FICHA TÉCNICA



Título obra Las viudas

Autoría Slawomir Mrozek

Dirección Susana Osorio

Elenco Patricia Marrero, Bárbara Eibenschutz, Manuel Poncelis, Claudio Valdés Kuri, Diego Jáuregui

Espacios teatrales Teatro Wilberto Cantón

Referencia Bruno Bert, “Las viudas”, en Tiempo Libre, núm. 683, 10 junio 1993, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Las viudas

Bruno Bert

Slavomir Mrozek es un autor polaco cuyas obras conocí en los albores de los setenta y del que me encantan su causticidad y la poesía con que envuelve una cierta "tristeza de vivir" que recorre buena parte de su obra. No sólo es dramaturgo (una de sus piezas más conocidas es Tango, creo que del 64 o 65), sino que es un excelente cuentista, a juzgar por el único libro de narrativa (El elefante) que he leído de él, y que contiene muchas sugerencias que bien admitirían una adaptación para el teatro. Lo que me ha sorprendido es enterarme de que ahora se encuentra radicado en México y que la obra que acaba de estrenar en el teatro Wilberto Cantón es su primera producción mexicana.

Estoy hablando de Las viudas, llevada a escena por Susana Osorio, compuesta por dos cuadros que casi podrían ser piezas independientes, factibles de incluir entre los materiales breves (como En alta mar, por ejemplo, que aquí ya se ha montado) con los que cuenta Mrozek. Su estilo es perfectamente reconocible, fársico, con raíces en la corriente del absurdo (el comienzo podría tomarse como una alusión a La cantante calva, de Ionesco), y con ese peculiar sentido de un humor bastante oscuro, aquí vinculado con la presencia de la muerte que tal vez tenga que ver como influencia u homenaje a lo particular de su nuevo hábitat.

Naturalmente, no hay una verdadera anécdota, sino solamente un soporte estructural para diseñar el diálogo: dos viudas en una cafetería que entablan una relación de conocimiento mientras comen pastelillos sorbiendo con fricción una malteada. Sus maridos acaban de tener el mal gusto de morir en un duelo que —obviamente— han tenido entre sí, aunque ellas lo ignoren al principio. Cada una ha sido amante del marido de la otra, pero ambas descubren en definitiva que los hombres a su vez no pelearon por ellas sino por una tercera. Y esa tercera viuda, que pronto se corporizará en escena como una reminiscencia visual de Diego Rivera (tal vez propuesta por la dirección), es la clave que une realmente no sólo a las dos mujeres sino también a los dos hombres. Ella, que en acción espectacular veremos en el segundo cuadro, nunca dirá una palabra pero será la protagónica del espectáculo. Completa la situación el personaje del camarero, que funge no solamente de nexo entre los personajes sino también de cómplice abierto con el público al estilo de la Comedia del Arte, y juntos, la tercera viuda y éste, cierran el espectáculo de la misma manera en que termina Tango, bailando.

Es, como muchas de las obras emparentadas con la vieja corriente del absurdo, relativamente breve; de buena calidad textual, aunque se burle de las palabras y de su función social y en última instancia, como una copa de buen vino, disfrutable para un rápido olvido.

Tal vez la puesta no tenga el mismo grado de creatividad ni esa ligereza que estamos mencionando. Sin embargo, es correcta, porque se muestra con sobriedad, sin pretensiones, diseñando no tanto el espacio sino más bien la falta de él; la ausencia de un territorio real donde estos muñecos puedan desplegar sus artes. Se trata de un juego intelectual anclado en las cabezas, en el brumoso mundo de las ideas de quienes participamos, con un algo de ejercicio didáctico de geometría absurda, desplazando puntos-personajes sobre el fondo oscuro de un pizarrón.

Las actrices, Patricia Marrero y Bárbara Eibenschutz, diseñan dos viudas que incluso por movimiento y vestuario recuerdan aquellas puestas ionesquianas de los cincuenta. Seguramente, en complicidad con la dirección, podrían aumentar el efecto y la precisión. Pero sobre todo cabría dar mayor homogeneidad al trabajo de la pareja masculina (Manuel Poncelis y Claudio Valdés Kuri) con la femenina, para consolidar el montaje, que así aparece bastante fracturado entre la primera y la segunda partes, con un cierto aire de escolaridad que sería preferible eliminar. Resulta atractiva la participación de Diego Jáuregui como el camarero, aunque su trabajo nos recuerde roles suyos en obras anteriores. Tiene personalidad escénica y vale la pena disciplinarla a las exigencias de este papel.

En definitiva, en Las viudas reencontramos a Mrozek y a un estilo de teatro que puede ser muy grato cuando es breve y está bien hecho.