FICHA TÉCNICA



Título obra La representación del nacimiento del Señor

Autoría Hector Martínez Tamez

Dirección Gonzalo Valdés Medellín

Referencia Bruno Bert, “Intimidad con una tradición”, en Tiempo Libre, núm. 712, 30 diciembre 1993, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Intimidad con una tradición

Bruno Bert

Es natural que el cierre del año lo hagamos desde la perspectiva tradicional, lo que viene a ser, en el caso del teatro, las representaciones que se realizan de pastorelas o nacimientos. Entre la amplia gama he preferido una donde la presencia de Enrique Alonso ponía un cierto atractivo suplementario a la llamada, aunque él se encargue luego en función de aclarar que allí su rol es únicamente actora) y no como responsable de construcción, que es lo que habitualmente se le conoce. Se trata de La representación del nacimiento del Señor, de Héctor Martínez Tamez, bajo la dirección de Gonzalo Valdés Medellín. De este escritor he visto poco material, generalmente llevado a escena por el mismo director, y efectivamente coincido con el comentario del programa de mano, que nos dice que se trata de alguien que da prevalencia a los tipos populares, a las situaciones cotidianas y a los suaves tonos que dejan paso a la emoción encarnada en estructuras simples y directas.

En esta pastorela, al contrario de lo habitual, no hay diablos ni tentaciones, y ni siquiera el consabido trío de pastores que dan título con sus cantos al género en cuestión. En cambio, sí están el Arcángel Gabriel, una pequeña corte de "ángeles niños", la Virgen María, su hermana Isabel, José y un narrador que queda asumido justamente por el veterano y siempre querido Enrique Alonso.

El trabajo se presenta en el Foro Shakespeare y es una pena que me haya tocado presenciarlo una tarde un tanto desolada en cuanto a público, porque obviamente éste resulta, en su posible complicidad con los actores y los gags que realizan, como el alimento básico para el crecimiento expresivo y lúdico del espectáculo. De todas maneras, la puesta cumple su función en el espacio despojado del escenario, donde un simple telón de fondo —en este caso una representación ingenua de Xochimilco— enmarca un rectángulo vacío donde dos o tres figuras de magueyes y cardones recortadas sugieren el ámbito de México.

Tenemos a una Virgen María manejada como indita en construcción de personaje teatral de principios de siglo, y a un José obrero en ropas actuales, en una especie de confluencia al menos llamativa, porque se manejan actoralmente dos estilos distintos, encarnados en dos figuras también claramente diferentes. Tal vez aquí la intención es asumir cierto estilo que generalmente prevalece en los trabajos dirigidos por Enrique Alonso, y hacerlo convivir con tipos más contemporáneos, cercanos a los personajes que por ejemplo convocara Martínez Tamez en La construcción, la última obra suya que vimos en escena.

El grupo de los ángeles portadores presenta una tercera instancia, que puede recordarnos más a cierto humor al estilo de Héctor Ortega, aunque naturalmente con algunas concesiones en cuanto a intensidad de ironía y muy recortado en su picardía típica, por entender que se dirige prioritariamente a niños o al menos a grupos familiares. En ellos, entonces, lo gozoso se halla más bien en el juego de torpezas y en los efectos sencillos que el director ha tejido como excusa para la risa directa de una población menuda.

No hay mucho más: un poco de juego, algunas figuras entrañables de la tradición popular religiosa, las imágenes ingenuas que son portadoras del afecto y una historia que —al igual que casi todos los teatros netamente tradicionales— sabemos de memoria, y seguimos tratando de encontrar más bien el detalle atípico, la salida cómica o el personaje secundario marrullero que al final entrará en cintura para adorar junto con todos el nacimiento de Jesús.

Creo que la plenitud de este tipo de obras no tiene su enclave en la ciudad, sino en las infinitas versiones que pueden encontrarse en cualquiera de los pueblos que colindan con el Distrito Federal. Es allí donde realmente aún se hallan elementos estéticos y culturales capaces de conmovernos por la ingenua y auténtica piedad que mueve a cada uno de los que realizan estos montajes, mezcla de fiesta comunitaria y fenómeno antropológico digno de ser compartido y rescatado. Pero de todas maneras, el que no disminuyan las proposiciones citadinas y las reinterpretaciones a partir de autores y directores que no hacen parte de esas colonias periféricas, sino de la intelectualidad de nuestro medio teatral, tiene el sentido de mantener en vida lo que la velocidad destruye, poniéndolo a prueba con un público acostumbrado a ver teatro.

La representación del nacimiento del Señor resulta así como un material de variada lectura que vale la pena gustar, aun con sus posibles debilidades, como un momento de intimidad con nuestras tradiciones, nuestro teatro y también, claro, con los componentes religiosos que dan vida a este tipo de representaciones.