FICHA TÉCNICA



Título obra Me acordaré de agosto

Autoría Adam Guevara

Dirección Adam Guevara

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Bruno Bert, “Espiral de tiempos cíclicos”, en Tiempo Libre, núm. 710, 16 diciembre 1993, p. 25.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Espiral de tiempos cíclicos

Bruno Bert

Adam Guevara es un autor y director que habitualmente vinculamos con temáticas de abierta preocupación social, relacionadas, casi siempre, a momentos clave de las luchas políticas de la historia de México. Me enseñaste a querer, Viernes rojo y Rojo amanecer son algunas de las últimas obras que le recordamos a nivel profesional. Pero hace tres años que además trabaja en continuidad con las generaciones del cuarto año de la Escuela de Arte Teatral del INBA, por lo que también es evidente en él una preocupación por lo pedagógico y por el mejoramiento de niveles en la formación de las nuevas camadas de actores en nuestro medio.

Está ahora concluyendo temporada (piensa reponerlo en enero) un trabajo en el doble rol de autoría y dirección que se llama Me acordaré de agosto y que se presenta en el teatro Orientación, ese foro especialmente dedicado a los trabajos finales de los estudiantes de la EAT. En este caso, las menciones directas sobre el hacer político son más bien esporádicas, incluso un tanto abruptas; casi como la aparición inconsciente de las viejas tendencias, que ahora dejan espacio a una reflexión poético-filosófica de carácter más amplio.

La obra se desarrolla en la cafetería de una ignorada estación de ferrocarril, en una propuesta escenográfica de líneas austeras y funcionales, aunque no carentes de creatividad. Allí se ha detenido un tren y un grupo bastante heterogéneo de pasajeros ha bajado un momento dispuesto a tomar un refrigerio y continuar su viaje.

A partir de esta circunstancia de apariencia banal, comienza el camino hacia ese realismo mágico del planteo que intenta entroncar estilísticamente con las viejas corrientes expresivas distintivas de Latinoamérica. El lugar está abandonado, o casi, al menos de seres consistentes. Sólo aparece en él una figura ambigua, femenina y vestida de negro que esporádicamente se deja ver-tocando un saxo... Luego llegan dos actores que parecen cómicos de la legua, que vienen a incorporarse a ese conjunto humano que ellos suponen como una compañía teatral a la espera de los faltantes. Sólo tienen la mitad del libreto y en él están escritos los nombres de todos los que hemos visto hasta el presente con sus respectivos textos... la otra mitad, aunque ignoradamente, la poseen los que acaban de llegar.

Como vemos, confluyen en el planteamiento diversas vertientes, que en la literatura se enraizan temáticamente desde Las mil y una noches con sus efrits; pasando por las refundiciones españolas tardomedioevales, alcanzando el barroco con su sentido de la vida como una ficción a manos del pictusmundi; hasta las cercanas reminiscencias de la nueva ola francesa de los sesenta, con su jugar con el sentido del tiempo, las identidades y las certidumbres. Sin embargo, el material se mezcla con referencias sexenales y la tendencia repetitiva del discurso político negado por momentos sólo en la superficie aparente.

Una de las ideas de base es la que lanza la hipótesis del hombre como actor, tal vez a manos de una autor supremo y caprichoso, que en este caso ha otorgado el margen de medio libreto al libre albedrío humano. También la noción de los tiempos cíclicos, con las eventualidades que se repiten, pero aquí en espiral, incorporando la posibilidad del aprendizaje modificador. Para concluir la idea anterior podríamos decir que, en líneas generales, lo que se da en la obra es una reminiscencia de ciertas temáticas clásicas pero prismadas bajo una ideología afín a aquellos trabajos de denuncia social de los que hablábamos al principio.

La propuesta no deja de ser interesante, tanto por los referentes de los que echa mano como por las intrincadas reinterpretaciones a las que se lanza a través de la aparente simpleza anecdótica. Sin embargo, al menos para mi gusto, la mano del autor-director aquí retuerce demasiado las hebras que constituyen el entramado y las figuras elaboradas quedan rígidas, con poca fluidez, en una poética que se vuelve excesivamente áspera. Sobre todo entendiendo que el desarrollo se halla en manos de actores bisoños, interesantes en su desempeño, prometedores en su trabajo, pero, naturalmente, aún inmaduros para los matices, las transiciones y todas las sutilezas de un trabajo que es materia de reciente adquisición.

Así, los resultados generales de Me acordaré de agosto se muestran titubeantes en casi todas las áreas que lo componen como discurso artístico: atractivo por momentos con imaginación y en la línea de una larga tradición temática y estética, no deja de encontrar escollos más o menos serios en su desarrollo que seguramente hubieran podido evitarse con sólo incorporar una visión dramatúrgica al trabajo. Sin embargo, considerándola como primera propuesta profesional de un grupo, resulta alentadora y eso justifica plenamente el espectáculo.