FICHA TÉCNICA



Notas Con motivo de la celebración del Año de Manuel Acuña el autor comenta, citando la crónica de El Siglo XIX sobre el estreno de El pasado

Referencia Armando de Maria y Campos, “En el centenario de Acuña. Clamoroso éxito de El pasado y verdad de este éxito clamoroso. Juicios, opiniones y comentarios. Se pidió su repetición. II”, en Novedades, 20 agosto 1949.




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Novedades

Columna El Teatro

En el centenario de Acuña. Clamoroso éxito de El pasado y verdad de este éxito clamoroso.

Juicios, opiniones y comentarios. Se pidió su repetición. II.

Armando de Maria y Campos

No se publicaron crónicas serias, sobre el estreno del drama de Manuel Acuña El pasado. Como el cronista literario de El Siglo XIX, Ignacio Altamirano, se encontraba enfermo, este diario encomendó a su encargado de la Gacetilla, Javier Santa María, estudiante de medicina, igual que Acuña, escribiera la información correspondiente, que apareció dos días después de la noche del estreno.

"Este drama es verdaderamente una joya", dijo, escudándose en el anónimo a que lo obligaba la costumbre de no firmar la Gacetilla, Santa María. Y agregó: "Su joven autor, con la conciencia de que el escritor dramático está llamado a llenar el vacío que el tribuno y el novelista no podrán nunca arrancar de sus obras, plantea en su drama una cuestión terrible: la rehabilitación de una mujer caída por el sacramento del amor bajo la égida de la virtud. Cuestión hermosa y honda cuya solución no da el autor porque prácticamente no la hay".

El pasado –puede decirse ahora–, es una de las obras más extremadas producidas por el romanticismo en boga. El autor de composiciones tan realistas como La ramera o Ante un cadáver, o tan patéticas como el Nocturno a Rosario, escribió un auténtico melodrama del más puro y transparente romanticismo. Es un libreto magnífico de ópera frustrada. Todas sus situaciones están pidiendo música; sus "apartes" o monólogos" serían arias; sus diálogos, duetos. Eugenia es la soprano; David, el tenor; Manuel, el barítono y el viejo ricachón libidinoso de don Ramiro, el bajo... Ocurre en él que un artista se casa con una linda joven, seducida y asediada por un viejo prosaico, podrido en pesos de plata. La ausencia proporciona la felicidad de los dos enamorados, pero a su vuelta a México el seductor insiste en sus pretensiones y pone a la pareja al borde del deshonor y el infortunio. La joven se suicida para evitar una nueva deshonra a su esposo.

Al fin de cada acto, la noche de su estreno, Acuña fue llamado a escena. Asegura el gacetillero de El Siglo XIX que "el público prestó por completo su atención a toda la obra, cuyo interés progresivamente creciente, subyugó todas las inteligencias, impresionando hondamente todos los corazones". Agrega que llovieron de la galería millares de papelillos de colores con dísticos alusivos al caso, y que en la tercera vez de las cinco en que Acuña se vio obligado a salir a escena en compañía de sus intérpretes, sus manos enlazadas a las de la Belaval a la derecha, a las de Cerecero, a la izquierda, éste llevando a su vez a la Salgado, y la Belaval a Neto, según costumbre de la época que respetaba la categoría de los actores, el actor Cerecero, rompiendo la guirnalda y adelantándose en tres cuartos de perfil a las candilejas, leyó un mediocre soneto de Manuel Rincón, que en nada se refiere a ese suceso, y que, se dijo, lo escribió en nombre de los literatos mexicanos.

Francisco Sosa había de concretar, años después, la importancia de este suceso, diciendo que "la representación de su drama El pasado le conquistó (a Acuña), un verdadero triunfo, suceso no común en nuestra escena, por más que frecuentemente hubiésemos visto prodigar aplausos a los autores nacionales. No fueron de sus amigos, no fueron procurados por los actores los que coronaron la obra del novel dramaturgo; la sociedad entera, los literatos que comprendían el mérito de la obra, los tributaron al autor, y las discusiones que El pasado provocó en la prensa, en las sociedades literarias y aun en las reuniones privadas fueron signo evidente de que no era una pieza vulgar la que les daba origen".

La verdad es que hay un poco de hipérbole en tan rotundas afirmaciones. Este drama de Acuña no es más que un tributo ocasional a la moda de su época. No está en lo cierto el escritor español Benjamín Jarnés, biógrafo oportunista de Acuña, cuando afirma que El pasado "logró mantenerse largo tiempo en el teatro", o en el cartel, que es lo mismo. La compañía de Pilar Belaval representó El pasado la noche de honor señalada, y quién sabe hasta cuándo lo hubiera repetido, a no haber insistido tanto, desde las columnas de El Siglo XIX, Santa María, pidiendo, clamando, porque se volviera a representar. Cuatro días después del estreno de su drama, Acuña envió a su amigo Santa María una carta –que le dirigió a la Escuela de Medicina y no al periódico– para que la publicara en El Siglo, dándole las gracias, por su conducto, "al público, que sólo recuerdo de su bondad al convertirse en juez; a los actores, que no se olvidaron de su talento para cautivar al público, y a la prensa, que ha tenido para mí inmerecidos elogios y palabras animadoras".

El público en general le dio al estreno del drama de Acuña la importancia justa de un suceso de teatro. Cuatro días antes el escritor costumbrista Joaquín Villalobos había estrenado, con motivo de la celebración del 5 de mayo poblano, una pieza de circunstancias que calificó de "apoteosis", titulada La patria, dividida en dos partes. "Espinas sin flores", tituló la primera, y "Flores sin espinas" llamó la segunda. La actriz Concha Padilla recitaba briosamente un monólogo, y el Ayuntamiento repartía entre los espectadores un dístico elocuente y poéticamente audaz:

El pabellón de Hidalgo y de Morelos
Zaragoza tremola allá en los cielos.

La misma compañía que acababa de triunfar con El pasado estrenó también en el teatro Principal una nueva comedia de fecundísimo Juan A. Mateos, titulada El novio oficial, y en el Nacional otros comediantes estrenaron, en dos noches distintas, el drama "doble", porque tenía primera y segunda parte, El Cerro de las Campanas, primero, y El sitio de Querétaro o El tálamo de las víctimas, después. Y para que el público se apresurara a olvidar el triunfo de Acuña, en el Nacional se llevó a escena con caracteres de consagración, el estreno del drama de la poetisa tapatía Isabel Prieto de Landázuri –la que Altamirano llamó la segunda Sor Juana Inés de la Cruz– Lirio entre zarzas.

Los amigos de Acuña, pedían a la empresa Macedo, del Principal, que repusiera El pasado; la Belaval, Cerecero y el empresario Macedo se hacían los sordos, y en vez de repetir la obra pedida, le estrenaban al poeta José Rosas Moreno su comedia en verso Los parientes, en tanto que los actores del Iturbide estrenaban la comedia histórica de Manuel María Romero Catalina de Suecia.

Al fin, el actor Carlos Neto, que había logrado estimable triunfo interpretando el don Ramiro, anunció que repondría El pasado, en función extraordinaria a su beneficio.