FICHA TÉCNICA



Título obra Modigliani

Autoría Dennis McIntyre

Dirección Víctor Weinstock

Elenco Rafael Sánchez Navarro, Ariane Pellicer, Roberto Ríos, Francisco de la O

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, “El superficial Modigliani”, en Tiempo Libre, núm. 698, 23 septiembre 1993, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

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Amadeo Modigliani (1884-1920) presenta todas las características para interesar a un dramaturgo y transformarse así en protagonista de una obra de teatro: poseyó talento, ganó la fama póstuma, tuvo una vida llena de luchas y amargura, además de morir tuberculoso y en la miseria. Es evidente que todo el ideario romántico sobre el creador está condensado en él y estructura un estereotipo capaz de satisfacer el lugar común sobre el "bohemio" genial y desgraciado. Hasta ahora no lo había visto llegar a escena, pero ya podemos encontrarlo en El Granero. Este Modigliani es de Dennis McIntyre, bajo la dirección de Víctor Weinstock.

De su relativamente breve vida toma apenas tres días, que corresponden a 1916, y lo muestran en uno de sus endémicos momentos de crisis económica, ya en la etapa final de su relación emocional con la periodista inglesa Beatriz Hastings, la Beatrice de alguno de sus desnudos. Allí se esboza el tipo de personalidad de los pintores que frecuentaba (un Utrillo destrozado por el alcohol y un Soutine muy cercano a la locura); la ansiedad por colocar su pintura con los compradores ávidos y mezquinos y poder así vivir (o al menos sobrevivir) de ella, y también sus frecuentes desequilibrios emocionales aumentados por las drogas, los problemas económicos y la constante sensación de fracaso.

Tal vez la primera dificultad de este material es cómo darle un contexto de verosimilitud interesante. Todas sus circunstancias reales fueron tan de folletín que es arduo significarlas un paso más allá (o más acá) del lugar común de la ilustración seudopoética. La posibilidad, en definitiva, de elegir un documentalismo riguroso o dejarnos envolver por la pasión y la idea, recreando libremente lo que supera al propio Modigliani tomándolo como modelo.

Aquí el autor se queda en ese terreno intermedio que se nos vuelve árido de puro frecuentado. Cada uno de los personajes es siempre igual a sí mismo y una vez presentado lo demás es pura repetición, aunque los parlamentos cambien. En este sentido, la dirección contribuye a acentuar este escollo, porque carece de un verdadero proyecto a desarrollar a lo largo de la obra (aunque se noten esbozos de lo que podría haber sido uno, como en la concepción de los personajes, por ejemplo). Más bien se apoya en el libro y exti


Teatro

El superficial Modigliani

Bruno Bert

Amadeo Modigliani (1884-1920) presenta todas las características para interesar a un dramaturgo y transformarse así en protagonista de una obra de teatro: poseyó talento, ganó la fama póstuma, tuvo una vida llena de luchas y amargura, además de morir tuberculoso y en la miseria. Es evidente que todo el ideario romántico sobre el creador está condensado en él y estructura un estereotipo capaz de satisfacer el lugar común sobre el "bohemio" genial y desgraciado. Hasta ahora no lo había visto llegar a escena, pero ya podemos encontrarlo en El Granero. Este Modigliani es de Dennis McIntyre, bajo la dirección de Víctor Weinstock.

De su relativamente breve vida toma apenas tres días, que corresponden a 1916, y lo muestran en uno de sus endémicos momentos de crisis económica, ya en la etapa final de su relación emocional con la periodista inglesa Beatriz Hastings, la Beatrice de alguno de sus desnudos. Allí se esboza el tipo de personalidad de los pintores que frecuentaba (un Utrillo destrozado por el alcohol y un Soutine muy cercano a la locura); la ansiedad por colocar su pintura con los compradores ávidos y mezquinos y poder así vivir (o al menos sobrevivir) de ella, y también sus frecuentes desequilibrios emocionales aumentados por las drogas, los problemas económicos y la constante sensación de fracaso.

Tal vez la primera dificultad de este material es cómo darle un contexto de verosimilitud interesante. Todas sus circunstancias reales fueron tan de folletín que es arduo significarlas un paso más allá (o más acá) del lugar común de la ilustración seudopoética. La posibilidad, en definitiva, de elegir un documentalismo riguroso o dejarnos envolver por la pasión y la idea, recreando libremente lo que supera al propio Modigliani tomándolo como modelo.

Aquí el autor se queda en ese terreno intermedio que se nos vuelve árido de puro frecuentado. Cada uno de los personajes es siempre igual a sí mismo y una vez presentado lo demás es pura repetición, aunque los parlamentos cambien. En este sentido, la dirección contribuye a acentuar este escollo, porque carece de un verdadero proyecto a desarrollar a lo largo de la obra (aunque se noten esbozos de lo que podría haber sido uno, como en la concepción de los personajes, por ejemplo). Más bien se apoya en el libro y extiende así aún más las sombras que éste proyecta. Se vuelve un material unilateral, no se ve tensión alguna entre autor y director capaz de dar vida y expresividad complementaria a ambos.

El uso del espacio es convencional y prácticamente no hay una verdadera escenografía, sino apenas algunos elementos dispuestos en ese ámbito circular que es El Granero, con utilización de sus ángulos como extensión de la escena, como es costumbre en este lugar.

Asume el papel de Modigliani Rafael Sánchez Navarro, dándole una característica de extrema movilidad, un aparente y nervioso optimismo con tendencia a regresar sobre ciertas fijaciones. No sé si realmente el pintor italiano fue así, pero el actor lo interpreta solventemente. Sin embargo —y en esto se parece a los otros personajes porque es un efecto que nace de la dirección—, es como una figura hueca laqueada en su exterior: se trabajó sobre todo la primera capa, dibujando sobre ella con cierto cuidado, pero sin darle relieve, sin manejar las profundidades.

El efecto se acentúa a medida que nos alejamos del eje que es el propio Modigliani hacia la periferia de sus relaciones. Es por eso que Roberto Ríos y Francisco de la O. —encarnando a Utrillo y Soutine— se repiten esquemáticamente, como decíamos más arriba. Y en el caso de Cheron, el entendido de arte, se vuelve deliberadamente como un muñeco de cuerda representado tres veces simultáneas en el escenario. Los actores se prestan con empeño e incluso generan algunos momentos de interés en complicidad con las pocas imágenes que realmente ha elaborado el director. El rol de la única mujer, pareja inspiradora y mujer insatisfecha, queda en manos de Ariane Pellicer, que da color a sus escenas por la energía que vuelca, aunque naturalmente no pueda trascender de la superficialidad con que ha sido manejado todo el plantel.

En definitiva, una propuesta con algunos puntos gratos y un ritmo sostenido, aunque carente de esa trascendencia exasperada —en este caso teatral— que Modigliani supone para el ámbito de la pintura.