FICHA TÉCNICA



Título obra Doble filo

Autoría María Elena Aura

Dirección Enrique Pineda

Elenco Marta Aura, Luis Rábago

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “De doble cachete”, en Tiempo Libre, núm. 684, 17 junio 1993, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

De doble cachete

Bruno Bert

He comenzado a acostumbrarme en La Gruta a ver todos los espectáculos desde la misma perspectiva: la escenografía fija de una de las obras(Insomnio), que enmarca al público detrás de los ventanales de un departamento a través de los cuales espía como mirones a los que viven sus situaciones intimistas en el interior, sirve también —con sólo quitar los cristales— para La mujer rota, y ahora se mantiene, idéntica, en Doble filo, la puesta en escena de María Elena Aura bajo la dirección de Enrique Pineda. Una verdadera especialización en voyeurismo que comienza a atisbarse tal vez como falta de recursos y seguramente de imaginación por parte de los distintos escenógrafos que van asumiendo ese espacio comprometido en un uso múltiple y simultáneo.

La obra —de dos personajes— nos plantea una vez más el problema de la incomunicación en las parejas, de la dificultad para el amor, sea en el seno del matrimonio o en la libre vinculación afectiva; y en una actitud neurótica persistente capaz de bloquear cualquier intención de cambio y esterilizar la razón, las palabras y hasta el afecto. "Debe haber otra manera" terminan diciendo sin plantear por el momento alternativa alguna, sino sólo la denuncia de un estado de cosas que ha sido uno de los temas más tratados por el teatro de nuestro siglo. Esto con especial recuerdo de todas esas piezas de los sesenta que posiblemente marcaron el punto culminante en el interés de esta problemática.

La estructura de María Elena Aura es ingeniosa, en cuanto a que juega con habilidad sobre algo que es esencialmente quietista, circular y reiterativo; y en un espacio sin objetos y en una historia sin acciones inventa a partir de la sugerencia misma del lenguaje, trabajando simultáneamente sobre la calidad poética y cotidiana. Ya no se trata de esas obras de hace veinte años, que eran un cúmulo de lugares comunes marcándonos el hastío de lo cotidiano; ni tampoco esa otra vuelta de tuerca que podría ir sobre el hermetismo poético en tiradas que se emparentan con el teatro del absurdo. Aquí hay una cierta capacidad de dosificación para entretejer la aspereza de la rutina intelectual y emocional con una cierta poética emanada por la desesperación, la incapacidad por emerger de la crisis.

Se ve calidad en el trabajo de la autora. Sin embargo, falta densidad (los empantanamientos de la neurosis no son densidad en la obra, sino a lo sumo en los climas), se repite excesivamente y se extiende hasta perder efecto sobre lo ya ganado.

El director trabaja con la misma inteligencia que la autora, en el sentido de que echa mano a todos los buenos recursos creativos para mantener en vida y en interés a esos personajes que habrán de ser mostrados por un largo tiempo en un espacio vacío sin más que hacer que amarse, desearse, desconfiarse, odiarse... para volver a amarse y así en más.

Pero esa extensión de obra que marcábamos recién termina por mostrarnos que en definitiva debajo de eso hay poca sustancia y bastante regodeo. Y aquí hay como un límite en donde el director hace lo que puede, lo hace bien pero, en cuanto producto final, no alcanza. Y esto a pesar del excelente trabajo de los actores Marta Aura y Luis Rábago, que ponen no sólo oficio, sino también una apreciable dosis de talento (a pesar de los muchos fursios y trabazones de textos que insólitamente aparecieron a lo largo del trabajo el día en que me tocó verla) para asumir y recrear a esos torturados personajes, tan cercanos a nosotros mismos como representantes de una clase media semiintelectual, pero tan insignificantes en definitiva si los observamos desde una perspectiva un poco más objetiva y distanciada.

Realmente se trata de un Doble filo, porque todo el plantel sabe muy bien llevar adelante su trabajo, pero la materia prima se vuelve evanescente y nos deja con una pequeña sensación de fastidio.