FICHA TÉCNICA



Título obra Las leyes de la hospitalidad

Autoría Raúl Falcó

Notas de autoría A partir de textos de Pierre Klossowski

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Farnesio de Bernal, Magdalena Villarán, Alvaro Hegewisch, Eugenio Poglowsky, Víctor B. de Savigny, Ricardo Graciano

Espacios teatrales Teatro Rosario Castellanos

Referencia Bruno Bert, “Las leyes de Juan José”, en Tiempo Libre, 24 septiembre 1992, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Las leyes de Juan José

Bruno Bert

En la sala Rosario Castellanos de la Casa del Lago, se está presentando un espectáculo de Raúl Falcó bajo la dirección de Juan José Gurrola. Me refiero a Las leyes de la hospitalidad, una reelaboración sobre varios textos de P. Klossowski sobre cuya base había ya trabajado Gurrola hace más de quince años. Naturalmente tiene como centro el tema recurrente que siempre ha interesado a nuestro director: el erotismo y la mujer; y esto desde una perspectiva cada vez más intelectual y fría.

Se parte del supuesto que el erotismo es una cuestión esencialmente cultural; y por ende toda la elaboración sobre el tema, por complicada que sea, no hace más que incentivar el sentido del placer. Es así que en la medida, cualquier "fantasía" pone a prueba nuestro intelecto y genera aparentes vallas a nuestro deseo; creando normas por respetar y también transgresiones capaces de refinar no ya sólo los actos, sino incluso la imagen mental de los mismos.

En este contexto, todo juego de opuestos transgresores se vuelven una exquisita partida para iniciados que necesitan un espectador inteligente para legitimar el último grado de placer posible: el mudo testimonio. No importa si es compartido o de rechazo, ya que siempre es de forzada complicidad.

Así andando, no importa demasiado narrar la anécdota sustentadora de Las leyes de la hospitalidad, porque es simplemente la urdimbre donde puede tejerse ese placer intelectual del que hablábamos. Claro que debe contener la posibilidad —entre otras— de la ambigua iniciación de un adolescente que tiene como maestro a alguien que sugestivamente toma el rol de Sade ("El divino Marqués") en los lúbricos juegos teatrales de la familia, la alternativa sodomítica, el adulterio, la posibilidad masturbatoria y —fuera ya de lo estrictamente sexual— el sabor del engaño, el suicidio jugando lances con el asesinato, la estafa y naturalmente la subversión de los valores tradicionales de respeto y afecto.

Pero todo esto, al parecer tan estimulante —al menos dentro del marco de referencia de la misma obra— es tan gélido como aquellos tratados eróticos constelados de filosofía (o de sutiles juegos de palabras que puede dar la sensación de cultura en un evento de salón) de los que eran tan gustosos los franceses del Antiguo Régimen. Y puede suceder un total enfriamiento de "los espíritus animales" (para usar un lenguaje de época) dejándonos indiferentes aún en el papel de mirones "participativos" que se nos otorga; y también quedamos susceptibles a un progresivo desapego al placer del acertijo, de la réplica filosa, del pensamiento barroco y ácido que se entretiene en tejer guirnaldas en el vacío.

Un enorme vacío existencial, bordado de cansancio e ingenio. En realidad se trata de un juego de iniciados para iniciados. Los demás no importan, ni a ellos les importa estar dentro de algo que pueden sentir como totalmente ajeno, y así Las leyes de la hospitalidad indican en realidad la conveniencia de transformar el juego y el espacio en que se da en algo aún más íntimo que el de un teatro de cámara... y para menos personas: los amigos, los conocedores, los cómplices... y tal vez uno que otro criado nunca se cansa de recomendar el mismo Sade, que de esto algo entendía; capaz de volver este tino de propuestas hacia sus dos posibles vertientes: la correspondiente a las experiencias artísticas de vanguardia, con su implicancia de renovación de lenguajes; o a los más o menos refinados juegos de un grupo con tendencias a la orgía dialogada.

Componen el elenco Farnesio del Bernal, Magdalena Villarán, Alvaro Hegewisch, Eugenio Poglowsky, Víctor B. de Savigny y Ricardo Graciano. Su desempeño es correcto en relación a la propuesta que Gurrola maneja en el montaje. Tal vez demasiado fríos y habladores para los espectadores a los que se ha llamado a complicidad. Hay algunas pinturas del mismo director, y una escenografía con reminiscencias a los sesenta de Juan José Iturriaga.

En definitiva, un trabajo destinado a los gustadores de Gurrola.