FICHA TÉCNICA



Título obra Corazón marchito

Autoría Carlos Cuízar

Dirección Carlos Cuízar

Elenco María Luisa Medina, Emilia Fisher

Espacios teatrales Foro de La Conchita

Referencia Bruno Bert, “De la muerte y de la vida”, en Tiempo Libre, núm. 716, 27 enero 1994, p. 26.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

De la muerte y de la vida

Bruno Bert

Simone de Beauvoir terminaba uno de sus libros, el dedicado a los últimos días de su madre, diciendo que la muerte era siempre una violencia absurda ejercida contra el hombre. Sin embargo, es indudable el factor que da sentido a la vida, al acotarla con una finitud que imprime urgencia y valor a las acciones humanas. Y según algunos, incluso, sólo frente a su cercana presencia el hombre es capaz de bajar la guardia de su orgullo para intentar comunicarse realmente con sus semejantes.

Y ésta justamente parece ser la tesis de Concierto para un corazón marchito, la obra de María Luisa Medina, que se está presentando en el foro de la Con-chita. Se trata de una pieza para dos personajes que utilizan como anécdota la relación entre una doctora y una enferma terminal de cáncer, de origen posiblemente campesino o al menos de un pequeño pueblo de provincia. El mal se descubre ya sobre su etapa final y la médica "compra" a la enferma llevándola a su casa para poder hacer un rastreo minucioso de las reacciones y pensamientos de un ser un agonía. Esto, con la finalidad de confirmar la hipótesis que antes mencionábamos, a la que se halla vinculada no solamente por deducciones intelectuales sino también como resultado de algunas amargas experiencias de su pasado familiar. Como es natural deducir, toda la obra es el espacio de la mutua transformación de esos dos seres. El uno, a raíz del mal y la conciencia de su muerte inminente; y el otro, porque termina comprendiendo que las modificaciones más profundas de las actitudes humanas vale la pena intentarlas en estado de salud, con posibilidades reales de modificación de nuestros propios errores, sin esperar ese terrible detonador final que es la muerte.

Podríamos decir que se trata de una obra de tesis, y como en casi todas ellas, hay muy pocas acciones. Sólo un transcurrir del tiempo, consciente y urgente, que comunica a las palabras, manejadas como un fluir sonoro de las ideas, ese apremio que da lo irrepetible. Así, el espacio de ese pequeño teatro de cámara va saturándose no sólo de los conceptos —mezcla de lugares comunes e intenciones de superarlos para aferrar un sentido más plano de la vida—, sino también de emociones, terminando por impregnar a todos con una tristeza que se vuelve llanto en muchos espectadores a lo largo de repetidas apelaciones al carácter empático de los personajes. Sobre todo, claro, de la mujer que muere. En esto juega un importante papel la labor de las actrices y el grado de verosimilitud entrañable que logran para sus personajes.

El rol de la doctora está asumido por la dramaturga misma, que se muestra así como una actriz dúctil y con bastantes recursos para complementar en el plano de la escena lo que ella misma concibiera literariamente. En cuanto al rol protagónico, lo encarna Emilia Fisher que logra una fuerte composición física de la enferma, muy interesante por cierto, a la que valdría la pena limpiar de algunos excesos y reiteración de recursos a fin de aumentar la calidad de los resultados. Sumamente sensible para los matices, modula hasta casi manipular la emoción de los espectadores, secundada por el carácter del texto que se presta perfectamente a ello.

El trabajo del director —Carlos Guízar— se ubica en un discreto segundo plano, salvo en el manejo, mismo de las actrices, de las que lo supongo natural cómplice para los efectos que se propone y logra. En cuanto al ámbito -tan fértil en adaptaciones como siempre ha sido el foro de la Conchita está a cargo de Ernesto Lara, responsable de la escenografía y supongo que también de la iluminación. Ambas son pertinentes sin una especial pretensión expresiva.

Dejo esta pequeña duda para el cierre: podríamos decir que Concierto para un corazón marchito puede leerse desde la perspectiva directa que hemos hecho hasta ahora, con su cercanía al melodrama y el manejo de las proposiciones teóricas que son comunes a gran parte de la platea, con un final de esperanza para la posibilidad de cambio del hombre, etc. Sin embargo, tal vez también quepa un cierto grado de ironía en todo el planteo, apenas insinuada pero presente desde la desmesura de su título (tan sospechosamente sobre la línea de los de Arturo Puig, por ejemplo) hasta la abundancia casi sorprendente de lágrimas y la apelación a imágenes truculentas como la niña de las trenzas que se quema viva en el recuerdo de su madre agonizante... Indudablemente hay algunos toques que podríamos acercarlos al Kitsch si es que no se mostraran tan tímidamente. Admito que me hubiera gustado una exploración mayor de estos terrenos, pero tal vez no hubo siquiera intenciones de esto por parte de la autora. Vale entonces su capacidad, incluso para hacer fantasear al público con lo que puede estar un paso después de los planteos de su obra.

María Luisa Medina y Emilia Fisher en Corazón Marchito, dirección Carlos Cuí-zar; Foro de la Conchita (Vallaría 33, Coyoacán, 554-5257).