FICHA TÉCNICA



Título obra Rueda de la fortuna

Autoría Sergio Cataño Vergara

Dirección Sergio Cataño Vergara

Espacios teatrales Salón México

Referencia Bruno Bert, “Baile caliente en un juego distante”, en Tiempo Libre, núm. 717, 3 febrero 1994, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Baile caliente en un juego distante

Bruno Bert

Como primer espectáculo de estreno del año me ha tocado ver uno que, por utilizar un escenario no convencional, me permitió además conocer un espacio con larga tradición dentro de nuestra ciudad: el Salón México, ese galerón que alguna vez contuvo una usina eléctrica y que desde hace tanto tiempo convoca a los gustadores de la música popular.

Se trata de Rueda de la fortuna, obra seleccionada en la Segunda Convocatoria Nacional de teatro; aparentemente de creación colectiva y bajo la dirección de Sergio Cataño Vergara.

El elenco ubica la acción de media docena de actores en la que habitualmente funge como pista de baile; sin atarlos a ninguna construcción escenográfica sino tan sólo proponiendo la sugerencia de algunos espacios apenas determinados por unos cuantos objetos móviles, casi circularmente rodeados por las mesas, la barra y el público. No resulta fácil establecer cuál es el tema abordado por la obra. No sólo por la carencia de cualquier secuencia lineal narrativa, sino también porque los bloques de imágenes parecen manejarse en una doble clave: la de superficie, que hace referencia a ciertos elementos de la cultura popular mexicana, esos sí reconocibles; y la más profunda, que más bien parece resolverse sobre códigos creativos que los actores y el director se formularon en conjunto para el desarrollo de este trabajo, y que suelen dejarnos al margen de una posible aprobación del material ni en su secuencia lógica ni en los canales que habitualmente subyacen a los códigos conceptuales. Estando en clave lúdica, uno se queda muchos momentos fuera del juego.

La apertura y cierre del trabajo, presentan características de circularidad, y -es allí donde el equipo echa mano a las sugerencias que puedan vincular en forma directa el material elaborado con el ambiente donde se presenta; los personajes propuestos, lanzados a una danza caliente de forma muy libre, encuentran sus raíces en seres que con verosimilitud pudieron haber poblado ese lugar en algún momento; padrotes y prostitutas en un juego de caracterización y provocaciones que escapa a las ataduras del cualquier naturalismo para lanzarse hacia lo onírico y el símbolo. De todas maneras resulta extraño advertir que fuera de estos dos pivotes extremos del espectáculo —su principio y fin— en todo su arco de recorrido, se conserva sólo muy atenuadamente este juego relacional con el espacio y el trabajo puede perfectamente prescindir del Salón México para darse en cualquier otro ámbito, incluso en un tradicional teatro a la italiana.

Los elementos reconocibles son el Diablo, Caín, Abel, el niño Fidencio y ciertos trasvasamentos de estos mismos personajes estereotipos de la cultura urbana, como pueden ser por ejemplo los luchadores o los tipos dibujados que mencionábamos en la apertura del espectáculo.

Seguramente es el ritmo siempre sostenido del trabajo, el manejo de una cierta "violencia" no sólo de los cuerpos sino también del tempo y la habilidad del director en relación a sus actores, lo que impide que Rueda de la fortuna se desmorone en el interés del público. Sin que esto termine, sin embargo, de despejar algunos serios obstáculos para lograr una más eficaz complicidad con lo que sucede en la escena.

Los intérpretes son Alejandro Reyes, Gerardo Dávila, Ruby Tagle, Rosy Rojas, Leticia Parra y Víctor Martínez. Su comportamiento es bastante sostenido y homogéneo, aunque destaca el trabajo —y sobre todo la presencia en cuanto al tipo de energía empleada del primero de ellos, actor al que viéramos en algunas interesantes puestas anteriores, sobre todo vinculadas a A. Oceransky.

Pero si el director utiliza inteligentemente el potencial de "calor" de su gente, manteniendo a través de ellos una circulación de la mirada y la atención; esta termina por tropezar con la elementalidad del lenguaje escénico. Aquí lo que echamos de menos es la capacidad de significarnos más allá de la comprensión lineal e inmediata. Podemos estar viendo un fascinante espectáculo en una lengua (verbal o corporal, da lo mismo) extraña, pero que nos atrapa por su riqueza de sugestiones. No es el caso, y esa carencia es la que en última instancia provoca más deterioro en el resultado artístico de Rueda de la fortuna; las imágenes (en la globalidad de lo que éstas deben conllevar) están a la zaga de la imaginación teórica de sus autores y de las propuestas que podemos intuir desperdigadamente en los textos del programa de mano.

En arte, por fortuna o por desgracia, el camino es también la posada.