FICHA TÉCNICA



Título obra Palinuro en la escalera

Autoría Fernando del Paso

Dirección Mario Espinosa

Elenco Angelina Peláez, Víctor Hugo Martín

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “El 68 en la escalera”, en Tiempo Libre, núm. 707, 25 noviembre 1993, p. 25.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El 68 en la escalera

Bruno Bert

Los textos de Fernando del Paso, a pesar de no ser un dramaturgo, se vuelven con frecuencia sugestivos para los teatristas. De allí que tanto Noticias del Imperio como Palinuro de México hayan sido cantera para elaborar distintas obras a partir de sus palabras, situaciones y sugerencias.

Mario Espinosa montó (como producción especial del pasado Festival Internacional Cervantino) el capítulo 24 de la última de las novelas mencionadas, y así, en el teatro Julio Castillo, podemos ver Palinuro en la escalera.

Se trata de una reflexión en torno a los sucesos del 68, en donde los personajes coexisten duplicados entre una comedia verosímil y su propia imagen deformada, a partir, sobre todo, de las sugerencias —sumamente libres— de la Comedia del Arte.

Dentro de una estructura, que bien podría evocar elementos de los mitos clásicos, Palinuro regresa a su casa malherido por la embestida de un tanque en el enfrentamiento de Tlatelolco, y ha de subir arrastrándose las escaleras hasta un piso alto. Alrededor de este acto simbólico, de carácter heroico y purificador, se van congregando los habitantes de la vivienda que conforman un microcosmos representativo de una entrada en la historia —comentarán como un desperdigado coro lo que el protagonista narra en su agónico ascenso.

Frente a las descascaradas paredes de los departamentos clasemedieros, en el espacio del vacío y de la calle, se congrega la otra acción, aquella que está dirigida por la muerte como personaje carpero, capaz de hablar directamente al público y entrelazar las acciones primeras con los acrobáticos movimientos de Arlequín, Pantalón, Colombina, Pierrot, el doctor, los policías... y toda la cohorte nacida de la hibridación de la Comedia del Arte con el cine mudo y el arte de los clowns. Aquellos justamente que juegan a la represión, la tortura y la muerte desde la inconsistencia del personaje cómico, que está más allá de estos como accidentes físicos reales.

Podemos entonces pensar a Palinuro en la escalera como un cantar épico en la voz protagónica, punteada ésta en dos tonos a partir de los personajes del entorno. Inconscientes y reaccionarios en lo inmediato, como los habitantes de la pequeña burguesía citadina, ridiculizada, intrascendente y encerrada tras los ojos ciegos de sus ventanas, o inmortales, callejeros y estridentes como el pueblo (en este caso los estudiantes aparecen como homologados a él a pesar de la progresiva conciencia de su fracaso) que cubre dolorosa pero no patéticamente las calles y las plazas con su hálito rebelde y vital.

Este juego de planos está directamente prefigurado en las acotaciones de Fernando del Paso, que incluso posiblemente haya pensado a los personajes intermedios como más costumbristas, más grises, con una mayor integración a la suciedad del entorno evocado. Pero es el director del espectáculo el que otorga una cierta ligereza al conjunto a partir de su propia concepción. Para esto se vale del trabajo escenográfico de Gabriel Pascal, creador en el plano del espacio y sus muros de esa dualidad integrada donde realidad y fantasía, seriedad y broma se asocian confundiéndose con una elaborada ambigüedad. Se trata entonces de un proyecto cuidadosamente conformado y minuciosamente construido, donde, sin embargo, Mario Espinosa no ha logrado desterrar por completo del producto final una cierta sobrecarga que lo vuelve un tanto "pesado", distanciándolo de la aprehensión del espectador, que se queda admirando las partes pero no completamente satisfecho de la obra como totalidad. Y esto a pesar del interesante desempeño del numeroso plantel de actores precedidos por el talento de Angelina Peláez. Ella asumirá a la Muerte y a la portera, personajes en definitiva emparentados, y marcará una dinámica y una presencia que apenas si pueden seguir todos los que vuelcan aún en la acrobacia misma las bases de su sistema expresivo. Pero si bien su trabajo se destaca, esto no desmerece el aporte del nutrido plantel que tiene a Víctor Hugo Martín en el personaje de Palinuro. Se trata de un buen trabajo de equipo, con momentos muy brillantes y un sostenido desempeño durante todo el espectáculo.

Para concluir: hacía ya tiempo que no veíamos un trabajo de Espinosa, al que considero un director interesante pero aún en proceso de consolidación expresiva. Palinuro en la escalera nos dice de un avance por la complejidad del espectáculo que maneja y de los límites que aún están por superar. Nos quedamos con ganas de ver qué sigue.