FICHA TÉCNICA



Título obra Cuarteto con disfraz y serpentinas

Autoría Gabriela Ynclán

Dirección José Solé

Elenco Lilia Aragón, Farnesio de Bernal, Margarita Isabel, Eduardo López Rojas

Escenografía Humberto Figueroa

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Cuarteto con disfraz y serpentinas”, en Tiempo Libre, núm. 689, 22 julio 1993, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Cuarteto con disfraz y serpentinas

Bruno Bert

José Solé acaba de estrenar en el foro Sor Juana de la UNAM lo que vendría a ser la opera prima de Gabriela Ynclán; Cuarteto con disfraz y serpentinas, "aguda comedia de caracteres entonada en farsa" según la define Hugo Arguelles —maestro de la autora— en el programa de mano.

La acción sucede en el patio de un jardín de niños, en la noche. Se trata de un espacio pobre, claramente de barrio, que nos va definiendo de antemano la extracción social de sus protagonistas: clasemedieros con aspiraciones pero sin recursos, es decir, con un sentimiento de frustración como segunda piel.

El espacio ha sido trabajado en una propuesta absolutamente naturalista, por Humberto Figueroa.

Resulta eficaz, aunque poco creativo, como necesitado de más de vuelo; algo que hubiera superado la mera ilustración. De todas maneras, es como un mínimo que ejerce la función de plataforma de lanzamiento hacia esos cuatro patéticos personajes mencionados en el título. Son, como es habitual en este tipo de obras, dos parejas, que supuestamente se han reunido para festejar la jubilación que uno de ellos ha obtenido ese mismo día. Es claro, desde el comienzo, que lo que realmente sucederá ante nuestra vista es un desnudamiento progresivo, un ritual de antropofagia, de esos a los que es tan proclive esta clase social y que tantas veces nos ha sido mostrada en el teatro, ubicando a los espectadores como mirones de las desgracias afectivas y los secretos de alcoba de los vecinos de junto, esos espejos de nuestros propios fracasos.

Comentábamos hace un tiempo que se advierte cada vez una mayor tendencia a volver los ojos hacia el interior; hacia la pieza o el melodrama que explora, ya sea con humor (como en este caso) o con saña (como es más frecuente) el pequeño universo de lo personal, representado en la pareja y la familia. Se muestran como centros inoperantes, como núcleos de dolor en la producción de alienados en el espacio específico de la clase media.

Suele decirse que cuando el discurso social se acalla, como opción, se produce una particular agorafobia en los creadores, que de inmediato regresan al interior oscuro, pero reasegurante de lo predominantemente psicológico. Y en ese sentido, es pertinente el salón de niños que nos muestra el trabajo del que hablamos: un proceso de involución y una marcación clara de inmadurez en el juego de roles en los disfraces que exponen "lo que me hubiera gustado ser".

La autora se maneja con solvencia, y si fuéramos a notar a esta obra como primeriza no sería en todo caso en función de sus titubeos e inseguridades, sino más bien en el fuerte apoyo en los que la antecedieron por la senda de este tipo de enfoques y temáticas.

Lo que aún falta expresar es el perfil de un estilo personal, pero el camino se hace andando y hay dotes como para lograr este objetivo a poco que vaya decantando experiencia y estrenos.

En el área de dirección, el maestro Solé (del que extrañamos alguna vuelta a los clásicos) ha manejado la propuesta en una alianza suave con los actores, todos ampliamente conocidos y con una larga experiencia en nuestra escena. No se ve una mano impositiva, no hay momentos robados para el especial lucimiento creativo del director. Más bien, se deja paso a la voz del equipo y a la solvencia profesional del mismo.

Es que los personajes están asumidos por Lilia Aragón, Farnesio de Bernal, Margarita Isabel y Eduardo López Rojas, que van combinando alternativamente las distintas crisis personales para lucimiento de sus capacidades como actores.

Aquí se combina lo fársico —que logra mantener al público en un nivel de disfrute y no sólo de azote— para aumentar los matices posibles en las sensibilidades de un médico que en realidad quiso ser músico y terminó como alcohólico; un contador que hubiera deseado seguir el camino de la danza y elegir una pareja homosexual, en lugar de su exuberante y obviamente frustrada esposa; las veleidades cursis de ésta, cuyo modelo de vida está en Margarita Gautier, y una dominante empresaria que lo único que logró regentear es un jardín de niños de segunda. Un buen bocado para cuatro actores como los mencionados.

Cuarteto con disfraz y serpentinas es una obra menor, pero sin que esto signifique una calificación peyorativa. Simplemente es un momento teatral disfrutable que seguramente sabrán gustar muchos espectadores que prefieren este tipo de obras. Nos quedamos a la espera de la siguiente propuesta escénica de Gabriela Ynclán.