FICHA TÉCNICA



Título obra Le cirque invisible

Autoría Héctor Mendoza

Dirección Jean Baptiste Thierrée

Elenco Victoria Chaplin, James Spencer Thierrée

Vestuario Victoria Chaplin

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Le cirque invisible y Carmen en el Cervantino”, en Tiempo Libre, núm. 701, 14 octubre 1993, pp. 28-29




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Referencia Electrónica


Teatro

Le cirque invisible y Carmen en el Cervantino

Bruno Bert

Ya estamos promediando la XXI versión del Festival Internacional Cervantino, y como todo cuerpo vivo que acumula años —y es de desear que un evento de este tipo continúe siendo un organismo palpitante— va balanceando recuerdos y realidades. Los esplendores pasados se han vuelto míticos y aquella abundancia en funciones y servicios de todo tipo marcan la nostalgia de los que hoy recorren los espacios que reviven al llamado del nuevo festival.

Hoy todo es mucho más austero, pero sigue siendo digno en la calidad de sus materiales. Lástima que la participación nacional sea ahora francamente minoritaria aún dentro de la drástica reducción en la cantidad global de trabajos. Al menos en el área de teatro, que es la que a nosotros nos interesa y debiera constituir su columna vertebral.

Este año se presentan sólo seis espectáculos para adultos; cuatro extranjeros, los dos nacionales corresponden a la tradicional producción especial que financia el mismo festival y los ya consabidos Entremeses Cervantinos que más que contar como expresión artística, funcionan por su carácter universitario y emblemático. Con esto decimos que en lo que alguna vez fue el más importante foro internacional mexicano no existe una representación del teatro nacional, de ese que está en los escenarios del país sin que necesariamente sea producido para la ocasión.

Pero la fiesta continúa igualmente, y si el público es menor en cantidad no disminuye sin embargo su entusiasmo.

Hemos visto dos de las cuatro presencias extranjeras, la primera es Francia. De allí nos ha llegado una familia que es al mismo tiempo un equipo de trabajo. Me refiero a Jean Baptiste Thierrée, director del grupo; a su esposa Victoria Chaplin —actriz y además responsable de una magnífica labor de vestuario—; y James Spencer Thierrée, hijo de ambos y destacado acróbata. El espectáculo se llama Le cirque invisible y al parecer es un producto decantado a través de más de veinte años de labor sobre el mismo tema, partiendo de un circo verdadero al que se le han ido sustituyendo animales y artistas por la imaginación y el talento de los que componían su núcleo esencial.

Su penúltima versión se llamó El circo imaginario, y la transformación de éste en su quintaesencia es lo que nos traen hoy con su nuevo nombre. En él encontramos todos los componentes tradicionales del arte circense, sólo que elaborados de manera tal que el espectador no pueda sustraerse a una clara aportación imaginativa. La base del circo es la destreza, la transformación y el asombro y ésta es la sutil materia que estos artistas nos brindan constantemente jugando con la obviedad para desmentirla y con la simpleza a fin de volverla base de un sutil y profundo trabajo de elaboración. Si bien los tres actores —generalmente mudos— pueden asumir múltiples personajes, existen espacios de especialización. Es allí donde James Spencer nos asombra con el uso de su cuerpo y el manejo de los monociclos. Pero es Victoria la que demuestra ser capaz de sumar al área de las habilidades una extraordinaria poética de la imagen, que logra esencialmente a partir de la transformación de los elementos de vestuario, a los que dota de una mutabilidad cercana a la magia. Aquí, literalmente, el hábito hace y deshace al monje. Porque todo puede ser resignificado en ellos, hacia el absurdo algunas veces (como el traje que se vacía de su dueña poniéndose a hacer piruetas en el espacio hasta recuperarla), pero sobre todo dirigido a la creación de los animales más bellos y fantásticos que podamos imaginar. Dignos realmente de figurar en un bestiario medieval o en el cuadro del Bosco... aunque sin su agresividad. Y por último Jean Baptiste, que es quien asume sobre si la herencia de los clows, en un personaje original pero densamente cargado de múltiples antecedentes históricos de su oficio que sentimos presentes y encarnados aunque no siempre podamos identificarlos con un nombre concreto. En él el truco es un juego que se autodescubre para, volviéndose obvio, lograr asombrarnos nuevamente por el sesgo que de inmediato es capaz de darle. Es el que más apela al público en forma directa, y también quien más arriesga en el desafío de los sobreentendidos. Tiene la maestría que le permite ser simple y genial al mismo tiempo.

Indudablemente Le cirque invisible

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conjuga el pensamiento riguroso del creador, la imaginación plástica y la emoción anhelante del que es capaz de invitarnos a volar. Y el público responde absolutamente encendido por los artistas.

