FICHA TÉCNICA



Título obra Las perlas de la virgen

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Marco Antonio Silva

Elenco Alfredo Alfonso, José Carlos Rodríguez, Marta Castillo, Valentina Tinel

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Vestuario Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro Benito Juárez

Referencia Bruno Bert, “Las perlas de la virgen”, en Tiempo Libre, núm. 692, 12 agosto 1993, p. 28.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Las perlas de la virgen

Bruno Bert

En el teatro Benito Juárez y con un insólito programa de mano bilingüe inglés-español (posiblemente producto de su participación en Mercartes), se ha estrenado una obra de Jesús González Dávila bajo la dirección de Marco Antonio Silva.

Estoy hablando de Las perlas de la Virgen, un espectáculo eminentemente visual en el que sin embargo el texto no está devaluado sino que pasa a ocupar un rango distinto al habitual dentro del contexto de la obra. Es frecuente que González Dávila indague sobre los mundos y personajes marginales e, incluso, que trascienda visiones de tipo naturalista, para trazar con ellos frescos entre grotescos y épicos de un acentuado carácter expresionista. En este caso, continúa sobre esta línea extremándola aún más: esos cuatro seres convocados tienen un carácter abiertamente simbólico.

Las dos mujeres por descontado (tal vez el alma, tal vez la sombra, quizá lo quimérico de cada obsesión); pero también resulta evidente en los dos hombres (finalmente resumibles a su vez en una unidad de opuestos inestables y complementarios) parecen brotados de esa ciencia ficción postnuclear que tanto ha gustado en los últimos veinte años. Incluso sus ropas están impregnadas de esa sugestión: mezcla de mendigos y cowboys, connotados más dentro de un amplio ámbito cultural que provenientes de un país preciso.

Al verlos al principio, encadenado el uno a la muñeca del otro con sus valijas metálicas hexagonales y sus antiparras en una carretera imprecisa sobre un fondo de sol y desierto en un recorte de sombras propio del cine o la historieta, advertimos que en este caso los autores nos están proponiendo algo más sugestivo y con parámetros creativos desfasados de los tópicos comunes. Digamos que es un "juguete filosófico", un "dibujo animado" para adultos; que, como ciertos otros productos de nuestra cultura, pretende una validez y una capacidad de transmisión similar a la que poseían las primeras películas. Allí México provee como una remota materia prima para los personajes centrales, pero la intención supera ampliamente cualquier imagen que específicamente nos pertenezca.

Paredes de metal oxidado y sonoro a los cuerpos que rebotan contra ellas en las frecuentes luchas, luces que definen algo más que los climas, que tallan incluso el espacio mismo que se gana al vacío en el lugar reiterado de las obsesiones...

Gabriel Pascal, responsable de escenografía, vestuario e iluminación, se vuelve así en uno de los fundamentales artífices del trabajo, a par con la labor de dirección. También es valiosa la aportación de los actores —Alfredo Alonso y José Carlos Rodríguez sobra todo, aunque sin desmerecer ese fondo casi mudo y permanente que constituye Marta Castillo y Valentina Tinel—, sólidamente responsables de personajes a la vez densos e inexistentes... como suelen serlo los fantasmas individuales o sociales.

En el lenguaje común del que está tomado el título, querer "las perlas de la Virgen" es desear o pedir lo imposible. Y ese es el motor de ambos personajes, pero en clave de frustración, donde el impulso sólo se agita y repite dentro de un ciclo de retorno al punto de partida. Sin avance, sin ascensión ni aprendizaje, en un ritual cíclico del que apenas captamos una de sus fases. El espectáculo maneja una poética plenamente contemporánea, y en ese sentido decíamos al principio que aquí las palabras ocupan un lugar distinto porque claudican como permanentes impositoras de discurso para volverse retazos de imágenes sonoras, de impulsos con el mismo valor que el gesto. Es allí que se redistribuyen sin devaluarse.

Entiendo que se trata de un trabajo "peligroso" porque bordea carriles expresivos que fácilmente permiten lecturas superficiales. A pesar de manejar una estética con signos de carácter masivo por sus referentes, es posible que guste especialmente a ciertas minorías, deje indiferentes a muchos y despierte incluso burlones comentarios a los que sólo vean en él lo que es tributario a los materiales culturales de exportación.

Pero a pesar de esto, siento que es un montaje digno de ser visto, gustado y debatido. Hay donde hincar el diente y eso siempre se agradece en un producto artístico, más allá que compartamos o no sus lineamientos.