FICHA TÉCNICA



Título obra Mishima

Autoría Abraham Oceransky y Susana Robles

Dirección Abraham Oceransky

Elenco Horacio Salinas, Alejandro Reyes

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Bruno Bert, “Mishima”, en Tiempo Libre, núm. 691, 5 agosto 1993, p. 34.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Mishima

Bruno Bert

En el espacio del Foro Shakespeare se está presentando el último trabajo de Abraham Oceransky. Se trata de una reflexión sobre Mishima que él ha llevado a escena en el doble rol de director y autor, contando, en este último, con la colaboración de Susana Robles.

Es curioso advertir el interés ininterrumpido que ha venido despertando el escritor japonés a más de veinte años de su muerte ritualizada. Aunque también es cierto que ese suicidio fue una excelente puesta en escena para rematar toda una carrera de prestigio y controversia que logró fascinar no solamente a su generación sino también a esta posteridad que es nuestra contemporánea, tan necesitada de coquetear con el poder, la violencia e incluso las más descaradas posturas fascistas.

La mayor obra de Mishima —o al menos así le hubiera gustado pensarlo—fue él mismo, en la constante provocación que significaban cada uno de sus actos y escritos. Fue una obra cuidadosamente destinada a la muerte justamente porque ésta es la única capaz de cristalizar para siempre la belleza, la fuerza, el arquetipo, anulando así definitivamente las dudas y flaquezas. Fue un individuo contradictorio, que legó su figura y su palabra para el debate dentro y fuera del medio artístico.

En Mishima, se toma como circunstancia anecdótica el montaje de una obra suya que viene a representar exactamente el momento y la forma de su muerte real. Con esto, Oceransky acentúa lo que recién decíamos en relación entre obra y vida como un gesto mancomunado e indisoluble para el autor japonés. Incluso hay dos o tres momentos en que deliberadamente nos deja en la duda si lo que estamos viendo es parte de una u otra área, sólo para contestarnos enseguida que ambas son una misma cosa. Y dentro de ella —a través de los ensayos y la relación con los actores— se incursiona sobre los elementos básicos de su personalidad y sobre las líneas fundamentales de sus obsesiones.

Aquí aparecen sus teorías sobre la belleza, los traumas familiares de infancia que él narrara en Confesiones de una máscara, sus concepciones sobre el arte y el meollo de su postura sobre el cuerpo y la relación erótica. Se trata entonces de un montaje abigarrado de sentidos en donde reencontramos ciertas líneas estéticas y constructivas que son propias de algunos montajes anteriores de Oceransky. Con ellas entreteje esta reflexión escénica con variados aciertos y también algunos escollos. Entre los primeros se da el ascetismo escénico, tan interesante en Oceransky: pocas y bien empleadas. También el tramado de la historia que permite todas estas confluencias de las que recién hablábamos; y por último el manejo de actores, a los que generalmente guía con solvencia, creando una atractiva homogeneidad de lenguaje.

Dentro de las dificultades está la poca claridad del discurso político —Mishima hablando al público de la obra (al público en sala, no al histórico que presenció su muerte) en la perorata del suicidio, parece utilizar un lenguaje de izquierda apoyado en soluciones de extrema derecha— que permite la duda sobre la posición del autor. ¿Nos está sugiriendo la necesidad de un gobierno "imperial"? Presenta la defensa a las ideas reaccionarias y retrógradas que en materia social sostenía el escritor japonés. Obviamente aquí la duda no beneficia y hubiera sido preferible una mayor nitidez al respecto.

Los otros inconvenientes son de carácter técnico: sus actores son buenos, pero como es natural, no manejan seriamente técnicas de codificación oriental, ¿para qué someterlos entonces a momentos de confrontación con la destreza de un verdadero actor de Kabuki? Y en cuanto a los objetos y vestuarios, son toscos en su realización si los comparamos con lo que en oriente se aplica, y no hay una justificación escénica para esto, entrando en contradicción con lo elaborado de su uso. Para quien, como Oceransky, reflexiona sobre técnicas de lenguaje, estos elementos son algo más que un mero "detalle".

De todas maneras, Mishima es un trabajo grato en el que reencontramos muchos elementos creativos sólidos. Una buena dirección, un buen plantel de actores entre los que destacan Horacio Salinas y Alejandro Reyes, y un incentivo a la polémica perfectamente estimable, compartamos o no la posición final que deduzcamos en la puesta.