De inmediato nos volcamos a otro espectáculo, pero de pasada no puedo dejar de mencionar un trabajo que dentro del área de la música me llamó profundamente la atención. Me refiero al Philip Glass Ensemble que se presentó con la obra que Glass compusiera para el film Powaqqatsi, de Godfrey Reggio, que se proyecta simultáneamente a la interpretación en vivo por el conjunto. Se trata de un discurso sin palabras en relación a la explotación humana filmado a la manera documental — aunque con técnicas sumamente creativas de edición— en media docena de países del tercer mundo. Es sumamente atractivo advertir que la composición se nutre de alternativas musicales sintetizadas de diversas culturas, al igual que las imágenes del film; y que ninguno de los dos intenta la creación de un panfleto o de un aparato de ideología explícita.

Sin embargo la contundencia y calidad de ambos elementos hace de Powaq- qatsi una de las más fascinantes combinaciones de imagen y música haya tocado compartir en los últimos tiempos, a pesar de un cierto exceso, de una cierta reiteración en los dos renglones que ganarían con algunos minutos en menos. Indudablemente es un material para la reflexión, no sólo en las propuestas conceptuales que maneja, sino también en el tipo de lenguaje empleado capaz de enriquecer con su ejemplo otras alternativas artísticas.

Por último, nos tocó asistir a Carmen, que bajo la dirección de Tomaz Pandur trajera el teatro Maribor de Esolvenia. Aquí recordamos de este creador dos montajes anteriores: Fausto y Sherezada, siendo este último con el mismo equipo que hoy nos visita. Indudablemente era uno de los espectáculos más esperados, ya que los dos anteriores —sobre todo el dedicado a los personajes de las Mil y una noches— habían gustado ampliamente, generando una verdadera admiración hacia este grupo en aquel entonces todavía yugoslavo.

Son diversos los elementos que con- curren provocando interés por el trabajo del Theatre Maribor. Por un lado, su tendencia hacia los clásicos; hacia la reelaboración de las grandes referencias literarias, sobre todo dentro del ámbito de la cultura europea que incluye, además de los mencionados, a La Divina Comedia; a Don Juan; a Hamlet; Lulú y Woyzeck. Y estamos hablando sólo del periodo que va del 89 al 93, es decir, desde la llegada de Tomaz Pandur a la Compañía, aunque no todos estos montajes hayan sido dirigidos por él.

Grandes nombres, fuertes referentes conocidos universalmente y que por ello posibilidad de una verdadera confrontación creativa con el texto.

Por otra parte, sus trabajos, sobre todo aquellos en los que Pandur ha intervenido, contienen una fuerte impronta espectacular, donde la imagen no sólo galopa a la par del texto sino que a veces - como en Carmen por ejemplo- la sobrepasa ampliamente.

Además es evidente la habilidad con que son asumidas amplias vertientes de influencia conjuntándolas en una estética abigarrada, sumamente personal y desenfadada. Su originalidad no consiste datos apabullantes y muchas veces contradictorios a las estéticas que en negar orígenes sino más bien en amplificarlos generando resultados apabullantes y muchas veces contradictorios a las estéticas que en esos momentos dominan las vanguardias.

Carmen, naturalmente, continúa sobre esta línea y solo utiliza la historia original, tanto en lo literario como en lo musical, como un punto de partida para una reflexión a veces bastante hermética y en otras extrañamente deformante sobre aquello que, espléndido en su origen (como la fastuosa imagen inicial de la protagonista) en realidad está destinado a la muerte. Aquí encontramos convocada esta idea a partir del mundo español, y por eso también hallamos allí a Buñuel o a Dalí, a los que se convoca a partir de la proyección de El perro andaluz, pero también bajo la presencia del surrealismo como corriente de influencias, a la que indudablemente se suma de la Valle-Inclán, con alguno de sus juegos esperpénticos y ese sumergirse en lo macabro vuelto grotesco. Sin embargo, el prisma español se halla quebrado, en una transpolación cultural al mundo del pensamiento y de los valores en este caso eslovenos y sobre todo pangermicos. Una forma utilizada por el dramaturgo para "universalizar" los contenidos.

Naturalmente el uso del espacio es el eje a partir del cual se estructura todo el trabajo, por lo que la concepción escenográfica y de iluminación —como en las otras oportunidades a cargo de Marco Japeli— resulta absolutamente decisiva, junto con la particularidad en el uso de los actores a los que se muestra en una especie de fuerte combinatoria entre exasperación y laxitud.

No se trata sin embargo del mejor trabajo que hayamos visto de Pandur: Sherezada continúa como arquetípica dentro de la producción que ha traído a México. Más concentrados sus elementos, más efectivas sus combinaciones, más radicalmente audaz dentro de una coherente estructura de contención. Aquí en Carmen, reconocemos la calidad del equipo y el talento de este gran director aunque los resultados generales, obviamente interesantes, no lleguen a sus propias cuotas de calidad.

Y aquí partimos. Apenas una mirada de asombro mientras el festival continua...