FICHA TÉCNICA



Título obra Parada San Ángel

Autoría Elena Garro

Dirección Marta Luna

Elenco Ernesto Gómez Cruz, Socorro Avelar, Verónica Langer, Alberto Celaríe, Mónica Serna, Hugo Diosdado García, César Octavio

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Bruno Bert, “Parada San Ángel”, en Tiempo Libre, núm. 696, 9 septiembre 1993, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Parada San Ángel

Bruno Bert

La Compañía Nacional de Teatro, en una importante producción, acaba de estrenar la obra de Elena Garro Parada San Ángel, bajo la dirección de Martha Luna, en el Teatro Jiménez Rueda.

No creo que se trate de su trabajo más importante, pero ciertamente la representa tanto por su temática como por el manejo estructural que de ella hace, y nos recuerda la firme incidencia que esta escritora ha tenido dentro de nuestra literatura y nuestro teatro.

Anecdóticamente toma el momento casi final de una familia —duplicada su imagen en la casona porfiriana que los alberga y les pertenece— y extiende mágicamente esa circunstancia cuarenta años, que inadvertidamente se comprimen en un instante. Como el casi imperceptible extinguirse de una luciérnaga. De pronto es sólo un recuerdo repetido en las voces fantasmales de un tiempo que se ha congelado con la muerte.

La familia en sí, levemente personalizada a través de sus nombres, es asimismo casi anónima, como un simple corrimiento visible de todo un espectro social al que representa sin ilustraciones didácticas. Es el último medio siglo de nuestra historia que comienza a caerse a pedazos entre retazos trágicos de olvido e insignificancia. Pero son los sentimientos siempre heridos de los protagonistas, su perenne desfase con la realidad, su dolorosa incapacidad vuelta furor hacia el otro (invariablemente hacia el más débil) lo que más genera esa áspera relación que suele caracterizar las obras de Elena Garro con el público.

Y es aquí también, en el orden de sus personajes, donde hallamos varias concesiones de un exceso estereotípico en Parada San Ángel que debilitan un texto que, como propuesta al menos, resulta, sin embargo, interesante. Hay en la autora como un asombro y una tristeza infinita frente a la reiterada crueldad, la necedad y el ilimitado egoísta de cada uno para su entorno, destruyendo siempre al que aún no ha podido asumir las fuerzas para defenderse emocional y socialmente de los que le están más cerca. Sobre todos los integrantes de la bendecida y antropofágica institución familiar. Clasismo y machismo son dos eslabones de una larga cadena de dependencia ya explorada por la Garro en otras celebradas obras suyas y que aquí vuelven a aflorar con toda su fuerza.

Pero teatro es también puesta, y ahí está la mano de Marta Luna —aquí mucho más comprometida y creativa que en otros trabajos recientes que le hemos visto— retramando las vertientes que va entregando el autor en su libreto. Generalmente sus puestas se hallan pivoteadas por el manejo y la sugestión del espacio, y en este caso cuenta para ello con la decidida complicidad de Arturo Nava, que genera una doble estructura monumental a la que difumina en una elaborada iluminación refractada por una casi permanente capa de niebla y humo.

Las estridencias que nacen en la concepción estructural de los personajes, aumentan bajo el prisma de la dirección, y vuelven a dimensionarse en ese ambiente creado por el escenógrafo e iluminador hasta generar un estilo. Este puede recordarnos el folletín de los treinta, con aquellas ilustraciones nocturnas donde cada ventana, vista desde la noche, era un grito de luz. Y cada perfil un recortado y silenciosos dolor vuelto gesto y oscuridad.

Luna se maneja intencionalmente bocetando con gruesos trazos en la misma dirección que marcara Elena Garro, pero posiblemente superándola en impulso, acercándola al grotesco sin prenderse decididamente sin él.

Y ahí también van los actores: Ernesto Gómez Cruz, en el papel protagónico, es casi una máscara gesticulante; y sobre esta línea construye también Socorro Avelar una criada fiel y maldita que merecería haber figurado entre los personajes de Dickens. Verónica Langer y Alberto Celaríe asumen calladamente a dos suicidas en una bella escena mientras Mónica Serna, aún más tenuemente, casi con gracilidad, emerge como un recuerdo acusador. Es siempre difícil la incorporación de niños, y los que aquí actúan no lo hacen mal. Básicamente el pequeño que encarna al clásico huérfano de la historia (no sé si Hugo Diosdado García o César Octavio), generando un contrapunto con los otros personajes.

En definitiva, Parada San Ángel nos habla no sólo de una época que fue, sino también de una concepción del teatro que ya está plenamente incorporada dentro de lo más significativo de nuestra historia reciente. Y tal vez hoy asistir a su puesta sea como asomarnos a aquel pasado, pero en los momentos de transición es bueno tomar impulso en los que supieron aportar antes de nosotros con su talento. Son un buen punto de apoyo.