FICHA TÉCNICA



Título obra Exhivisión

Autoría Luis Mario Moncada y Martín Acosta

Dirección Martín Acosta

Elenco Cecilia Constantino, Luis Mario Mancada

Espacios teatrales Sala Julián Carrillo

Referencia Bruno Bert, “Exhivisión”, en Tiempo Libre, núm. 694, 26 agosto 1993, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Exhivisión

Bruno Bert

Hace tiempo que venimos comentando el hecho de que nuestro teatro se encuentra en un estadio de transición, a la búsqueda de nuevos lenguajes y nuevas identidades artísticas. Se ve estancamiento, algunas reproposiciones y en alguno que otro lado —como en la obra que vamos a comentar hoy— un estado de disolución que implica a la incertidumbre y un abanico de posibilidades a descubrir.

Hablo de Exhivisión, de Luis Mario Moncada, un autor joven que ya ha recibido más de un premio y tenido interesantes desempeños como actor. Aquí, bajo la dirección de Martín Acosta, un director de su misma generación, también con algunos productos atractivos e inteligentes en su labor más cercana, y una producción constante que nos habla de su tenacidad y del profesionalismo de su tarea.

El espectáculo nos remite a dos personajes que están intentando hacer una película en video: el creador y su actriz. El autor al interior del trabajo es justamente el real, es decir Mario Luis Moncada, queriendo crear su propia obra. Un juego de cajas en relación a la identidad que tal vez tiene que ver con la expresión del personaje-autor, que en un momento comenta su tendencia a hablar sólo de aquello que le está ocurriendo en la esfera personal. Pero es natural que si el autor (aquí doble ya que Martín Acosta, por el tipo de montaje que se trata, posiblemente haya funcionado como director-autor, compartiendo duplicidad de roles) no encuentra dónde insertarse socialmente a partir de un discurso ideológico y artístico que sea común a una generación o a un espacio, entonces habrá de volverse al referente más concreto de las relaciones interpersonales, de las fronteras de los propios sentimientos y del propio cuerpo, que así se transforman en herramientas cuestionadas en el aferramiento del otro y de lo otro.

Es como un regreso al balbuceo para tratar primariamente de ubicarme, reconocerme, encontrar lo deseado, diferenciar al otro y elaborar el poder de representarme. De ahí la abundancia de desnudos, el sexo en una etapa masturbatoria, la imagen (no la presencia) de la madre como la narradora-castradora en las ruinas de la memoria, la necesidad de la violación y la presencia constante de la muerte a partir del refrigerador, que en definitiva no contiene la eternidad sino la perpetuación de los referentes culturales. Un juego de símbolos y no de vida.

Como podrán notar, hablamos de sexo, de cuerpos desnudos, de masturbación y violaciones, pero todo está sumergido en un lenguaje complejo y sobreintelectualizado. Así es Exhivisión: cuando más se intenta ejercer el poder más se elabora en realidad un discurso sobre la impotencia en el espacio vacío (no existe escenografía alguna) que bien puede ser la representación de lo que esa generación (entre los 20 y 30 años) siente que recibe como legado: un lugar acosado por la necesidad donde sólo queda la confrontación, el miedo y el displacer. Y aquí también se está esperando a alguien que habrá de llegar y que se halla incrustado como una referencia, una imagen, otra presión que enferma las relaciones enajenándolas.

La impotencia aquí está en el plano directo de los cuerpos, incapacitados de ejercerse; en el arte, como reproductor de la inconsistencia, como mediador infecundo con la realidad, y en el de las ideas, preñadas por todas las connotaciones intelecto-culturales de su entorno, con la conciencia de que necesitan una profunda reelaboración.

A mi modo de ver Exhivisión es como un estallido: no puede ser juzgado por su forma ni por su intención ni por los resultados posteriores, sino sólo por su impulso. Ese que compromete a tres jóvenes (Cecilia Constantino, la actriz, es dúctil y aún menor que sus dos compañeros de aventura) a un planteo de intención para legitimar lo único verdaderamente valioso en el hombre: su capacidad para vivir y construir con el presente, que sólo aparentemente, claro, en este punto de la historia, parece negado.

Tal vez de aquí surjan otros lenguajes más válidos que los que hoy sentimos como agotados en nuestro medio, y esas nuevas identidades que reclamábamos al principio. Veamos qué sigue.