FICHA TÉCNICA



Título obra La noche de las aves cabalísticas

Autoría Hugo Argüelles

Dirección José Enrique Gorlero

Elenco Benito Perkulis

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Grupos y compañías Elenco estable del Deportivo Israelita

Espacios teatrales Teatro del Centro Deportivo Israelita

Referencia Bruno Bert, “Noche de Qabbalá, de magia y muerte”, en Tiempo Libre, núm. 709, 9 diciembre 1993, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Noche de Qabbalá, de magia y muerte

Bruno Bert

El Grupo de Teatro del Centro Deportivo Israelita acaba de estrenar una obra de Hugo Arguelles bajo la dirección de José Enrique Gorlero. Se trata de La noche de las aves cabalísticas, que recuerda que este año se cumple el 50 aniversario del levantamiento del Ghetto de Varsovia, con un tema que vincula las tradiciones mexicanas de carácter prehispánico con las antiguas creencias judías, homologando ciertas figuras míticas y enlazando significaciones culturales.

A partir del notorio parecido del actor principal de esa compañía —Benito Perkulis— con un cuadro de Rafael Sanzio que representa a un poeta judío del Renacimiento, Hugo Arguelles traza una historia de reencarnaciones que lleva a aquel evadido del siglo XVI de la Inquisición de Toledo, hasta el protagonista contemporáneo de la obra. Este, a pesar de no ser judío ha vivido como tal, sufriendo incluso una internación en los campos de exterminio nazi.

Pianista de origen —y con un talento reconocido por el mismo Rubinstein—ha escapado de Varsovia llevando consigo un fracaso que contiene —según piensa él— el verdadero corazón de Chopin, para salvarlo así de la invasión alemana. Con él establece una particular simbiosis, debido a que básicamente fue intérprete de su música, y evitará dejarlo aun en el mismo campo de Auschwitz donde Menguele, el famoso médico asesino, intentará injertárselo en el bajo vientre en un macabro experimento médico.

Como vemos, en La noche de las aves cabalísticas hallamos componentes que recorren de manera característica toda la dramaturgia de Arguelles. No sólo que su título contenga la mención de algún tipo de animal simbólico, sino también un salpicarse de eruditas referencias históricas a lo largo de todo el trabajo, sobre los distintos temas que va tratando, con ese particular regodeo por el dato curioso que tanto atrae en nuestro escritor; un marcado desinterés por la verosimilitud que lo emparenta al teatro barroco con sus recursos expresivos; una cierta apelación al morbo; la existencia de un órgano embalsamado (o en formol), objeto de culto por alguno de los protagonistas, y, claro está, la presencia de la muerte y de la magia como dos ejes entrelazados y permanentes, al igual que esa admiración por los mestizajes biológicos y culturales como fortalecedores de identidad que ya ha manifestado como determinantes en anteriores propuestas suyas.

Es decir que esta nueva obra se halla perfectamente contenida y explicada en el corpus de su producción, aunque sume a lo anterior el abordaje y desarrollo de algunos temas nuevos que sólo se hallaban mencionados en los trabajos que le preceden.

José Enrique Gorlero —al que ya vimos manejando materiales de este autor en Los gallos salvajes— asume al mismo tiempo un texto complejo (como casi todos los de Arguelles, por otra parte) y un elenco que si bien es profesional dentro del ámbito, tiene características de semiprofesional desde una perspectiva más amplia. Y por sobre el desafío que esto implica, logra salir airoso del lance a través de una puesta limpia, sólida, de trazo claro que, evitando la tentación de altos vuelos creativos, más bien se dedica a consolidar las posibilidades expresivas del conjunto, vehiculizando el texto y las intenciones del autor lo más clara y disfrutablemente posible.

Arturo Nava, como escenógrafo e iluminador, se hace cómplice de esta intención, generando un espacio de carácter naturalista, fácilmente abarcable en lo expresivo, que integra las distintas dependencias del departamento de la colonia Condesa donde sucede la acción a mediados de los años sesenta. Allí, los once actores del elenco estable del Deportivo Israelita, encabezados por Benito Perkulis, se lanzan a la aventura de esta obra seguramente fortalecidos por la doble vertiente que implica la pertenencia temática y la protección del director. Se trata de un desempeño digno, con algunos momentos incluso destacados, que nos habla de la importancia del teatro no sólo como directa manifestación artística, sino también como canal expresivo idóneo de grupos alternativos.

La acción narrada —el transcurso de la noche en que ha de morir el protagonista rodeado por diez personas que simbolizan las diez aves cabalísticas del título— mantiene constante su interés, en un ritmo creciente, y resulta,• asimismo, para los que no somos judíos, la experiencia de acercamiento al saber esotérico —Arguelles ha trabajado con sugestiones de La Cábala— de las antiguas culturas que compartimos a diario en nuestra ciudad.