FICHA TÉCNICA



Título obra La leyenda de los volcanes

Autoría Juan José Barreiro

Dirección Juan José Barreiro

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “¿Aztecas en Madrid?”, en Tiempo Libre, 26 noviembre 1992, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¿Aztecas en Madrid?

Bruno Bert

De Juan José Barreiro he visto un par de espectáculos curiosos e interesantes. Uno fue Amor de don Perlimplín..., ese fascinante trabajo para muñecos y actores creado por García Lorca, y el otro se llamó creo que Humanis corpore fabrica. En los dos había ingenio, un uso muy atinado de objetos —muchas veces insólitos— y una inteligente combinación entre el hombre y el títere. Ahora ha estrenado en el teatro Santa Catarina La leyenda de los volcanes. En él, pareciera que las características que le son habituales sufrieron una multiplicación desordenada, casi sin control, que se propaga por todo su montaje como tejido canceroso y desorbitado que prácticamente llega a fagocitárselo.

Como el nombre lo indica, el trabajo se basa en la leyenda del Popo y el Ixtla.

Pero como Barreto siempre ha rehuido la solemnidad, esto es sólo un punto irónico de partida para contarnos una extraña historia de la conquista de México en forma invertida, donde los aztecas terminan tomando Madrid y fundando la "Nueva Xochimilco".

Todo cabe dentro de la bolsa del Quinto Centenario y es válido el humor para desolemnizar tanto lo real como el mito. Pero ocurre que la narración es confusa y por momentos nos perdemos en el laberinto de alucinaciones y sobreentendidos que el director maneja. A esto se le suma la multiplicación de los objetos usados hasta volverlos una especie de torrente que por momentos invade el escenario del teatrino por ellos montado, transformando en caos lo que se supone es ritmo y trama.

Es una pena porque eso desvaloriza el material, enmarañado y confuso, que desaparece antes que podamos gozarlo, aunque intuimos su belleza formal. Básicamente se trata de ampliaciones fotográficas recortadas y aplicadas sobre un soporte de madera, generalmente en colores, que ilustran la narración. Pero a veces adquieren la forma humana y, como otros muñecos articulados de tamaño natural ya existentes, se transforman en el alter ego de los personajes, creando una extraña confusión entre manipulador, actor, personaje y muñeco.

Y aquí llegamos a los actores, que por manejar la torpeza en forma de obviedad como recurso cómico terminan incorporándola definitivamente, cuando ésta debiera ser una especial forma de habilidad (el payaso que cruza torpemente una cuerda tendida necesita la doble habilidad del equilibrista y del payaso que representa la torpeza del equilibrista) capaz de divertirnos y asombrarnos simultáneamente (a doble habilidad corresponde un doble efecto en público). Careciendo de este soporte, lo que naturalmente se duplica es la torpeza misma, que invade entonces a las tareas del cuerpo del actor y a la manipulación de los objetos, a los que termina por desvalorizar. Hecho muy serio en un teatro como el de Barreiro.

Como vemos, no se nos presenta un panorama muy alentador: los objetos son vistosos y atractivos, pero se hallan inmersos en una narración confusa, manejados por actores que se vuelven inhábiles por tratar de ser cómicos, y existen finalmente en tal profusión que pasa con ellos como con las joyas sobrepuestas: es imposible apreciarlas en su verdadero valor.

A pesar de todo esto, La leyenda de los volcanes tiene también momentos de lucimiento, imágenes muy bien combinadas y un sentido de la ironía cuyos destellos pueden resultar gratos al público. Ocurre que Juan José Barreiro es un creador talentoso en el difícil universo del teatro objetal. Y bien, hasta al brujo más hábil alguna vez le falla la fórmula de su hechizo...