FICHA TÉCNICA



Título obra La caída de la montaña

Autoría Arthur Miller

Dirección Rafael López Mirnau

Elenco María Rubio, Ricardo Blume, Cynthia Klitbo

Escenografía Cristina Martínez de Velasco

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “Caída en la montaña”, en Tiempo Libre, núm. 675, 15 abril 1993, p. 34.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Caída en la montaña

Bruno Bert

El auge de Arthur Miller tuvo lugar en las décadas de los cuarenta y cincuenta, estrechamente conectado con el realismo psicológico americano a través de obras tan universalmente recordadas como Todos eran mis hijos (47), La muerte de un viajante (49), o Las brujas de Salem (53). ¿Qué escribe hoy aquel tan debatido y celebrado escritor a más de cuarenta años de sus primeros éxitos? La respuesta podemos encontrarla en el teatro Julio Prieto, ya que acaba de estrenarse su último trabajo, de fines de la década pasada, que recibe por nombre Caída en la montaña y ha sido llevado a escena por Rafael López Miarnau.

La estructura anecdótica paraliza a un hombre ya maduro y de posición burguesa en la cama de un hospital a raíz de un accidente automovilístico, para descubrir alrededor de ella la trama de una familia duplicada por su bigamia.

Esto permite, al estilo que siempre manejara, el doble carril de análisis de las pequeñeces cotidianas que constituyen en definitiva una vida, su sordidez y su grandeza, sin impedirle planear por momentos en un plano más alto, como de mirada de águila y de vuelo filosófico, para obtener consideraciones de carácter más universal (al menos dentro de la cultura americana) sobre el egoísmo, la sinceridad, el sentido de la pareja y los límites de las autoconcesiones que un hombre puede otorgarse a sí mismo.

A nivel constructivo es como si el espacio se alterara permanentemente a partir de las evocaciones que convocan los personajes en reiterados, flash back, los estados de vigilia provocados por la fiebre, más los propios recuerdos del protagonista.

En realidad no resulta difícil reconocer la pluma de Miller y su estilo de hacer teatro, aunque hay que admitir que aquella levedad de trazo se ha vuelto densa, mucho más pesada en el tramado y en la conceptualización, y que de la vieja capacidad incisiva sólo queda el rastro de los fragmentos bien construidos y de las frases vueltas como mordaces epigramas. Espuma del oficio en un escritor de talento.

Esto significa que el material dramatúrgico que asume el director es aún de buen nivel, pero viene sobrecargado de lastre, casi sugiriendo una puesta que balancee estas características.

Y no es el caso de la que nos entrega López Miarnau. A través de una estructura escenográfica debida a Cristina Martínez Velazco, Miarnau nos propone una reminiscencia abstractizante de la montaña a la que hace referencia el título, en tonos oscuros y formas angulosas, con abundancia de acrílicos o vidrios que cobran distinta densidad según el tipo de iluminación que se utilice. En medio, en plano bajo y hacia el público, se halla la cama del hospital; lo demás, en distintos niveles marcará, casi sin objetos suplementarios, los espacios de la revivencia para los personajes.

La idea puede parecer correcta, pero la realización de la misma es sumamente estática, con un repetirse del deambular de los actores por estas rampas sin que la lógica de su significado llegue a compensarnos la carencia de imaginación por parte de la dirección y de los actores. Es un ir y venir sin profundidad y sin encanto, volviendo extremadamente monótono todo el transcurso del trabajo.

Los roles están asumidos por Ricardo Blume, María Rubio y Gaby Coppola en los personajes fundamentales, acompañados por Hilda Méndez, Raúl Valerio, Cinthia Klitbo y José María Negri.

Como es casi natural, el efecto rutinario de la puesta se continúa en la labor de los actores, a los que se ve planos, conformando a los personajes de manera rudimentaria, más parecida a esos pobres esquemas que suele presentarnos la televisión que a la densidad necesaria para componer nada menos a un Miller en la tridimensionalidad de un escenario teatral. Un realismo de superficie para una puesta sin destaque. Hay que admitir que "Un estreno teatral de Arthur Miller es siempre un importante evento", según reza el programa de mano citando al Time, pero también que éste puede ser sumamente efímero en su importancia cuando adquiere características tan poco interesantes como esta puesta de Caída en la montaña.