugerencias de manejo técnico reminiscencias de las estéticas orientales; y por el otro, recuerdan las bouffonneries tan típicas del medioevo a partir de los juegos entre los diablos. En el caso de la primera de estas incorporaciones, el acento más fuerte sobre el oriente está dado en los muñecos que —hasta el momento del pecado— encarnan a Adán y Eva, en una doble sugerencia capaz de enriquecer y actualizar ideológicamente el trabajo. Estas especies de marionetas, de cerca de un metro de altura, provienen de la tradición del Bunraku, aunque aquí se las adaptó a la estética necesaria para el espectáculo, incluso sin intentos de ilustraciones medievalistas. Realmente se vuelven dos piezas capaces de atraer la atención durante una buena parte del espectáculo. También los coturnos que usa el director en el papel del gran hacedor, pueden recordarnos, sobre todo por la forma de su manejo a los tabis, esos característicos zapatos de madera propios de la escena japonesa.

Se advierten, también, otras aportaciones más sutiles de las técnicas orientales dispersas a lo largo de todo el trabajo. Esto nos recuerda que hemos visto de Jesús García Ramón, hace ya unos buenos años, el montaje de una obra de Mishima y también una posterior plática donde nos hablaba de sus estudios en Oriente.

Respecto a la juglaría presente sobre todo en los diablos, lo que se da es una pérdida de la procacidad que los originales tenían, y de la incitación que esta irreverencia provocaba entre la platea. Mostrar el trasero, pedorrearse y usar las más gruesas muecas con sugerencias de obscenidad unidas a palabras desnudas de cualquier pudor, era lo menos que podía esperarse de ellos... aunque estuvieran en el interior de la iglesia y fueran encarnados, incluso por sacerdotes. El elenco conserva una cierta relación con el público, reminiscencia de aquellas ásperas vinculaciones, pero la vuelven más bien como para teatro infantil, con todo lo limitante y convencional que esto suele ser en nuestro medio. Todo se lava en un juego levemente aburrido de "buenas maneras". Naturalmente, no hubiera sido posible conservar lo que ya es arqueología de las costumbres, pero sería interesante rescatar la significación esencial de aquellos hechos tan vivos.

El pecado de Adán intenta una recreación libre sobre bases más contemporáneas, tanto en lo formal como en lo conceptual. En algunos casos acierta y enriquece los viejos textos, mientras que en otros se viste de una torpeza creativa que resulta sumamente contrastante. Pero a pesar de esto, es un material que vale la pena ver si usted es una persona con curiosidad teatral.