FICHA TÉCNICA



Título obra Los días felices

Autoría Samuel Beckett

Dirección Sandra Félix

Elenco Miguel Álvarez, Estela Enríquez

Escenografía Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro La Gabarra

Referencia Bruno Bert, “Los días felices”, en Tiempo Libre, 22 octubre 1992, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Los días felices

Bruno Bert

En el pequeño y cálido espacio de La Gabarra —la sala para representaciones de que dispone el NET— se está presentando Los días felices, una obra ya clásica de Beckett que ha permitido en su momento (fue compuesta en 1961) el lucimiento de grandes actrices en el ámbito internacional.

Se trata de un monólogo apenas punteado por un interlocutor masculino, la más de las veces invisible, que normalmente se monta como en un desierto o en una playa. No hay nada, salvo una mujer enterrada hasta la cintura que poco a poco se irá hundiendo hasta desaparecer. La presencia esporádica del personaje masculino se da del otro lado de la pequeña duna en donde ella se encuentra.

Es indudable que con un panorama de este tipo resulta imprescindible la participación de una actriz con gran habilidad para el manejo de sus recursos expresivos: medio cuerpo paralizado desde el principio; sólo una cabeza emergiendo después... Por supuesto, se tiende a evitar cualquier tipo de comportamiento naturalista, ya que no hay nada más alejado de este estilo que las propuestas beckettianas, con su evocación de las rutinas, la muerte y el sin-sentido que tanto lo caracterizan y hacen de él el autor más convocado a la escena por nuestros directores, de la trilogía famosa (lonesco-Adamov-Beckett) que propuso el teatro del absurdo a principios de los cincuenta.

Tal vez su atroz pesimismo tiene hondas raíces que se nutren de Kafka e incluso de Melville, aquel gigantesco fracasado que compusiera Moby Dick. El hecho es que suele trabajar sobre la despersonalización, sobre seres amputados (aquí esto es casi literal) cuyos nombres tienden a evocar elementos en serie, como en el caso de Winnie y Willie de Los días felices. Personajes que son como despojos humanos, anclados en el reconocimiento morboso de sus propias neurosis, sin tener la fuerza ni la voluntad para emerger hacia otras posibilidades, hundidos en la inactividad o en el frenesí inconducente; trabados en un tiempo que los desgasta sin darles forma, recurriendo permanentemente a la palabra y a los gestos cotidianos como un reaseguro mínimo que los separe de la locura y la muerte.

En el caso de la obra de la que estamos hablando, este proceso aún permite una cierta sensación de frustración y angustia que, según la puesta, puede transmitirse al público. En sus últimos trabajos, en cambio, todo sentimiento fue limándose hasta no quedar más que un chirriar de ruinas, donde objetos y personas forman una sola maraña abandonada al viento implacable de la historia. Sin sentimientos, sin juicios, tan cercanos a la nada que aun los espectadores corren el riesgo de quedar fuera del juego. En Los días felices podemos sentir un cierto horror, síntoma de vida, después de todo.

Sandra Félix, la directora de este montaje, se introduce en esta posibilidad y logra, en el manejo de la actriz y los tiempos de la puesta, la simultaneidad de una distancia reflexiva y un reflujo empático hacia la triste condición de esos muñecos en los que en algo siempre podemos vernos. Aparece el sentimiento como una molestia que subyace a la observación crítica y logra el objetivo de su trabajo.

Gabriel Pascal sustituye la playa por un plano negro inclinado con hoyos, por donde aparecen los personajes. Creo que es una vuelta de tuerca innecesaria, que empobrece la visión del montaje en lugar de concentrarlo, como tal vez haya sido su intención.

En lo que hace a los actores, tenemos a Miguel Álvarez en una correcta aunque naturalmente muy breve participación como Willie, y a Estela Enríquez asumiendo el difícil rol protagónico. Lo hace con destreza, se muestra inteligentemente parca en el uso de sus obligadamente reducidos recursos (coherente con la postura del personaje en el uso de las palabras y los objetos a lo largo del día), y logra mantener nuestra atención durante dos actos, lo cual es todo un esfuerzo. Decae tal vez un poco en el segundo, cuando sólo queda su cabeza sobre la tierra, pero esto no llega a resentir la totalidad del trabajo, que se muestra como un interesante ejemplo de un Beckett aun "disfrutable" en su pesimismo y desesperanza.