FICHA TÉCNICA



Título obra La chunga

Autoría Mario Vargas Llosa

Dirección Ignacio Retes

Elenco Tere Guerra, Socorro Bonilla, José Alonso, Carlos Chávez, Pedro Altamirano, Juan Claudio Retes

Escenografía Carlos Trejo

Iluminación Carlos Trejo y Xóchitl González

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Bruno Bert, “Para evocar historia”, en Tiempo Libre, núm. 708, 2 diciembre 1993, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Para evocar historia

Bruno Bert

Hace mucho tiempo que no veíamos un montaje de Ignacio Retes. Ya era tiempo de que pudiéramos apreciarlo como director, cercano a sus cincuenta años de teatro, ya que en el rol de intérprete estamos en condiciones de gustar su trabajo en una obra que se mantiene actualmente en temporada y con bastante buen suceso.

A él se debe la puesta de La Chunga, la conocida obra de Vargas Llosa que comienza a presentarse en el Juan Ruiz dentro del ciclo de grandes directores universitarios. La obra aborda a media docena de equívocos personajes de la sociedad de Piura, ese espacio peruano que ha servido de base a más de una novela de este escritor. Allí encontramos ese localismo al que nos ha acostumbrado su novelística, e incluso determinados personajes o espacios con una fuerte capacidad de evocación; como la famosa Casa Verde, nombre del prostíbulo casi mítico que ya encontráramos en la novela homónima. Y de allí parecen convocados justamente los personajes de La Chunga a los que aquí se les dedica un tiempo exclusivo: el de una noche, donde sueños y miserias, realidades y ficciones se imbrican sin solución de continuidad, constituyendo el fresco evanescente de una sociedad específica, la provincia peruana en este caso, pero que podemos tras-polar a muchas otras zonas de Latinoamérica.

La obra toma la historia de cuatro hombres y dos mujeres. Cuatro individuos de los barrios marginales que constituyen a los Inconquistables, una forma de llamar a su fracaso crónico y su constante deambular por los bares: "sólo chupar, sólo jugar, sólo coger". El lugar donde habitualmente demoran las últimas cervezas y partidas de naipes es en el ínfimo local de La Chunga, una mujer hombruna, acostumbrada a tratar con borrachos, que tal vez sea lesbiana. Allí, hace ya un año, uno de ellos —el padrote del grupo— alquila hasta el amanecer a la Mechita, su querida del momento, a la dueña de casa a cambio de un dinero perdido a la baraja. Es una noche que no tendrá alba para la mujer rentada. Lo que pasó durante esas horas es el tema de evocación onírica que se encarna en la obra de Vargas Llosa; hija de ese "realismo fantástico" que tanto auge tuviera con los escritores americanos que constituyeron el boom de los sesenta. Lo que vemos, en ese instante demorado de las últimas copas, es algo así como la historia de Rashomón: cinco versiones más allá de cualquier "documentalismo objetivo". El público no sabrá nunca si una de las posibilidades mostrada por la tristeza y la fantasía de cada personaje puede haber sido la real, porque la verdaderamente cuestionada es justamente ella: la evanescente realidad latinoamericana, anclada entre la frustración y la miseria, pero capaz de trascenderla en un impulso de imaginación que puede ser íntimo y personal o social y colectivo. Es decir que estamos frente a un discurso que le es propio a Vargas Llosa, más allá de las proposiciones ideológicas explícitas, que compartió con sus contradicciones y contramarchas con todos los de su generación. Y de allí el posible interés del trabajo, en momentos en que hubiera resultado bastante difícil de aceptar propuestas teatrales con lenguajes sociales directos y discursivos procedentes de un proyecto evidentemente estallado.

Retes convoca a Carlos Trejo como escenógrafo e iluminador (acompañado aquí por Xóchitl González) y entre ambos traman una puesta y una concepción del espacio que, apelando al realismo, pueda superarlo en vuelo creativo. Hay algunas puntadas de ingenuidad artística —tanto en la puesta como en la escenografía— no siempre acertadas, y el echar mano a recursos estéticos y constructivos que son de antigua data.

Sin embargo, y a pesar de esto, el resultado es interesante y resulta por lo general atractivo, aunque no siempre logre atraparnos. Gran parte del acento está puesto en el manejo de los actores —sobre todo en Socorro Bonilla como La Chunga y José Alonso en Josefino— y su fuerte caracterización identificatoria. Y allí los personajes resultan claros como tales, en un permanente comentarse dentro de su rol, que se vuelve casi una prisión social. Acompañan a los protagonistas, fuertemente acotados como ellos mismos dentro de cada máscara, Teresa Guerra, en la Meche Carlos Chávez, como el Mono; Pedro Altamirano como Lituma y Juan Claudio Retes en el papel de José. Un equipo solvente, bastante homogéneo que tal vez amerite un poco de apoyo en los elementos más jóvenes. En definitiva, nos hallamos frente a un montaje que nos reenvía a los momentos más vigorosos del teatro latinoamericano. Ya es sólo historia, pero resulta grata evocarla, sobre todo de sus hacedores originales.