FICHA TÉCNICA



Título obra La garra del Grendel

Autoría Verónica Maldonado

Dirección Ignacio Escárcega

Espacios teatrales Cárceles de la Perpetua en el Palacio de la Antigua Escuela de Medicina

Referencia Bruno Bert, “Al Grendel le faltó garra”, en Tiempo Libre, 12 noviembre 1992, p. 36.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Al Grendel le faltó garra

Bruno Bert

Cada uno de nosotros siente particular afinidad hacia una serie de temas que gusta de ver tratados en el arte. En lo personal, el medioevo, su excusa y contexto es uno de los que me resultan más gratos; así que cuando supe que se había montado un espectáculo que tenía por nombre La garra del Grendel, alimentado en las imágenes del Beowulf —ese poema épico del siglo VIII tan amado y estudiado por Borges— desee verlo apenas me fuera posible. Ya lo hice, en las cárceles de la Perpetua donde se encuentra en temporada hasta fin de año.

Posee todos los ingredientes que habitualmente se utilizan para los trabajos destinados a calle: antorchas y juego con fuego; habilidades acrobáticas; luchas, tambores, máscaras, música, inclusión de banderas en coreografías a medio camino entre la danza y el combate... sin que la suma de los ingredientes justos nos dé el pastel apetecido en el punto apropiado. Como aprendiz de brujo, Ignacio Escárcega, el director, supo convocar todas las palabras del hechizo pero no manejar los poderes otorgados, y éstos se nulifican entre sí dando por resultado un espectáculo fallido y de escaso interés.

Veamos algunos detalles tan sólo, como aportación crítica: durante el trabajo se utiliza extensamente la palabra, pero ninguno de los actores presentes sabe manejarla en su sentido de narración para espacios abiertos. No tienen ni la proyección ni la modulación necesaria para volverse el vehículo envolvente que transporta la imaginación del espectador. Eso los carga de monotonía y obliga a un esfuerzo de comprensión y seguimiento que pronto cansa al espectador. En otra área, es muy difícil combinar el valor del fuego con el de la iluminación eléctrica. Por lo general se desvalorizan en forma mutua y se necesita una habilidad que aquí no se muestra para aprovechar las posibilidades de ambas tanto a nivel expresivo como de apoyo. Además, el uso del espacio es pobre a pesar que la escenografía planteada —una combinación de planos creados por escaleras de base abierta— lanza un desafío a la imaginación del director. Y es tal la carencia a este respecto que en el plano más alto (donde hay una imagen de comienzo y se halla la figura final) se amontonan escenografías que nunca se usan a pesar de lo visible que se encuentran.

En lo que hace a los vestuarios, éstos son una combinación de elementos creados con otros que parecen sacados de las bodegas y reaprovechados a falta de mejores recursos; por lo que a cada detalle interesante se le suman tres claros signos de descuido estético. Las habilidades de los actores en la acrobacia y en la lucha, por ejemplo son mecánicas y no insertas en un planteo de manejo corporal alternativo y dinámico, capaz de dibujar realmente a un personaje, lo que las vuelve planas y rebaja considerablemente su eficacia.

Por último —para no perdernos en demasiados detalles— hay una carencia del sentido unitario de narración por parte del director, lo que genera un ritmo quebrado que dificulta la aprehensión del todo con ese plus que cada espectáculo debe dar a la mera suma de sus partes.

Creo que es una pena, porque la historia contada —con su resabio de homenaje a Borges— debiera fascinarnos en su ambigüedad, su espacio para la propia imaginación y con el contenido filosófico que todo buen cuento sabe cargar sin obviedades. Hay como una falta de experiencia que produce este cúmulo de errores. Ojalá ésta sea superada con nuevos trabajos y que la creatividad del autor pueda aplicarse sin trabas para dar orden a ese mundo que como cualquier otro, necesita de reglas que es necesario aprender o crear para ser expresado con toda la belleza y la poética que el teatro implica.