FICHA TÉCNICA



Título obra Fiorenza

Autoría Thomas Mann

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Nora Manneck, Víctor B. de Savigny

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “La posesión castra”, en Tiempo Libre, núm. 695, 2 septiembre 1993, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La posesión castra

Bruno Bert

En el teatro Julio Prieto se está presentando un espectáculo que (como casi todos los creados por Juan José Gurrola) resulta bastante extraño e irritante.

Se trata de una obra de Thomas Mann que en la puesta toma el nombre de Fiorenza. No he logrado ubicar en la producción del escritor alemán el texto en cuestión, aunque seguramente no fue en su origen un material para el teatro (no sé qué Mann haya incursionado por la escena), sino que posiblemente esté incluido en alguno de sus trabajos bajo la forma de diálogos: juego dialéctico entre personajes de los que gustaba especialmente.

Aquí es Raúl Falcó, el habitual colaborador de Gurrola, quien se encarga de la necesaria adaptación a una estructura dramatúrgica. En Fiorenza encontramos características que son medulares, distintivas en el autor de La montaña mágica. Por un lado está el tema del arte, que se mantuvo presente como una constante (basta recordar Muerte en Venecia, como ejemplo ampliamente reconocido) en toda su obra, y aquí es el eje de interés. Por el otro, la idea de la valoración del hombre a partir de la complejidad del esfuerzo intelectual que realiza, legitimándolo como ser humano. De allí presentes las influencias de ese pensamiento "aristocrático" que heredara Mann de sus maestros.

Sin abundar más, digamos simplemente que Fiorenza es el encuentro entre Savonarola y Lorenzo el Magnífico el día en que éste muere, y todos los prolegómenos que anticipan este platónico combate. Se trata de un texto rico e interesante, sumamente influido por toda una concepción del mundo que hace a la Alemania de las primeras décadas de este siglo y cuya teatralidad es más ritmo para la lectura que acciones para la puesta.

Resulta bastante lógico que un material así haya seducido a un creador como Gurrola: el tema de la belleza también se encuentra como un recurrente dentro de su obra. Además, se trata de un claro admirador de las pirotecnias del espíritu y el intelecto, hermanándose en esto con Mann, aunque desde muy distintas perspectivas. Por otra parte, ese predominio de la disquisición por sobre cualquier tipo de planteo escénico es algo que Gurrola viene repitiendo desde hace ya varios años. Y por último, la tentación de implementar una "estética del mal gusto", una "estética de shock" (su atracción por el kitsch y ciertas peculiaridades modernistas es de muy vieja data) en medio de la ampulosidad de un discurso seudorenacentista debe hacer sido demasiado fuerte como para que, como provocador profesional, pensara siquiera en resistirla.

La confluencia de todo esto es un plato para estómagos fuertes, sobre todo de seguidores incondicionales de Gurrola, porque de lo contrario el sopor alterna con la estridencia mientras va fluyendo el texto no siempre comprensible (por la dicción) de Mann. Por supuesto que en todo esto está la intención irónica y desacralizante del director, que se permite un final entre pieles de leopardo de Sears con una ampulosidad de gestos y voces capaces de provocar la envidia de la Comédie Francaise de fines de siglo XIX. Pero la verdad es que el aburrimiento reina, quebrado apenas en las casi tres horas del trabajo por el interés de los conceptos y alguno que otro hallazgo a nivel de trabajo actoral.

Resulta extraño, en medio de tanto mármol pintado, un enorme "fresco" de excelente factura que es una reinterpretación libre pero muy lograda de La batalla de San Romano, de Paolo Uccello, que juega un doble valor de equilibrio y símbolo dentro de la puesta.

A nivel de intérpretes —unas quince personas— destaca el trabajo de Nora Manneck en el papel de Fiorenza, por lo frío y enérgico de su construcción, y el de Víctor B. de Savigny como Pico de la Mirándola, que por momentos logra producirnos un verdadero y directo rechazo. Los demás oscilan entre lo desagradable y lo intrascendente, de manos de un Gurrola que a veces, y con algunos sobre todo, juega hasta el límite mismo de la caricatura. Por ahí corretea el elemento esperpéntico. Pero la pena es que toda esta deliberada provocación no logreindignarnos ni divertirnos, sino tan sólo generarnos hastío o indiferencia, por no llegar hasta lo vivo del sentimiento en unión o disputa con la razón.

Creo que le sería aplicable, frente al producto terminado, una frase del autor citada en el programa de mano: "El deseo es una fuerza que agiganta, pero la posesión castra".