FICHA TÉCNICA



Título obra El ajedrecista

Autoría Jaime Chabaud

Dirección Philippe Amand

Elenco Salvador Sánchez, Adrián Joskowickz, Verónica Merchant

Escenografía Philippe Amand

Iluminación Philippe Amand

Espacios teatrales Teatro Wilberto Cantón

Referencia Bruno Bert, “Jaque”, en Tiempo Libre, núm. 697, 16 septiembre 1993, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¡Jaque!

Bruno Bert

Las obras de Jaime Chabaud —al menos las que he visto montadas— se caracterizan esencialmente porque "gritan" al espectador. Y en esto no me estoy refiriendo a la puesta, que puede llegar a acentuar esta línea o no según sea el concepto escénico del director, sino a la forma voraz con que se precipita sobre su materia modelándola casi a dentelladas. Más que un acto de creación, sus trabajos parecen un ritual sangriento en el que el autor funge como demiurgo enloquecido. A la salida del trance queda "eso", contradictorio, indignado, febril que llamamos una nueva obra. El cómo elabora él sus materiales en realidad no importa, pero ésta es la sensación que uno recibe.

Ahora acaba de estrenar El ajedrecista, en el teatro Wilberto Cantón. Creo que se trata de uno de sus trabajos más maduros y en el que además ha encontrado a un director creativo que vibra en su misma frecuencia sin dejarse desbordar por el acoso del texto. Estoy hablando de Philippe Amand, quien además aquí ha asumido —con riesgo pero en general con éxito— la tarea de escenografía e iluminación.

El programa de mano viene bajo la advocación de una imagen de Remedios Varo: El alquimista o la ciencia inútil. Es una acertada elección, porque sus fantasmagorías ingenuas e inquietantes, inútiles y rotundas, siguen el mismo vaivén de las elaboradas estructuras intelectuales y emotivas que convocan Chabaud-Amand en la obra.

La estructura anecdótica construye un triángulo de amor en el clima romántico-positivista del México de la segunda mitad del siglo pasado. El protagonista es el militar que dirigió el fusilamiento del emperador Maximiliano, asediado por el deseo y compitiendo por la misma mujer con un viejo alumno suyo de ajedrez. Allí están los temas tradicionales de la escuela romántica: la culpa, el amor, el destino, el duelo a muerte en medio de la noche, el acoso de la conciencia a través del símbolo de los ojos arrancados del emperador derrocado, la locura, el profundo subjetivismo que tiñe de valor poético cualquier referencia histórica... y, por supuesto, el juego de ajedrez que, como otros de los mencionados, el romanticismo reincorpora tomándolo de viejas raíces dentro de la historia del teatro.

Se trata entonces de una obra que presenta varios puntos de interés, entre los que cabe destacar el rechazo a ese naturalismo que surgió de la escuela que aquí convocan como nutriente a nuevas perspectivas de creación. Además cabe, asimismo, asomarse a un trabajo que bajo la sombra de una circunstancia "de amor" en realidad reinventa lo social airando un poco el espacio propiamente histórico y documental.

Se trata de una puesta "chirriante", como los materiales metálicos de los que echa mano; como las luces estalladas que recrean el ámbito carcelario y alienado del protagonista; como las imágenes que convocan a un ritmo quebrado y siempre intenso.

Hay un personaje al que el programa de mano llama "el pregonero", que resulta el pivote sostén de por lo menos la mitad de la puesta. Un hallazgo que uno termina por esperar y a pesar de esto casi siempre logra sorprendernos con sus recursos. Está encarnado por Adrián Joskowicz, y el inquietante humor que maneja acepta referenciales clásicas y brueguelianas, pero también muy de la cultura de masas, como puede ser un integrante de la familia Simpson, por ejemplo. No sé aquí hasta dónde llega la mano del director y cuánto hay de aportación directa del actor, pero el resultado, con clara responsabilidad de ambos, es sumamente atractivo.

Salvador Sánchez y Alvaro Hegewisch asumen los dos protagónicos masculinos. Su trabajo es correcto pero francamente queda opacado en su corsé realista frente a los desbordes del simbólico y libérrimo "pregonero". Verónica Merchant es una presencia intermedia, interesante y con posibilidades de crecimiento. Hay también todo un coro, pero apenas aparece. Tal vez se hubiera podido integrar más su participación...

Muchas veces decimos que el teatro es esencialmente analogía, y que allí está su poder, su capacidad de recreación artística. Algunas imágenes resultan como un ejemplo de esto. Podríamos tomar aquí la muerte de Maximiliano con el sonido de la puerta que cae, y con ella la tenue lluvia de plumas azules en recuerdo de nuevo de los ojos arrancados del emperador. Siempre que la estética se maneja a los límites, en el peligro de volverse un búmerang contra el creador (en este caso por efectismo o cursilería) la superación del riesgo amplifica la belleza del resultado.

En definitiva: una propuesta escénica tal vez pero ciertamente digna de ser vista.