FICHA TÉCNICA



Título obra Los árboles mueren de pie

Autoría Alejandro Casona

Dirección Cipriano Rivas Cherif

Elenco Prudencia Grifell, Carmen Salas, Miguel Maciá, García Álvarez, Roberto Cobo (Calambres), Roberto Catalá, Roberto Meyer

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Referencia Armando de Maria y Campos, “El estreno en México deLos árboles mueren de pie de Alejandro Casona y los poetas en la producción dramática”, en Novedades, 21 julio 1949.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El estreno en México de Los árboles mueren de pie de Alejandro Casona y los poetas en la producción dramática

Armando de Maria y Campos

Los lectores de esta columna –obelisco para mis escasas aptitudes– ya tienen noticias del éxito que alcanza estos días con sus noches la bellísima comedia de Alejandro Casona Los árboles mueren de pie, que bajo la dirección de Cipriano Rivas Cherif representan en el teatro Fábregas doña Prudencia Grifell, Carmen Salas, Miguel Maciá, García Alvarez, Cobo, Catalá, Meyer; los enteré del éxito que también alcanza en Argentina y en Colombia, y arrojé al viento de su curiosidad algunas fechas para formar la ficha del "sembrador de inquietudes", como su Mauricio de esta pieza, que es ya el autor español más universal de su tiempo.

El doctor Ariel, fundador de una Beneficencia de Almas o Sanatorio de la Felicidad, ya era conocido nuestro, a través del Club de Suicidas creado por el propio Casona al amparo de una "nota" de tan fantástico establecimiento: Prohibido suicidarse en primavera. Ahora el doctor Ariel –es decir, Casona– ha fundado una Fábrica de Sueños, y jugando con pericia de autor artista de teatro con el arte y el oficio, la emoción y la poesía, ha compuesto una bellísima comedia que rezuma a tranquilo puerto asturiano, y que no se localiza geográficamente en ninguna parte, salvo en algún viejo pueblo español donde aún es inmoral que un matrimonio duerma separado...

"... Después de un año de ajetreo, casi exclusivamente dedicado al cine, he escrito una nueva comedia: Los árboles mueren de pie –me escribió Casona hace seis meses–, que he leído a la compañía destinada a abrir con ella la temporada oficial del teatro Ateneo (marzo) de Buenos Aires. Los actores quedaron entusiasmados. Yo estoy contento sinceramente y con muchas esperanzas, pero reservo la última palabra para el día siguiente del estreno como manda la experiencia.

"Tiene un doble juego de fantasía y verdad muy originalmente conseguido; y donde se termina la sorpresa empieza una honda y humilde emoción humana". Es verdad, agrego yo, pero con qué asombrosa difícil facilidad, sólo reservada a quienes, como Casona, son diáfana mixtura de poeta y obrero de las comedias. De la dosificación de la técnica y de la poesía, de su conjunción feliz, surgen las obras maestras, pues –para expresarlo con palabras de Copeau– "el oficio sin arte, su razón de ser, es una maquinaria que funciona en el vacío" y "el arte sin el oficio, que le asegura fuerza y duración, es un fantasma inasible".

Los árboles muertos por dentro, mueren de pie... Una anciana abuela ante el golpe moral tremendo que le asesta un nieto rufián y renegado, siente la muerte en su corazón, pero permanece entera, erguida, igual que un árbol muerto...

Como Paul Claudel y Giraudoux o Crommelyinck o André Obey; como Cocteau, Supervielle o Achard, Casona, el teatro de este español que forzado a vivir fuera de sus lares nunca tiene nada de españolada, se manifiesta en un llamamiento a la poesía. A la poesía dramática, entiéndase bien, a la poesía concebida dramáticamente, no al drama hecho poesía, que es lo que hizo García Lorca, que no llegó a cuajar en autor de teatro; quedóse en poeta que hizo dramas –Yerma, Doña Rosita, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba–. Pero lo característico de este gran poeta del teatro que nunca lo ha escrito en verso, es lo inverosímil de sus temas; es decir, que lo inverosímil no existe en el teatro de Casona. El ha sabido borrar la frontera entre el sueño y la realidad, entre la muerte y la vida, entre la locura y la razón, entre la naturaleza y la quimera. Su teatro, que ha llegado con Los árboles mueren de pie, a un equilibrio increíble entre la creación dramática de tema y personajes, entre el diálogo que parece no decir nada, pero que tiene alas para un vuelo largo de la imaginación, y el "bocadillo" oportuno, gracioso o picaresco, tan lleno de humorismo como de ternura, tiene, sin embargo, un antecedente en Liliom de Molnar, cuyo protagonista de ese nombre, muerto, vuelve de ultratumba, con la misma naturalidad que si llegase de una población cercana, trayendo consigo una estrella que ha cogido al paso en el firmamento para regalársela como un juguete a su hija. No vale traer aquí la fábula poética y con "mucho teatro" de Los árboles mueren de pie. La acción se inicia en una "fábrica de sueños", cuyo director y una de sus recién ingresadas pacientes, aceptan pasar por el nieto ausente la esposa, que regresan para dar vida a una abuela que vive sólo esperando el retorno del "nieto pródigo", farsa y fábula que imagina el abuelo desesperado antes de la inesperada vuelta del heredero rufián. Lo que cuenta, en primero y último término, no es lo que pasa en la comedia, sino cómo pasa, y lo que se dice, en tanto la abuela permanece de pie, bien muerta por dentro, ¡como los árboles!... Teatro excelente el de Casona, que, como el de los clásicos, no reconoce límites de técnica, ni de invención. El teatro –dice Ortega y Gasset– sólo nos parece excelente "si envía hacia nosotros bocanadas de ensueño, vahos de leyenda".

Se debate el teatro en un problema vivo de siempre, que viene a ser un problema de "sanchopancismo". Por lo menos en México, "el hombre de teatro" ha logrado arruinar al teatro. Nadie que no sea "hombre de teatro", tiene derecho, según aquél, ni a escribir, ni a producir u organizar, ni a administrar, y, por lo mismo, a vivir del teatro. Fijémonos, ahora, en el autor. El "hombre de teatro", por antonomasia, es el escritor que no sabe escribir, que no necesita saber escribir, que desdeña saber escribir. Para él hay una eterna pugna entre el literato y el dramaturgo, entre las letras y las "tablas". Y no es verdad.