FICHA TÉCNICA



Título obra Juicio suspendido

Autoría Héctor Mendoza

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Delia Casanova, Hernán Mendoza, Margarita Sanz, Cynthia Klitbo, Hernán Mendoza, Jorge Marín

Escenografía Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Juicio suspendido”, en Tiempo Libre, núm. 700, 7 octubre 1993, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Juicio suspendido

Bruno Bert

Aquello que tiene algo de cuento, de fantasía reminiscente de la infancia, permite en mayor grado el juego de las ambigüedades y el deslice por lo fronterizo de los estados psicológicos. Héctor Mendoza, en su último trabajo, echa mano a un recurso de este tipo generando en él un personaje que tiene la validez de la conciencia, aunque se ve mejor definido como una creación casi prohibida de la infancia posiblemente solitaria de la protagonista. Esta fantasía se mantiene después para siempre como una amiga personalísima capaz de concretarse como presencia amable o indeseada en los momentos que le son más críticos a su creadora.

Estamos hablando de Juicio suspendido, una obra que Mendoza no sólo ha compuesto sino que también dirige y que se está presentando en el teatro El Galeón.

Se trata de una propuesta temáticamente interesante, capaz de trascender incluso la anécdota en la que está inserta. Esta nos presenta en realidad el despertar de una sexualidad exigente y moralmente no muy selectiva en una mujer otoñal, casada, profesional y de clase media. Una vida seca en un matrimonio árido, aunque no desprovisto de afecto, son los antecedentes inmediatos a este instinto que se desborda en medio de una marejada de juicios y prejuicios que, paradójicamente, no nacen del entorno sino de la misma interesada: bloqueada por un sistema de valores que no soporta la contradicción entre los imperativo de sus valores culturales y sus apetencias de sensualidad.

Se hace interesante el doble carril que presenciamos: por un lado, las acciones —que se van complicando temerariamente—, y paralelas a ellas las reflexiones, que se van dando entre el personaje y su alter ego y que representan ese autojuicio constante e inevitable. Es el "diálogo interior" que manejan los afectos a los libros de Castañeda, donde el autor plantea las formas para la suspensión del mismo. La suspensión de los propios valores actuando como mutilantes. Un Juicio suspendido como da el título mismo, de muy difícil obtención, y que en este caso sólo se logra a costa de la vida en el desesperado intento de aferramiento de un momento de plenitud. Una idea interesante que Mendoza desarrolla de manera atractiva en lo que hace a la estructura textual e incluso en la dramaturgia escénica, donde aplica una construcción simple pero eficaz en un desarrollo que está esencialmente al servicio de la transmisión conceptual.

Aquí el autor resultó más interesante que el director, pero este último respetó al primero sin servilismo, aunque también sin demasiadas ideas. Tal vez la más importante de ellas es la que hace a la concepción del espacio. En esto encuentra la complicidad de Gabriel Pascal, con un concepto escenográfico que asume la misma limpia sencillez de la dirección y la complementa.

Es el área de actuación la más destacada. La protagonista está asumida por Delia Casanova, en una sólida composición que nos recuerda que la actriz y el director trabajaron juntos no sólo en anteriores etapas, sino también en un reciente espectáculo con terna clásico y fuerte contenido. Hay claramente un acuerdo de lenguajes entre ambos, aunque da la sensación —posiblemente por ser estreno— que aún le falta afianzar detalles (se ven algunos titubeos de composición que no hacen al carácter del personaje) y correrlo para darle una personalidad asentada y de un perfil muy claro, que lo aleje de los posibles elementos de caracterización que son reencontrables para los que ya conocen el estilo de la actriz. Un trabajo al que seguramente sólo le falta tiempo y funciones. La acompaña Margarita Sanz (las recordarnos juntas también en aquella excelente puesta de La Sra. Klein (bajo la dirección de Margules) como esa "amiga" indiscreta y odiosa que se enraiza en la conciencia de la protagonista. Aunque de menor peso escénico, se trata una propuesta más definida, más asentada. Logrando un contrapunto justo entre dos caracteres que necesariamente resultan como opuestos complementarios. Esa especie de moral de traje discreto y cerrado cuello de encaje seguramente puede recordarnos a una especie sui generis de madre, siempre con el dedo señalador y admonitorio; siempre irónica e hiriente pero sin exceder jamás las buenas costumbres y las mejores maneras. Un buen trabajo que admite algunos toques de humor.

También las acompaña Cynthia Klitbo —discreta y correcta, pero a la que he visto en momentos más contundentes—, Hernán Mendoza —más interesante que en trabajos anteriores— y, finalmente, Jorge Marín como el canallita de la historia, por ahora con más desenfado que experiencia.

En definitiva, un espectáculo discreto que se ve con agrado y que da materia para el intercambio de ideas.