FICHA TÉCNICA



Título obra El padre

Autoría August Strindberg

Dirección Salvador Torres

Elenco Héctor Téllez, Dolores Beristáin, Luis Rábago, José María Negri, Jesús Arriaga, Evangelina Sosa, Marta Aura

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Bruno Bert, “Strindberg, perdido en el tiempo”, en Tiempo Libre, 8 octubre 1992, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Strindberg, perdido en el tiempo

Bruno Bert

De los dos gigantes nórdicos que realizaron su labor dramatúrgica hacia fines del siglo pasado y principios del presente, es August Strindberg el que conserva mayor interés para los directores contemporáneos. Es mucho más frecuente ver el reestreno de una de sus obras que aquellas otras de Ibsen, igualmente leído aún y también admirado, pero notoriamente menos solicitado para los escenarios. Posiblemente es la libertad formal que propone gran parte de su trabajo; la posibilidad de recurrir a la ruptura con el naturalismo; la intervención de factores casi oníricos y la influencia del factor psicológico, del desequilibrio mental, lo que atrae hoy.

Supongo que esto es casi como una consecuencia natural del clima social y mental en que estamos inmersos, tan proclive el entorno al pesimismo e incluso la locura. Sin embargo, estas "virtudes" son como búmerangs, capaces de volverse contra su propio creador, y podríamos decir que sus mayores defectos están implantados exactamente sobre las mismas bases formales e ideológicas.

Todo esto viene a cuento, claro, porque acaba de montarse El padre, una obra de Strindberg que corresponde a 1887, es decir a su primer periodo de exilio. Forma una especie de trío, con La señorita Julia y Los acreedores, y supuestamente encarnan la influencia de los naturalistas franceses. Sin embargo, el mismo texto del programa de mano nos da una orientación contraria, ya que cita una carta del autor, hacia la fecha de conclusión de esta obra, que se cierra en un clima premonitoriamente expresionista: "es como si yo no pisara más la tierra, sino revoloteara en un espacio de oscuridad, no de aire. Si penetrara la luz, caería y me rompería".

Y es esta asfixia espiritual la que queda reflejada en la obra, que tiene como eje la conocida misoginia de Strindberg, que llega a plantear la capacidad diabólica de la mujer para satisfacer sus apetencias de poder en el seno del matrimonio aun a costa de volver literalmente loco al hombre con la duda de la infidelidad, poniendo así en tela de juicio su paternidad.

Y decíamos que la virtud se hace vicio, por excesiva recurrencia a las obsesiones, que termina volviendo inverosímiles los planteos a fuerza de cargar las tintas y abusar de la facilidad del diálogo. En este sentido es una pena que el equipo haya elegido justamente esta obra y no otra del mismo autor, tal vez una un poco más atemperada, porque su labor es excelente y lo que se desfasa aquí es la truculencia del escritor sueco.

Salvador Flores maneja el montaje con sumo cuidado, ensamblando con un afecto artesanal cada uno de los corn-ponentes y el tempo de los actores a los que orienta con precisión. Es un placer ver el trabajo dramatúrgico de la dirección, perfectamente coordinado con Gabriel Pascal en lo que hace a la escenografía e iluminación, factores evidentemente fundamentales, ya que construyen los "ambientes del alma", con sus profundos conos de sombra, sus emergentes espectrales y el sentido monocromático de esos bloqueos efectivos y esa lucha sorda de la pareja.

También los actores —Martha Aura, Héctor Téllez, Dolores Beristáin, Luis Rábago, José María Negri, Jesús Arriaga y Evangelina Sosa— quedan equilibrados, y aunque existen ciertos desniveles, se logra un elenco de rendimiento homogéneo y muy coherente con el resto del planteo escénico.

En este caso es Strindberg el que cojea con su machacosa insistencia sobre la peligrosidad de la mujer en un naturalismo que tiene poco de tal y desbarranca hacia actitudes banalmente melodramáticas, con recursos insistentes, argumentaciones que ya no resisten crítica ni siquiera puestas en quienes están perdiendo la razón y resabios de enfrentamiento entre ciencia y religión cuyas formas tienden a lo trasnochado.

En fin, hubiera merecido mejor fortuna la capacidad y el cuidado de todo el equipo que se está presentando en el teatro Helénico.