FICHA TÉCNICA



Título obra Los señores de la noche

Autoría José Luis Cruz

Notas de autoría Adaptación de Macbeth, de William Shakespeare

Dirección José Luis Cruz

Elenco Sergio Bustamante, Lilia Aragón

Escenografía Gilberto Aceves Navarro

Vestuario Gilberto Aceves Navarro

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Los señores, de noche”, en Tiempo Libre, 15 octubre 1992, p. 38.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Los señores, de noche

Bruno Bert

La fertilidad de los clásicos reside justamente en su amplia capacidad para confrontarse, adaptándose a las voces nuevas, sin perder por eso lo esencial de su discurso ni la belleza de su palabra. Naturalmente, Shakespeare es uno de los máximos ejemplos de esto. Pero claro que no siempre esos juegos de aproximación resultan afortunados, y de entre los que cruzan por ese riesgoso y apasionante cable también están los que resbalan y caen. Y a cuento viene esto, porque la caída de hoy corresponde a una particular visión de Macbeth que nos propone José Luis Cruz en El Galeón bajo el nombre de Los Señores de la noche, enmarcando en un Quinto Centenario que por supuesto ha dado para todo, incluyendo lo mejor y peor de la imaginación y los recursos teatrales.

En este caso, el director —que supongo asimismo adaptador del texto se agarra de un par de circunstancias que vinculan la historia clásica de Macbeth con los anales de la Conquista de México: la importancia de las revelaciones, conjuros y presagios que aparecen en ambos enlazando el tema del destino; y un ambiguo deseo de "retorno" que devuelva a sus poseedores aquello que les fue quitado a la muerte social de los estados prehispánicos.

En el plano de las ideas, lo primero parece resultar correcto, mientras que lo segundo permite algunas disquisiciones que tal vez aquí pudieran resultar demasiado extensas; pero lo verdaderamente importante es el resultado teatral de esta aproximación, y éste se muestra confuso y efectista. Digo lo primero porque se mezclan en un mismo plano narrativo seres vestidos con reminiscencias indígenas con otros que aparecen como un híbrido heredero de la guerra de las galaxias con las aventuras de Bruce Lee y de Rambo; y lo segundo es a raíz de variados efectos muy vistosos, pero no siempre justificados.

En lo personal creo que no alcanza -con hacer hablar náhuatl a los actores, ni vestirlos con taparrabos para que la vena local se integre a Macbeth. Ni aun cambiarle a éste el nombre y llamarlo señor de la noche y del norte. Por más que los pueblos sojuzgados por los aztecas hayan considerado a Moctezuma un tirano, su parecido con las circunstancias narradas por Shakespeare son particularmente distintas y obliga a la adaptación a perder parte de la belleza del texto original sin aportarle una mayor grandeza.

Lo confuso del discurso, lo ambiguo de las imágenes convocadas, lo forzado de ciertos parecidos y la prevalencia del efecto sobre la pertinencia del mismo, hacen que el espectáculo —aun disponiendo de elementos válidos— naufrague en la estridencia sin hacer de ella un estilo que la justifique. Aquí la dirección se muestra como responsable de estos lineamientos y —agravando una puesta ya de por sí deficiente— se advierte como un abandono del trabajo actoral cuanto éste pretende algo más que la pirueta física o la eficacia coreográfica.

El desempeño de los intérpretes es francamente pobre (los gritos y golpes a piso no mejoran precisamente la profundidad de los contenidos en un trabajo que está moviéndose siempre sobre los límites).

Sergio Bustamante se ve como irreconocible en el papel principal. Ajeno, distante, sin ese nervio vital que se le ha visto en sus mejores interpretaciones; tomando poses de karateka en un Macbeth que no convence al público simplemente porque no le convence a él mismo. Sólo por momentos emprende algún tímido vuelo, pero abandona rápidamente el intento. Lilia Aragón, como su esposa, tiene por el contrario una primera parte con mucho fuego y una interesante presencia. Es una pena que en la segunda mitad esto se diluya en técnica, vaciándose hasta quedar a la par de su compañero de rubro, con una total prevalencia del grito y la marcación.

De los demás actores resulta difícil destacar la labor de alguno, y frente a tanta estridencia vocal y pose estereotipada tiendo a suponer la complacencia de la dirección, que parece haber sentido correcta esa línea, resultando inexistente, como decíamos antes, un trabajo más fino sobre cada personaje.

Rescato ideas, algunas alianzas y asociaciones de imágenes, un uso por momentos interesantes del espacio (la escenografía pertenece a Gilberto Aceves Navarro, al igual que el vestuario) y aislados momentos de alguno que otro actor... el resto de Los Señores de la noche se vuelve pretencioso e insuficientemente articulado en su discurso conceptual. Un Macbeth a la "quinientos años" con mucha fanfarria y poca sustancia.