FICHA TÉCNICA



Título obra Quisiera arrancarme el corazón

Autoría Emma Teresa Armendáriz

Dirección Nancy Cárdenas

Elenco Emma Teresa Armendáriz, Roberto Sen, Luis Cárdenas, Claudio Guarnero

Escenografía Antonio López Mancera

Iluminación Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro Benito Juárez

Referencia Bruno Bert, “Arrancarme el corazón quisiera”, en Tiempo Libre, 1 octubre 1992, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Arrancarme el corazón quisiera

Bruno Bert

El blanco es un color que parece no tener identidad; se forma con la suma de los otros negándolos al mismo tiempo. Así que cuando calificamos de "blanca" a una mentira, por ejemplo, le desgravamos peso, la desvalorizamos; cuando lo hacemos con una comedia como en este caso lo hace su propio programa de mano, más bien nos indica ausencia de "pecado escénico". Aunque en lo personal no creo que las virtudes se den por ausencia de defecto, y hasta Dante mandó a los neutros al cuasi-infierno del Limbo.

Aclaro que estoy hablando de una obra que se está presentando en el teatro Benito Juárez: Quisiera arrancarme el corazón, de Emma Teresa Armendáriz, con la dirección de Nancy Cárdenas, y que tiene a la autora en el papel protagónico femenino. Efectivamente es "blanca y agridulce", tendiendo más a un producto de repostería para la hora del té con las amigas, que a un trabajo para los escenarios, y en ese sentido, ubicada entre los productos amables para el consumo intrascendente que no desestimule ni la plática ni el humor de los que se reúnen para el evento, creo que no está bien elegido el teatro (aunque sí la zona, donde hay otras salas más ad hoc para esta clase de propuestas), ya que el Benito Juárez no suele reunir este tipo de público... a juzgar incluso por los pocos espectadores que presenciamos esa función.

La anécdota es trivial: un viaje de placer hacia Estambul, en un crucero de lujo, donde una viuda millonaria estadunidense de origen humilde y matrimonio desdichado conoce a un actor mexicano ya mayor, como ella, y en crisis existencial. Corren los malos entendidos, se incentivan las fricciones, nace el amor y todo termina con sonido de trompetas y color de rosa en el horizonte. Desgraciadamente no sólo es trivial la historia que se nos cuenta, sino que también lo es el tratamiento que de ella se hace tanto a niveles dramatúrgicos como de dirección.

En el primer caso se cae en todos los lugares comunes: desde el exotismo del ambiente, que parece sacado de "El crucero del amor", a los clichés de comportamiento del actor, que lo vuelven "temperamental", "pasional", "poético", "desenvuelto", "generoso" y toda otra característica también falsa y factible de entrecomillar. Pasando por supuesto por la idea de la mujer pobre-desgraciada-casada-por-dinero que ahora es una tonta-viuda-millonaria que descubre el amor y termina desbordando sentido común y deseo de filantrópicas concesiones al artista en decadencia y a su necesitado país.

Para agravar el panorama de simplezas, por cuestiones tal vez dramatúrgicas o tal vez económicas, se anuló todo personaje secundario como podrían ser otros pasajeros de este increíble crucero, con los cuales eventualmente trenzar las historias principales, dejándose sólo a dos que más bien parecen cuaternarios, tanto por orden de importancia como por primitivismo constructivo.

Todo este bagaje de intrascendencias es asumido por la dirección que francamente mucho no puede hacer con él, pero con el que tampoco se esfuerza en lo más mínimo, transformando el montaje en una rutina escénica sin más horizontes que los telones pintados del fondo, muy encrespados en sus simbólicas olas con reminiscencias orientales, pero poco encarnables en la puesta en cuanto a los climas que proponen. La escenografía e iluminación es de Antonio López Mancera, uno de nuestros decanos en ese arte, que realiza un correcto espacio-propuesta que sin embargo se vuelve repetitivo en cuanto única opción, mientras que los aviones amenazantes que pasan una y otra vez sobre el barco terminan por caer en una cierta ingenuidad poco consistente y creíble.

Los dos protagonistas son Emma Teresa Armendáriz, como Flora Madrigal, y Roberto Sen en el papel de Fausto Salazar. Su trabajo se halla plenamente dentro de los recursos expresivos de lo que podemos llamar teatro comercial, con todo lo que de positivo y también de adocenado este tipo de escuela tiene consigo. Conocen las tablas y tienen un largo historial de puestas con la lógica experiencia en el manejo de tiempos y de contacto con el público. No hay densidad pero ciertamente hay oficio y también esfuerzo en la entrega. En relación con Luis Cárdenas y Claudio Guarnero, sus papeles son tan en exceso simplificados y casi esquemáticos, que es poco lo que puede de ellos decirse: están, trabajan, se los ve implicados en su hacer, aunque sinceramente no basta.

En definitiva: Quisiera arrancarmé el corazón sobrevuela nuestra escena levemente, muy levemente, en un viaje rumbo al olvido.