FICHA TÉCNICA



Título obra Las adoraciones

Autoría Juan Tovar

Dirección Ludwik Margules

Elenco Guillermo Gil, Damián Alcázar, Patricio Castillo

Escenografía Carlos Trejo

Iluminación Carlos Trejo

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “Las aburriciones”, en Tiempo Libre, núm. 668, 25 febrero 1993, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Las aburriciones

Bruno Bert

El texto de Las adoraciones de Juan Tovar, ha sufrido diversas peripecias y alternativas tanto aquí —montado por José Caballero hace unos diez años, con la Compañía Nacional de Teatro—como en el extranjero, llevado a escena por Ludwik Margules en Polonia, pero jamás estrenada debido al golpe militar del 81. Ahora, en la Casa de la Paz, él mismo acaba de estrenar una segunda versión de este trabajo, siempre perteneciente a Tovar.

Dos elementos se destacan de este espectáculo: los textos, que constituyen una interesante aproximación al juicio inquisitorial seguido a don Carlos, cacique de Texcoco, nieto de Netzahualcóyotl, por el obispo Zumárraga; y la escenografía e iluminación de Carlos Trejo. En lo que hace al material textual, tiene la belleza de una elaboración directa, sencilla, pero estructurada de tal manera que sus cualidades narrativas se entrelazan con una cierta condición poética; lo que permite evadir una lectura exclusivamente lineal para darnos alternativas más profundas del pensamiento mexicano. Lo segundo, la escenografía, podría más bien planteársele casi como una ambientación en un espacio que sugiere lo inquisitorial, con una especie de promontorio central, evocador por su textura de elementos que pueden pertenecer tanto a lo prehispánico como a la Colonia.

En realidad lo que resulta débil es la puesta en escena y la marcación de actores. Lo cual sorprende especialmente por tratarse de un director que en algún tiempo destacó justamente por su habilidad en ambos renglones. De todas maneras su puesta anterior (Viaje de un largo día hacia la noche) ya mostraba signos de fatiga, excesiva extensión y una tendencia a la pesadez. Ahora esto se duplica deteriorando una concepción de puesta que parece original y debiera haber funcionado muy acertadamente. Como se encuentra; en cambio —y a pesar de la amenidad del texto y de la complicidad del elemento visual— se transforma en un montaje lento, pesado, por momentos francamente aburrido, donde sólo alguna que otra chispa (como la interesante escena del encuentro entre el fantasma de Cortés y don Carlos cuando se le condena a muerte) nos retrotrae al mejor Margules de hace unos años.

Pero si el manejo global se halla excesivamente trabajado por la mano del director (algo así como esas conferencias magisteriales donde el conocimiento adquiere el ropaje solemne de la somnolencia), lo que hace al material humano es aún más lamentable porque allí encontramos algunos buenos actores manejando texto de una manera inexplicablemente basta, como un material sin pulir; mostrándose agarrotados al interno de una concepción excesivamente rígida y no precisamente aceptada. Casi se podría decir que su labor se vuelve interesante, casi únicamente en los momentos en que traicionan esa especie de corsé escénico, que parece habérseles impuesto, dejando fluir su propia creatividad en la línea del personaje.

Los papeles fundamentales están en manos de Guillermo Gil, un Zumárraga que hubiera admitido un juego mayor de pasión y contradicciones no sólo aparentes; Damián Alcázar, asumiendo los miedos y valentías de don Carlos, con algunos instantes de sólida presencia pero arrestando demasiados esquemas de personaje; y Patricio Castillo en la doble aparición de Cortés y Yoyontzin, elaborando un trabajo capaz de convencer con la "fácil" habilidad con que se desempeña. Estos, se encuentran secundados por un elenco cuyos integrantes ya hemos visto trabajar en distintas propuestas de nuestro medio.

En síntesis, un material sumamente aleatorio que hubiera merecido mejores destinos.