FICHA TÉCNICA



Título obra Inmaculada

Autoría Héctor Azar

Dirección Héctor Azar

Elenco Martha Ofelia Galindo, Selma Beraud, Pilar Ramírez

Escenografía Alejandro Rangel Hidalgo

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Bruno Bert, “Inmaculada”, en Tiempo Libre, núm. 690, 29 julio 1993, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Inmaculada

Bruno Bert

Dentro del ciclo denominado "Los grandes directores del teatro universitario", Héctor Azar ha reestrenado como autor y director Inmaculada en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM.

Se trata de una obra del 63 que tiene aún fresco todo el sabor de los cincuenta y que fuera llevada a escena por el propio Azar en el 72 con algunas coincidencias de elenco (sobre todo en la protagonista) con el que ahora se propone.

El tema es la frustración y su secuela en un ambiente de provincia a partir de la particular figura de Inmaculada: imagen y nombre que simultáneamente estimulan y dejan atrás cualquier temor a un encuentro naturalista, a una comedia costumbrista con personajes al estilo Galdós... que sin embargo campean irónicamente por los fondos, como un posible referente en caricatura dentro de los varios estratos que la lectura del trabajo permite. Porque Inmaculada —entre otras cosas—es un juego de alusiones culturales manejadas a veces abiertamente y otras entre bambalinas, en complicidad con determinados y potenciales espectadores, cómplices e interlocutores del autor. De allí que por momentos sintamos como un aire de autosacramental circulando en la escena, casi en forma descarada y burlona, para pasar enseguida a una comedia de carácteres, con regodeo para los que gustan de las lecturas sicológicas en clave de interpretación.

En realidad, lo que puede verse es el sentido del humor de Azar y su habilidad para tramar con muchos hilos sin caer en la tentación fácil de lo lineal y directo... con lo que constantemente juega. Y seguramente por esto encontramos lógico que el autor se asuma también en la doble dramaturgia de la dirección, para ser dueño único de todos los signos y manejarlos a discreción.

Muchos personajes que no son más que uno, en un tiempo que queda para siempre fijado en el atardecer de una vida, de un estilo y de una época; que por sernos hoy lejana con su positivismo a lo Gabino Barreda, nos permite la ficción de asirla y asimilarla en lo que aún conserva de vigente, anacrónico y doloroso.

Inmaculada, ser donde lo contradictorio se exacerba y macera como las hierbas en las recetas de los licores de provincia, vive en el limbo de la pequeña burguesía poblana de los treinta. Pero ese espacio árido, cargado de fantasmas y vecinos, empantanado en el calor de la tarde y en las veladas imaginarias de la noche, tiene sus raíces no sólo en la realidad de la ciudad "de los ángeles", sino también en la realidad intelectual de las ciudades imaginadas por los grandes autores latinoamericanos de los sesenta, de los que por otra parte es contemporánea. Y a mi gusto no tanto a Comala o a Macondo, por ejemplo: sino sobre todo a la Santa María que manejara Onetti en más de una novela genial y exasperante.

Y allí andan todos, con su media realidad a cuestas, convocados por una Inmaculada que por momentos habla de sí misma como si ya hubiera muerto —no sólo metafóricamente— hace ya mucho tiempo: la perra imaginaria; la puta "niña" y loca; la que guarda sus abortos en frascos de formol sobre el piano pirograbado; el que goza flagelando a sus hijos hasta el martirio; la que ha sufrido trepanación al cerebro... una tragicómica corte de los milagros.

La escenografía de Alejandro Rangel Hidalgo nos propone en el primer acto las fachadas de las casas, la calle, los encuentros, para volcarse en un segundo momento en la interioridad, en los espacios apenas sugeridos de las fijaciones de Inmaculada. Interesante realización pero con un quiebre en la proposición estética que lo deja con una sensación de inconcluso en tanto concepción global.

En cuanto a los actores, hay un seguro predominio en el papel protagónico, asumido —como en el 72— por Martha Ofelia Galindo. Su trabajo destaca por lo homogéneo y emite la energía necesaria como para ver en ella al demiurgo enloquecido que convoca sus obsesiones y las encarna en el prepotente llamado a los otros personajes. Un ser maligno, frustrado y mediocre que sin embargo se impone a partir de la fuerza de su propia y grotesca demencia.

De aquel plantel de hace veinte años, la acompañan Selma Beraud, en Matilde; y Pilar Ramírez, como Frambuesa. Pero los antiguos y los nuevos realizan un interesante y eficaz trabajo de unidad. En definitiva, Inmaculada nos trae con un cierto sabor de revival, una sólida imagen del teatro de Héctor Azar.