FICHA TÉCNICA



Título obra La puerta del fondo

Autoría David Olguín

Dirección David Olguín

Elenco José Carlos Rodríguez, Laura Almela, Carmen Madrid, Naoto Matsumoto, Doménico Espinoza, Rodrigo Vásquez

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Vestuario Tolita Figueroa y María Figueroa

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “El fondo de la puerta”, en Tiempo Libre, núm. 704, 4 noviembre 1993, p. 38.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El fondo de la puerta

Bruno Bert

Hace ya unos veinte años se editaba en un país sudamericano un comic que tenía por nombre Las puertitas del Sr. López. En él, un personaje absolutamente mediocre y frustrado se refugiaba en el baño —cualquiera que tuviera a la mano— en los momentos de hastío o crisis: allí, tras esa puertita del fondo emergía un mundo de fantasía que no lograba modificar la realidad pero la contrapesaba. Un recurso levemente parecido usa David Olguín en su último espectáculo, del que es autor y director.

Me refiero por supuesto a La puerta del fondo que se está presentando en la Casa de la Paz. También aquí es la entrada al baño la que hace de nexo entre una realidad atroz de cobardías y postergaciones y un pasado al que se convoca con desesperación y termina por concretarse; lo único que de este lado de la puerta y no tras ella como en la historieta mencionada.

Lo que vemos es la extensión de un momento: el del suicidio del protagonista, que se abre en arco que abarca todo el espectáculo trayendo a una posible realidad coexistente ese pasado que él desearía desesperadamente cambiar evitando así el fatal y último instante que está viviendo. Esta obra entre pieza y tragicomedia fársica, hace hincapié sobre todo en la imagen de la mujer en su doble aspecto de esposa y madre (en este caso el hijo es el propio esposo al que se le trata permanentemente como un niño reprensible hasta en sus menores acciones).

Ella, a su vez y sin excesivos tapujos, realiza exóticos viajes sexuales con cuanto hambre se le pone a mano, trasladándose en el plano imaginario a todos los países y circunstancias a que su ansiedad amátoria la conduce. Naturalmente el marido-niño queda excluido, y el eje primordial sobre el que se pivotes su frustración es la impotencia, que aunque no haya sido declarada explícitamente resulta evidente, al menos en el plano de una erotización satisfactoria. De allí que su muerte se produzca también a través de un símbolo fálico, como es un revólver, dado que es lo que —por carencia— le ha venido matando durante toda su vida, en una eterna postergación temporal. Paradójicamente llega a la madurez y a la vejez al mismo tiempo, agotando así en un solo momento —el del acto trascendental de su suicidio— su propia potencia: cuando logra imponer un código así sea convencional y estereotípico de adulto a su esposa y apropiarse de un sexo-arma, sólo puede usarlo contra sí mismo, matándose justo en el momento en que ella comienza a aceptarlo como interlocutor erótico. No es casual entonces su muerte en el baño, posible espacio de placer solitario y de la adolescencia erótica.

Es indudable que David Olguín le interesa especialmente, como autor y director, el abordamiento desde distintos ángulos del tema de la pareja, ya que sus dos obras anteriores —como marca el programa de mano— se centraron también sobre iguales objetivos. Sólo que en este caso lo hace con un mayor grado de complejidad y con una fuerte tendencia al sicologismo. Resulta interesante comprobar su crecimiento en los dos roles que asume, y si bien queda aún camino por desbrozar, al menos para mi gusto este ha sido por ahora su mejor trabajo.

Le acompaña en esta empresa Gabriel Pascal en la escenografía e iluminación, con una propuesta muy concreta, sumamente provocadora, de claras reminiscencias tanto del post como de la Commedia dell Arte, que incluso admitiría un mayor aprovechamiento de sus posibilidades por parte de la dirección. Un trabajo muy interesante sobre rojos y verdes con su centralísimo punto de fuga que embona perfectamente en su lenguaje plástico y espacial con la idea central de obra, y se prolonga en la concepción del vestuario que aportan Tolita y María Figueroa.

En lo que hace a los actores, nos encontramos con un Héctor Gómez como el protagonista en su momento final; desigual en su rendimiento (sobre todo al principio) pero bien dirigido y con muy disfrutables escenas en su segundo acto. El mismo personaje, pero convocado desde su juventud, lo asume Diego Jáuregui, del que ya conocemos un estilo de trabajo que aquí se asienta y matiza; acompañado por Laura Almela como su esposa, un chirriante muñeco escénico, muy gustable aunque admita aún algunos posibles ajustes, y José Carlos Rodríguez otro actor que también trabajara con Olguín en su última puesta —como los múltiples amantes de la esposa casquivana. Un actor muy versátil, con una interesante presencia aunque aquí tal vez un poco necesitado de la mano del director para mejor acotar a sus personajes. Completan el elenco Carmen Madrid. Naoto Matsumoto, Doménico Espinoza y Rodrigo Vásquez con buenos trabajos de apoyo.

En definitiva, un espectáculo con algunos escollos pero disfrutable e incitante para la polémica.