FICHA TÉCNICA



Título obra El gran elector

Autoría Ignacio Solares

Dirección José Ramón Enríquez

Elenco Ignacio Retes, Emilio Guerrero, Augusto Molina, Francisco Madero, José de Santiago

Escenografía José de Santiago

Iluminación José de Santiago

Espacios teatrales Teatro Coyoacán

Referencia Bruno Bert, “El gran elector”, en Tiempo Libre, núm. 693, 19 agosto 1993, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El gran elector

Bruno Bert

En el teatro Coyoacán, bajo la vibración y el recuerdo de algunos éxitos espectaculares que ahí se dieran, se estrenó recientemente El gran elector obra de Ignacio Solares, bajo la dirección de José Ramón Enríquez. El referente más cercano que tenemos de su trabajo en conjunto, es una puesta que se presentara en el pequeño foro del CUT: El jefe máximo, y casualmente (o tal vez no tanto, debido a las preocupaciones sociales de Solares) aquélla y ésta son dos propuestas estrechamente vinculadas por la temática: el análisis de la imagen presidencial dentro de nuestra política.

En aquel caso específicamente en la persona de Calles, y en éste en la de todos sus seguidores que forman una larga cadena de sesenta años a los que Solares corporiza en un sólo ser que nos ha gobernado initerrumpidamente durante ese lapso... aunque a nivel superficial se nos muestre bajo distintas máscaras sexenales.

Hay dos o tres características inmediatamente individualizadas en estas obras de Solares: un cierto sentido del humor que intenta desolemnizar el tema sin desgrabarlo de su peso; una tendencia hacia lo didáctico y una verdadera pasión por el detalle histórico. Como es lógico esto propone un teatro de palabra en donde el actor puede fungir casi con conciencia abierta de su trabajo, cobijando en esa duplicidad abierta entre actor y personaje toda la ironía que el teatro popular utilizaba para el tratamiento de lo político en el que fuera llamado el "género chico" del teatro mexicano.

Ya no se trata de ese tipo de propuestas, pero ahí proviene una de sus venas nutrientes. Podríamos agregar como otra de sus características la absoluta claridad de sus planteos, que en este caso específico llega a asombrar por la dureza del enfrentamiento crítico con uno de los temas "totem" de nuestra política nacional.

La figura del partido gobernante y la acusación abierta no sólo de fraude, sino también de tortura y asesinato como métodos recurrentes y sistemáticos para el sostenimiento del aparato de poder, está repetido hasta la saturación, apenas atenuado su efecto por la broma y la comicidad. Hay habilidad en la construcción, y si vemos algunas asperezas, éstas se enquistan no tanto en posibles limitaciones de Solares como dramaturgo, sino sobre todo en lo que ese tipo de materiales impone.

José Ramón Enríquez en su rol de director propone un enlace con las imágenes de El Jefe Máximo, y como en ese trabajo recurre a la proyección seriada de diapositivas y a la ruptura del espacio convencional; en este caso creando una "interpelación en las cámaras", lo que permite la presencia de un actor fuera del espacio del escenario, y la incorporación del público que asume teatralmente en forma directa el papel de cuestionador de su realidad social.

La obra que mencionamos como antecedente inmediato contenía una mayor riqueza de creación por parte del director. Aquí, su trabajo se refleja, sobre todo, en el mantenimiento de un ritmo sostenido y acertado y en su labor con los actores. Tal vez el punto más débil es la concepción de manejo de espacio (aparte la circunstancia de resignificación de público que recién mencionábamos) en donde José de Santiago, como escenógrafo e iluminador, genera un adminículo giratorio que funge como gabinete presidencial; interesante tal vez en el plano de las ideas si nos dejamos llevar por la fantasía de sus posibilidades, pero tosco, reiterativo y hasta molesto por momentos en el uso concreto que se le da en escena.

Indudablemente uno de los factores de interés está en la presencia del maestro Ignacio Retes, cercano ya a cumplir cincuenta años de labor. Aquí vemos a un poder envejecido pero absolutamente vigoroso: una presencia y unos arranques que hasta puede que nos vuelva ambiguo y fascinante lo que por momentos se proponía como detestable. Junto a él en un discreto segundo plano, encontramos el trabajo de Antonio Crestani como el acompañante fiel del señor presidente, manejando esa dualidad de rigidez estereotípica propia del eterno funcionario con las inflexiones de la intimidad dolida, pero incondicional del que es lacayo y cómplice al mismo tiempo. Un interesante trabajo de contrapunto. Completan el elenco Emilio Guerrero y Augusto Molina en el papel del interpelador y la muda figura de Francisco Madero.

En definitiva, un montaje provocador con más de un punto de interés que seguramente generará polémicas en el medio teatral e incluso tal vez también fuera de él.