FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace un balance crítico del teatro en 1993

Referencia Bruno Bert, “En escena el 93”, en Tiempo Libre, núm. 713, 6 enero 1994, p. 23.




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Referencia Electrónica


Teatro

En escena el 93

Bruno Bert

Una de las sensaciones más inmediatas al volver la vista sobre el año que abandonamos es la velocidad casi de vértigo, que pareció acompañarlo en todo momento.

No siempre esto es un buen síntoma, porque en teatro sabemos lo incorrecto que resulta confundir mucho movimiento con abundante acción. El primero, generalmente es indicativo de aquellas etapas en que resulta necesario duplicar o triplicar las negociaciones tendientes a obtener los básicos apoyos que la crisis vuelve escasos por ende muy competidos. Mucha cascara, pero pocas nueces.

Sin embargo, hay que admitir que en este caso a ese desgaste suplementario de esfuerzos, verdaderamente existente, también correspondieron algunas nuevas alternativas que otorgaron tintes de interés a este 93 de abundante y variada producción. Y una es justamente esta "derroche" de teatro — sobre todo en la segunda mitad del año—, lo que nos dice que a pesar de todos los inconvenientes que los creadores han debido sortear existe en ellos un fuerte y renovado impulso creativo, una verdadera necesidad que se transforma en lo que Artl definía como "prepotencia de trabajo'', y que toma forma sobre todo en las nuevas generaciones.

Es imposible dejar de marcar que uno de los epicentros donde esto se manifiesta de manera más clara es en el teatro Santa Catarina, bajo la imaginativa dirección de Hugo Hiriart.

No he contado la cantidad de obras que han pasado en unos pocos meses por ese foro, pero resulta casi apabullante; como también lo es el advertir que a pesar de la variada calidad de los productos, muchos de ellos presentan cuotas de calidad que hacen suma mente atractiva la visión de este especie de escaparate de los menos protegidos por las producciones institucionales o privadas.

Y además, es claro que esto ha sentado precedente y ahora otros espacios intentan parecidas actitudes movilizando así ampliamente las posibilidades de opción que tiene el público. Y no sólo este, sino también aquellos funcionarios o administradores de salas que a través de esta especie de blitzrieg teatral tienen la posibilidad de optar para cubrir temporadas más extensas en sus propios escenarios, no sólo con promesas a futuro, sino con productos reales y existentes con un nivel de calidad a la vista.

Esto se une a la aparición de varios foros alternativos, en un movimiento de resurgimiento de esta tendencia que se continua a lo largo de todo el año, e incluso, supongo, tendrá su auge justamente en 1994; un fin de sexenio con su particular significación política y económica. Re definiciones de ese tea- tro independiente al que tantos nombres puede dársele, con una capacidad metamórfica que tantas formas adquiere, siempre adecuadas a cada circunstancia histórica, pero que en definitiva se vertebra sobre circunstancias que marcan una coordenada histórica, de continuidad ese fenómeno ha sido claro también en esta temporada pasada la visible presencias de más creadores jóvenes, que adquirieron en la cartelera un peso relevante dentro del conjunto. Sean los que se presentaron con su opera prima, como Phillipe Amand, por ejemplo, dirigiendo El ajedrecista, o Sabina Berman asumiendo el mismo rol por primera vez en su obra Entre Villa y una mujer desnuda, ambos en trabajos que se marcan dentro de lo mejor de la temporada; como otros que ya tenían breves ascendentes, pero que los vemos asentarse de forma cada vez más madura y propositiva. Y esto no sólo entre los directores, ya que podemos recordar a dramaturgos como David Olguín en La puerta del fondo, o Luis Mario Moncada, en Exhivisión, materiales posiblemente perfectibles, pero en una clara dinámica de definiciones, de búsqueda de identidades y posturas, con una energía que es la que justamente está necesitando nuestro teatro en esta particular etapa de transición.

O incluso no ya sólo individuos sino grupos, como en el caso de esa escisión de La rendija, que tiene el extraño y largo nombre de “Organización secreta, confabulación teatral” del que viéramos en el Claustro de Sor Juana una provocativa creación casi colectiva a la que denominaron Asesino personal.

Y ya que estamos mencionando nombres que adquirieron alguna significación durante el 93, también es bueno recordar a los que nos visitaron entre los que me parece necesario destacar a un grupo español, La Zaranda, que pasara bastante desapercibido entre nosotros, cuando en realidad su espectáculo Perdonen la tristeza era realmente merecedor de una detención especial para su análisis, por el placer de una creación original y de suma solidez.

Y bien, ya llegamos a este final, que es principio. ¡Fuera 93 y venga 94 como un toro de lidia a la plaza fuerte del teatro!