FICHA TÉCNICA



Título obra La caída de Drácula

Autoría Caryl Churchill

Dirección José Luis Cruz, Sergio Cassani, Magdalena Villarán, Dunia Saldívar, Verónica Terán y Ligia Escalante

Elenco Sergio Bustos

Espacios teatrales Jardín del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, “De cómo azota Drácula”, en Tiempo Libre, núm. 676, 22 abril 1993, p. 28.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

De cómo azota Drácula

Bruno Bert

No es demasiado inusual (aunque sí un poco molesto) que un estreno se postergue sobre el último minuto y que el público invitado al evento vea un ensayo más o menos general, en lugar de la función esperada. Es lo que sucedió en este caso con La Caída de Drácula un espectáculo de José Luis Cruz basado en la obra de Caryl Churchill Mad Forest, en los jardines del Claustro del Teatro Helénico. Nos tomaremos de esta visión para la crítica entendiendo que seguramente el ritmo, la acción de los traspuntes y la seguridad de los actores habrán de afianzarse con el andar de las funciones.

La estructura anecdótica se ubica en Rumania en los tiempos inmediatamente anteriores y posteriores de la caída de Nicolae Ceausescu, tratando de pintar el fresco de una sociedad oprimida y temerosa que vive con fervor el levantamiento que termina con el dictador, para inmediatamente caer en un escepticismo que incluso llega a estar teñido de nostalgia hacia lo que se acaba de superar. Dado que el régimen social imperante en Rumania hasta ese momento era el socialista, la parábola naturalmente podría extenderse como una desencantada visión globalizante antes el derrumbe de todo ese ideario social. Sin embargo, aunque la "caída del socialismo" está presente como marco referencia) inmediato, es tal la cantidad de especulaciones en torno a sucesos y características históricas de comportamiento rumanas que es esto lo que se halla en un constante primer plano, no ya como posible ejemplificador del "socialismo real", sino más bien como la circunstancia de un pueblo específico y sus problemas sociales.

A nivel de puesta, se utiliza el patio del claustro del Helénico, con sus arcadas, árboles y fuente. El director ubica a sus actores en todos los planos posibles, tratando de dar vida lo que tienen e insertando utilerías móviles en el caso de las escenas que necesitan una ambientación específica y recortada (una sala de hospital, la habitación de una casa, el aula de una escuela, etcétera). Sin embargo, a pesar de su preocupación por el uso de espacio, nunca logra integrar orgánicamente el lugar a las situaciones escénicas hallando, a lo sumo, algunas simpáticas resoluciones formales (sobre todo relacionadas con las galerías) que no hacen a la sustancia de lo narrado, sino apenas como un apéndice que se agrega, así como un moño de color a un traje de fiesta. Es posible que incluso el trabajo luciera más en un lugar cerrado, donde no fuera tan engorroso sacar y poner tanto trabajo, con la distracción que esto causa y con la poca belleza que ellos tienen.

En el espectáculo predomina el grotesco, con una intención clara y permanente de teatralidad abierta, tanto en el manejo de la utilería como en el trabajo de los actores, aunque por momentos se desdibujan los contornos que contienen la puesta y no sólo se procede un distanciamiento crítico, sino que los cortes se hacen abruptos, el lenguaje se disloca y la proposición escénica se vuelve caótica y ajena, dejando al espectador como asombrado sin poder apoderarse de alguna manera del material que se sucede ante su vista.

Este tipo de sensación ya la he tenido en otras oportunidades en montajes de este director: asume temas que pueden ser interesantes y que sin embargo se desbaratan en la puesta, sin llegar a destino más que como imágenes fragmentarias, a veces bellas, la más de las oportunidades inconexas y de un grotesco que escapa a lo deliberado para volverse in-significante. Ojalá pudiéramos hablar de un estilo personal, pero no llega a constituirse como tal, quedando en una frontera previa. Es una pena, porque materiales sobran como para construir un interesante edificio escénico. Lástima, incluso para los actores, que no se logren resultados más sólidos. El elenco está conformado por una docena de intérpretes, encabezados por Sergio Cassani, Magdalena Villarán, Dunia Saldívar, Verónica Terán y Ligia Escalante, que rinde lo que puede dentro de la marcación que tienen. También aquí hay algunos momentos de acierto, algunos pequeños lucimientos y la intuición que podríamos haber obtenido algo más brillante de haber existido una concepción más clara dentro de una dirección más afinada.

La caída de Drácula se nos queda entonces como una propuesta reflexiva a medio camino tanto en lo ideológico como en lo formal. Tal vez en la semana que media hasta nueva fecha de estreno aún puedan ajustarse algunas cosas que mejoren el producto final. Ojalá así sea.