FICHA TÉCNICA



Título obra La condesa sangrienta

Autoría Raquel Araujo

Dirección Raquel Araujo

Escenografía Graciela Araujo

Grupos y compañías La Rendija

Espacios teatrales Centro Cultural Santa Teresa

Referencia Bruno Bert, “La condesa sangrienta”, en Tiempo Libre, núm. 687, 8 julio 1993, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La condesa sangrienta

Bruno Bert

Hay figuras históricas que rozan lo legendario y lo fantástico, a veces por su grandeza y otras simplemente porque enloquecieron manejando tal grado de poder que sus actos se volvieron desmesurados. Dentro de estas últimas se encuentra una condesa húngara —Erszabeth Gathory—, que me parece ubicar un poco antes del siglo XVI, a la que le sobrevino la inusual y un tanto costosa manía de bañarse en sangre de mujer joven (la virginidad no era obligatoria, pero sí apreciada), en vistosos rituales de descuartizamiento, con la idea de perpetuar así la juventud.

Cuando se desplazaba por el reino siempre la seguía un carromato-jaula cargado de víctimas para permitirle mantener sin pausas su costumbre. Todos conocían sus "peculiaridades", pero su estrecho parentesco con el rey la mantuvo a salvo. Hasta que en una fiesta que éste mismo organizó —y en la que cometió el error de invitarla—, los comensales comenzaron a encontrar trozos humanos en las macetas de los salones. Esto realmente indignó al monarca porque era una verdadera falta contra el buen gusto y la etiqueta de la corte, y sin más la relegó a una celda donde, como es natural, terminó muriendo. Pero antes de cometer este fatal error de buena educación había despachado a varios cientos de jovencitas y pasado a la historia de lo inverosímil.

Sobre esta figura como evocación de base, el grupo de La Rendija ha montado un espectáculo que tiene por nombre La condesa sangrienta, con el que se está presentando en el Centro Cultural Santa Teresa, un templo de-sacralizado que se encuentra a cien metros de Palacio Nacional.

La responsable del trabajo —en cuento a idea y construcción escénica— es Graciela Araujo. El espectáculo está lejos de intentar un acercamiento biográfico a la condesa en cuestión, sino que más bien construye un discurso de corte feminista (en realidad no me queda muy clara la intención ideológica de la puesta), en donde confronta distintos planos, como podría haberlo hecho (salvando las naturales distancias) el pintor Alberto Gironella en series como la de "Las Meninas", donde alterna libremente el tema básico de Velázquez con fragmentos de la famosa fotografía del descuartizamiento chino de "los mil cortes", donde la muerte y el placer parecen coincidir.

La cotidianeidad en el lenguaje y las acciones se entremezclan con lo poético y lo onírico, sugiriendo simultáneamente la vertiente de las interpretaciones de corte psicoanalítico con el llamado a las imágenes surrealistas. Para esto disponen de una serie de estructuras metálicas, de un color donde predominan los óxidos, que pueden al mismo tiempo dar una textura evocadora de los viejos gabinetes de tortura, y la presencia de las estructuras —los huesos, las ideas— al desnudo.

Es una pena que no profundicen la vertiente, porque una de ellas sobre todo —colgada con cadenas— es sumamente interesante y sugestiva. Las transitan, pero se quedan allí, en la superficie de su exploración estética, sin poder internalizar en obra un poder mayor que el que por sí mismas expresan, a partir del discurso que organiza su mera presencia. Sin extraer de ellas esa belleza de horror que apenas sugieren. Lo mismo sucede con el trabajo de los actores, con sus frecuentes desnudos y la abundancia guiñolesca de la sangre: aran sobre terreno fértil, pero sin poder hincar el hierro hasta el músculo que se contrae por el dolor.

En realidad pareciera que el hecho de que Raquel Araujo asumiera simultáneamente los roles de autor, director y actriz la ha limitado para una realización plena en cualquiera de ellos. Se siente como la necesidad de una visión externa que ahonde, seleccione y reestructure lo que más bien podría tomarse como una aproximación, aún en proceso, al tema tan amplio de las mutilaciones en el erotismo de la mujer.

El ámbito, las primeras imágenes y la música nos preparan el apetito para un festín más suculento. Hay errores (como los de la velocidad de dicción en un espacio de reverberancias que hace incomprensible la mitad de los textos) que son subsanables, y es evidente el empeño de los que participan y la fertilidad del camino.

Una labor de este tipo sería incongruente que se agotara en el estreno. En realidad, es ahora cuando debe comenzar el verdadero trabajo de afinación.