FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte y la doncella

Autoría Ariel Dorfamn

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Jacqueline Andere, Rogelio Guerra, Guillermo Murray

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Diego Rivera

Referencia Bruno Bert, “¡La muelte, chico!”, en Tiempo Libre, núm. 677, 29 abril 1993, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¡La muelte, chico!

Bruno Bert

Hacía tiempo que no veía ninguna obra "de barricada" al estilo, por ejemplo, de Pedro y el capitán, aquel material de Benedetti tantas veces socorrido; y resulta interesante advertir la sensación que una de ellas puede producirnos en estos tiempos de transformaciones en los que algunos directores comienzan a decir públicamente en sus trabajos, que lo anterior, con sus posturas de apoyo a la izquierda, no fue más que un vano sueño del que abjuran con energía y sanidad.

Me estoy refiriendo a La muerte y la doncella, un obra de Ariel Dorfman que se está presentando en el teatro Diego Rivera bajo la dirección de José Luis Ibáñez. Su tema es la inutilidad casi patética de las "comisiones investigadoras" que los países que han vivido largas y sangrientas dictaduras (como Chile, Uruguay, Argentina, etcétera) instituyeron al término de las mismas para sancionar una condena puramente verbal y dejar en la impunidad las docenas de miles de asesinatos cometidos por los gobiernos "de facto".

La estructura, manejada en forma naturalista, enfrenta una vez más a un torturador con su antiguo torturado, y por supuesto vence la dignidad del segundo a pesar de disponer de todos los medios para una cumplida venganza, lo que nuevamente nos dice de la verdad ética que comprometía en su lucha y que ahora aflora desbordada de tristeza, al ver la inoperancia complaciente del nuevo gobierno, maniatado en definitiva por el anterior, replegado ahora pero en manera alguna vencido en sus estructuras de poder.

Obviamente aquí cabe una dualidad reflexiva: por un lado sentimos como válida la propuesta de denuncia sobre hechos que a todos indignaron en su hora, pero ya hoy se encuentra desfasada. Es claro que la obra fue escrita en los momentos pertinentes, cuando sucedían las cosas allí comentadas y también cuando el bloque socialista aún no había caído, lo que da una natural consistencia a comentarios sobre el "comunismo" que hoy se vuelven francamente anacrónicos. Es decir, que la obra cobraba impacto frente a un factor coyuntural que ahora se nos hace lejano y disminuye totalmente la eficacia de la obra, por más verdad que conserve.

Por otra parte, conjuntada está la proposición estética, y ésta sí es francamente débil y absolutamente convencional, desde la escenografía de David Antón, que más parece destinada a cualquier comedia intrascendente, hasta la dirección de José Luis Ibáñez, bastante más acorde a una trama de coqueteos e infidelidades en la playa, que al desarrollo de un tema como el que propone La muerte y la doncella.

Los actores —Jacqueline Andere, Rogelio Guerra y Guillermo Murray— están a kilómetros vivenciales de las circunstancias planteadas, y por más que menudeen palabras y actitudes externas que intentan decirnos su profundo involucramiento con los personajes, en realidad se están moviendo en la suave amabilidad de un teatro digestivo mientras que los textos y situaciones asumen otros rumbos. Así, se da como una contradicción entre el decir y el hacer que nos ubica a nivel visual, de dirección y trabajo actoral en una escena de colores claros que a lo más podría tener un cierto corte policial, mientras que la historia nos hace pensar en una sordidez, en un dolor social e individual y en una fuerza de denuncia que nada tiene que ver con lo presentado. Algo así como un juego de "rústicos pastores" con un "falaz lenguaje" en la corte de María Antonieta.

Naturalmente La muerte y la doncella hace agua por todos lados, a pesar incluso de la música de Schubert. Es una lástima, porque íntimamente hubiéramos deseado rescatar con más vigencia y solidez ese tipo de teatro que pone a la dignidad como un alegato de defensa. Es claro que el arte es ajeno a las buenas intenciones.