FICHA TÉCNICA



Título obra Los encuentros

Autoría Juan Tovar

Dirección Mauricio Jiménez

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Bruno Bert, “En busca de un tal Juan Rulfo...”, en Tiempo Libre, 20 agosto 1992, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

En busca de un tal Juan Rulfo...

Bruno Bert

Llevar a Rulfo a la escena es como intentarlo con García Márquez: Comala y Macondo son metas difícilmente asequibles a la imagen teatral, parecen pertenecer al mundo de la palabra y los silencios, al universo del susurro que despierta ecos y sombras en la imaginación. Hay una resistencia a la claridad, a la corporeidad que el escenario posee a pesar de cualquier juego de iluminación.

En México he visto dos intentos anteriores: uno en espacios abiertos a mano de José Luis Cruz y otro en un foro casi de cámara, traído por un grupo brasileño que nos visitara y que ahora habita en nuestra provincia. En ninguno de los dos casos la experiencia fue demasiado afortunada. Más allá de la calidad de uno u otro, lo que no aparecía con suficiencia era Rulfo. Conceptualmente podíamos reconocer con facilidad su influencia, pero climáticamente estábamos en otra parte.

Ahora el que lo intenta es Mauricio Jiménez. Y es alentador porque se trata de un director joven e imaginativo, con empeño y recursos suficientes a pesar de lo difícil de la empresa. La obra la llama Los Encuentros, y es una estructura creada por Juan Tovar sobre la obra rulfiana. Toma como eje el viaje de Juan Preciado a Comala, y los encuentros a los que se refiere el título son con los distintos personajes de la obra, no ya sólo de Pedro Páramo, sino también sus parientes cercanos, los que pueblan las páginas de El llano en llamas.

Para esto elige acertadamente el espacio vacío de un escenario aforado en negro cuyo piso recubre con un tapete manchado que pueda sugerirnos —a través de los cambios de luz— la extensión yerma del páramo. En esto el director es fiel a sus concepciones anteriores de puesta, carentes prácticamente de escenografía. En aquel momento resignificando espacios arquitectónicos, ahora lanzándose al "vacío" del sueño. Y en ambos casos, dando al actor su habilidad con los objetos y a la labor de puesta el peso fundamental del trabajo y la sugestión que éste debe impartir para el espectador.

En el primer rubro acierta y en el segundo flaquea a pesar de indudables imágenes afortunadas. Digo esto porque resulta interesante corroborar lo parejo del rendimiento actoral en un grupo de alrededor de diez personas; donde lo protagónico no está en determinado personaje, sino en la circunstancia que en el transcurrir se nos está mostrando, con los actores que a esas escenas corresponda. Esta concepción que homogeiniza con buen resultado, parece hacer parte de los presupuestos estéticos e ideológicos de Jiménez, además de ser particularmente oportuna para dar la voz a la estructura colectiva de un pueblo.

En cambio, como ideador de la totalidad del espectáculo, creo que su trabajo se fractura porque logra interesantes aciertos parciales, pero a costa de la unidad que se vuelve lenta, excedida y en desmérito de sus propias virtudes, ya que grava de un cierto cansancio lo que son acertados momentos de composición. Las contradicciones visibles en la puesta son capaces de ameritar simultáneamente elogios y reservas, según consideremos ciertos recursos en sí o en el marco global.

De todas maneras, de las obras vistas hasta ahora es la que más se acerca al espíritu del maestro Rulfo, y hasta nace una cierta magia de ella que logra, si no consolidar, al menos evocar por instantes aquella fascinación de la que está impregnado el libro. Y esto, obviamente, sin ilustraciones, sino recreando el material en un doble acierto de adaptación y dirección.

Hay como una intención de totalidad, que abarca la música e incluso las percepciones olfatorias, ya que en parte de la sala estaban distribuidas docenas de nardos, flotando ese olor penetrante que funcionaba por saturación en una puesta de Singer hace un par de años cuando creó un espectáculo poético destinado a un espacio muy reducido.

Tal vez en ese intento de aferrar lo absoluto pueda hallarse una ingenuidad artística, una cierta inmadurez de creador prometéico que aún no maneja todas las artes del fuego. Pero el impulso es importante cuando, como en este caso, va acompañado por una buena dosis de eficacia artística. Es la tercera puesta que veo de Jiménez. La primera continúa siendo la mejor, pero él sigue constituyendo una opción muy válida dentro de las nuevas generaciones de creadores teatrales. Creo que vale la pena apoyar su trabajo y dar tiempo a su pleno desarrollo.