FICHA TÉCNICA



Título obra El contrapaso

Autoría Tomas Middleton y William Rowley

Notas de autoría Juan Tovar / traducción

Dirección José Caballero

Elenco Montserrat Ontiveros, Víctor Hugo Martín, Silverio Palacios, Erando González

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “El contrapaso”, en Tiempo Libre,núm. 679, 13 mayo 1993, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El contrapaso

Bruno Bert

La época es rica en autores, pero sólo un puñado de ellos destaca realmente por la calidad de su producción. Los demás yacen en una medianía brumosa de la que muy pocas veces (por suerte) son rescatados para llevarlos a la escena contemporánea. Es frecuente entre ellos el escribir en colaboración y de esto ni el propio Shakespeare estuvo libre: eran proposiciones concretas para puestas a fecha fija, que había que cumplir a como diera lugar porque el dinero urgía en medio de turbulentos compromisos. Trabajos de circunstancia que raramente lograban un alto vuelo.

El hecho es que José Caballero acaba de convocar a dos de ellos que —en la habitual mancuerna de entonces— compusieron una obra llamada The Chaqueling que Juan Tovar tradujo en su adaptación española, tal vez con un sentido más amplio, como El contrapaso. Los autores de referencia son Thomas Middleton (el más significativo) y William Rowley (sobre todo un actor); acabalgados entre los siglos XVI y XVII (colegas y posiblemente amigos de Shakespeare) que compusieron juntos varias obras, además de la que hoy podemos apreciar en el foro Sor Juana de la UNAM.

En ésta se nos narran las desgraciadas aventuras —complejas como todas las tramas de la época— de una mujer por obtener al hombre que ama, va sometiéndose a una progresiva pérdida del honor; y su complemento masculino que se condena a su vez para lograrla a ella, crimen y chantaje de por medio. Como es típico, otras historias paralelas se tejen con la principal, cambiando el tono para reforzar mejor el sentido de la primera; y así en estas bifurcaciones cómicas, vemos las locuras que los hombres cometen acicateados por la lujuria, la inconstancia de lo femenino, su ávida sensualidad y esa "natural" disposición a la ocultación y al engaño. En definitiva, el discurso habitual de la época... aunque obviamente la mujer no quede muy bien parada en él.

La riqueza de estos materiales se encontraban justamente en la múltiple variedad de posibilidades que otorgaban al espectador en forma simultánea, abarcando los gustos de todas las clases que convivían por unas horas en los barracones isabelinos: desde la lectura filosófica enraizada en el juego de valores de cada uno de los personajes, y el chisporroteo de ingenio con que se describe a locos y estúpidos; pasando por las distintas pinturas de caracteres hasta el regusto por la tragedia o el solaz picante de la carcajada arrancada en los gruesos trazos con que se muestra el deseo de los que fingen demencia.

Todo esto está presente en El Contrapaso, posiblemente también, gracias a la capacidad de actualización verbal con que seguramente se ha manejado Juan Tovar al tratar el material de origen. Ocurre, sin embargo, que lo que tiene de ingenio lo carece en profundidad y en poética. Todo está, pero predomina lo superficial, lo que simplemente entretiene. Se diría en pintura que es un cuadro "de bodega": sólo un material bien hecho, con oficio pero sin que abunde el talento y con... tres horas de duración.

A decir verdad se siente ese lento pasar del tiempo a pesar de la habilidad de Caballero para cuadrar la puesta y la creatividad que los actores ponen en cada uno de sus roles. Alguno de ellos resultan incluso especialmente atractivos en su desempeño, como Silverio Palacios en Lolio, el deforme entre bribón y loco que simbólicamente maneja el manicomio; o Erando González, también caracterizado a partir de la deformidad del cuerpo como analogía a las laceraciones de una ética que debió ser socialmente condenada, pero bastante común de hallar en cualquier pequeño caballero sin fortuna de ese mismo tiempo.

José Caballero siempre ha gustado de los autores del siglo XVII, sean ingleses o del continente, y sabe manejarlos en escena, hacerlos válidos para nuestro sentido estético. Sobre éstos han sido sus últimos montajes. Ocurre simplemente que no todos los materiales viejos tienen el mismo valor y a veces sería mejor dejar dormir lo que la historia aun apenas arrulla en el susurro de los entendidos y memoriosos.