FICHA TÉCNICA



Título obra Campo de plumas

Autoría Mauricio Pichardo

Dirección Raúl Quintanilla

Elenco Alonso Echánove, Zaide Silvia Gutiérrez

Escenografía Cristina Martínez de Velasco

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Bruno Bert, “Campo de plumas, madera de cuna y tumba”, en Tiempo Libre, núm. 703, 28 octubre 1993, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Campo de plumas, madera de cuna y tumba

Bruno Bert

Hacía tiempo que no veíamos ningún montaje de Raúl Quintanilla, un director que en su momento nos entregara algunos espectáculos sumamente atractivos, generalmente relacionados con Víctor Hugo Rascón Banda como autor. Ahora, en el foro Shakespeare, ha estrenado una obra de Mauricio Pichardo que tiene por nombre Campo de plumas. Su temática es la pareja y su posible originalidad es que nos la muestra siempre en la cama. No, no se entienda que la podemos ver en una especie de porno-show de hora y media; simplemente intenta desarrollar una relación de dos en todos los aspectos en que es posible verla mientras comparten esos pocos metros cuadrados que conforman el muy sagrado tálamo matrimonial (ironía incluida, claro). Porque, efectivamente, se trata de un matrimonio con todas las de la ley.

La idea en sí no deja de ser atractiva por el doble desafío que implica: por un lado, encontrar variables de interés en lo relacional entre los dos únicos personajes (podría haber más ¿por qué no?), y por el otro darles un correlato de acciones escénicas que las haga atractivas desde el punto de vista artístico para el público. Es decir, avanzar sobre lo trillado que supone el tema para encontrar tanto en lo conceptual como en lo estético un nuevo espacio de conocimiento y una renovada sensibilización para los espectadores.

Sin embargo, no es eso lo que sucede, porque ni el autor ni el director logran sobrevolar el lugar común para descubrirnos ese otro sesgo que sería el justificante para haber escrito y montado esa obra.

El texto intenta el abordaje de las distintas situaciones desde tres vertientes posibles: la cotidianeidad, la didáctica más o menos encubierta y la poética. Tratando en este último caso de evitar, con buen criterio, tanto la grandilocuencia como la cursilería. En la primera de las instancias, el autor termina enredado en las limitantes del lenguaje y circunstancias que los hábitos cotidianos conllevan, y lo que vemos es una especie de documentalismo de la trivialidad que tal vez orille a un cierto pálido sentido del humor y la buena intención de un manejo crítico sin maniqueísmos. Pero es lo cotidiano, lo habitual, lo que impregna —sin ulteriores consecuencias ni para nuestro conocimiento o sensibilidad—cada una de las escenas. Y así, de la leve sonrisa pasamos rápidamente al aburrimiento.

En otros cuadros, la mayor parte de los parlamentos tienen la sonoridad acartonada de esas "grandes verdades" que manejan el sentido común y las tías solteras pero ilustradas y con experiencia de vida. Aquí es sólo la capacidad de los actores la que logra suavizarnos del impacto de esas tiradas con una ingenua pretensión didáctica. No hay humor suficiente para sentir que lo están tomando a broma, ni una construcción que nos diga que hacen parte del bagaje ideológico de determinados segmentos sociales. Están allí, simplemente, y terminan siendo portavoces del autor.

Por último, se intenta en otras partes el uso de una cierta poética de los afectos y los deseos, pero tampoco llegan a florecer y todo queda en una mustia solicitud en el plano del amor y de la atracción.

Lo que sentimos, básicamente, es una carencia de audacia; entendiendo, claro, que ésta no consiste en desnudar a los intérpretes, sino profundizar la visión en una especie de violación que siempre se produce cuando las estructuras de la rutina y lo superficial realmente resultan destrozadas por la capacidad del artista. Limpiar nuestra mirada y con ella a nuestro cerebro y piel de tanta insignificancia como la que rodea a la cama, "madera de cuna y tumba" como cantaba el poeta medieval. En esto es claro que no se ha logrado ni en el campo del autor ni en el espacio del director; y a un poético nombre sólo le acompaña un muy mediano producto.

No ayuda a levantar la puntería la propuesta escenográfica de Cristina Martínez de Velazco. Es correcta sin por esto pisar los umbrales de la creatividad, simplemente cumple su cometido práctico. En lo que hace a los actores —Zaide Silvia Gutiérrez y Alonso Achánove— son lo más interesantes de la propuesta, entendiendo que seguramente Quintanilla, un buen maestro de actores, debe haber contribuido a su desempeño. Los dos luchan parejo en este desigual combate para librar a Campo de plumas de las abundantes asperezas que contiene. Naturalmente, no lo logran porque una obra es una unidad compleja y no una suma de partes; pero sí evidencian un comprometido trabajo personal. En fin, que nos quedamos a la espera de un nuevo momento creativo tanto para Pichardo como para Raúl Quintanilla.