FICHA TÉCNICA



Título obra Valeria y los pájaros

Autoría José Sanchis Sinisterra

Dirección Óscar Vega

Elenco Carmen Beato

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “Valeria y sus muertos en esperanto”, en Tiempo Libre, núm. 711, 23 diciembre 1993, p. 25.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Valeria y sus muertos en esperanto

Bruno Bert

José Sanchis Sinisterra es un autor español contemporáneo bastante fecundo del que hemos podido ver algunos materiales montados aquí en México (incluso por él mismo, como El retablo del Dorado en la Universidad), leído otros y atisbado ponencias suyas en distintos foros; al que en lo personal siempre recuerdo, sobre todo a partir de aquel Manifiesto del teatro fronterizo que produjera hace unos cuantos años pero que conserva mucho de su poderosa sugestión poética.

Hoy Oscar Vega, el que conociéramos en el área de Teatro y Danza de la UNAM bajo la administración de Alejandro Aura, se estrena como director montando una obra suya dentro de los ciclos que organiza Hugo Hiriart en el Santa Catarina. Se trata de Valeria y los pájaros, un monólogo a muchas voces, que de alguna manera parece vinculado a otro trabajo también de Sinisterra que estuvo a punto de presentarse en un Cervantino y quedó cancelado a último momento. Me refiero a ¡Ay, Carmela! que como éste, echa mano a los espíritus que dialogan con los vivos y a la represión política (en ese caso debido a la guerra civil española y aquí a la guerrilla centroamericana) como autora de esos muertos que luego andan de nutrida plática y abundante humor español: áspero y popular pero efectivo, de hecho la muerte, el humor para encararla, la proclama política de izquierda y un sentido metafísico a la Valle Inclán, son elementos que enriquecen y caracterizan la escritura de Sinisterra.

Aquí, el director pergeña en el pequeño espacio del Santa Catarina una habitación de tipo naturalista con apenas dos telas extendidas y un par de elementos de utilería, para justamente confrontar los límites de este ámbito cotidiano a partir de la irrupción de lo fantástico que es vivido como normal por la protagonista, ya que se trata de una medium espiritista.

Lo que vemos a lo largo de esta comedia en tres actos ("como las de antes" define acertadamente el programa). Es una vida que se ha aislado de la sociedad a la que teme, prefiriendo una segura inutilidad representada por el esperanto que traduce para una guía turística y la vaga vinculación amorosa con el espíritu de un amigo del padre, conocido apenas cuando era una niña y muerto hace años por la contrainsurgencia en algún país centroamericano.

En realidad se trata de un discurso para todos aquellos que sienten lo heroico del tiempo de las utopías como algo ya desaparecido y perteneciente a un pasado cercano pero por esto mismo vivido como remoto; propio de una generación que "fotografiaba rayos", creía en el esperanto como en el idioma del futuro y luchaba por el ideario universalista de la revolución. Es natural que dentro de esta metáfora, la generación siguiente se viva como desposeída y carente de un sentido combativo de la realidad; hablando de muertos con los muertos, enamorada tal vez del Che Guevara o un símil, convocándolo a su presente, queriendo asimilarlo como una posibilidad realizable.

Es decir, Valeria y los pájaros es una obra profundamente implicada con un discurso político, aunque éste no se dé dentro del plano de la obviedad y evite las grandilocuencias expresivas. Y tal vez lo interesante es que también huye de los derrotismos, dejando un espacio para lo que aún es apenas un balbuceo que nace como consecuencia del cruce entre las necesidades personales de las nuevas generaciones y el grito social de la historia que ha asimilado, aunque sin nuevas reformulaciones teóricas explícitas, las imborrables vivencias de los que acaban de precedernos.

La actriz con la que nos enfrentamos es Carmen Beato (a la que vimos recientemente en un interesante trabajo de Pinter), que asume la densidad de tres actos y es capaz de llevarlos adelante con solvencia. Naturalmente, nada es perfecto y algunos pequeños escollos se escurren en la puesta y el trabajo de la actriz, aunque sin desmerecer la globalidad de la propuesta. En el primer caso, pareciera que Vega se ha comportado tímidamente, y allí tal vez se necesitara una mano un poco más firme para mantener ritmos, en algunos cortes a la natural desmesura de Sinisterra y la clarificación de ciertas imágenes, sobre todo en los cierres de actos (básicamente en el primero y el último) que quedan como carentes de un dibujo más definido, en una ambigüedad que no necesariamente es un abrirse a las interpretaciones del público. En lo referente a la actriz, quizá cabría buscar variables para matizar el personaje, enriqueciéndolo. De todas maneras se trata de una labor que se ve con gusto y que seguramente llamará la atención del público cuando vuelva a ponerse en el mes de enero.