FICHA TÉCNICA



Título obra Cura y locura

Autoría Juan Tovar

Dirección Morris Savariego

Elenco Mario Zaragoza, Armando Ramírez, Rebeca Flores

Espacios teatrales Teatro Rosario Castellanos

Referencia Bruno Bert, “Locura sin cura”, en Tiempo Libre, 13 agosto 1992.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Locura sin cura

Bruno Bert

En la sala Rosario Castellanos de la Casa del Lago, Morris Savariego ha montado Cura y locura, un declarado homenaje a Antonin Artaud con la autoría de Juan Tovar.

La acción queda ubicada en la etapa final de la vida de Artaud, cuando le dan de alta del último sanatorio y su médico —el Dr. Ferdiere (con el que intercambiara tan patéticas cartas cuando le aplicaban los electrochoques)— junto con la enfermera en jefe, una monja, le acompañan a la estación para esperar el tren que habrá de llevarle de regreso a París, en un intento de reintegro a la vida civil.

El área de trabajo de Artaud es justamente la labor del actor, y su intención siempre renovada de transformar al teatro, a las convenciones que lo nutren y constituyen. Material todo éste que se vuelca en sus escritos teóricos, mucho más alucinantes que ordenados; preñados de una locura capaz de fertilizar a creadores que le siguieron, pero poco explícitos para él mismo, inhábil para plasmar en la realidad sus propias visiones sobre lo que él llamó el teatro de la crueldad. Evidentemente —como el mismo protagonista reflexiona en escena— se trata de una elección difícil para ser llevada ante público, ya que constantemente debe cuestionarse a sí misma si desea mantener un mínimo de coherencia con la figura a la que está convocando.

Savariego teje entonces diversas vertientes simultáneas: por un lado hace evidente la presencia de los actores como tales, recurriendo a las formas convencionales de ingreso por sala primero y de comentario sobre público después; además rompe cualquier ficción poética que intente la credulidad del espectador, como el comentar reiteradamente la imposibilidad de que pase un verdadero tren por la escena, donde justamente existe una vía en perspectiva que desemboca sobre los mismos espectadores; y por último, narra una historia (la espera del tren a la salida del manicomio) quebrando simultáneamente el valor lineal de la misma y el peso dramatúrgico convencional que el texto adquiere habitualmente.

Con estos materiales en la mano —es decir, con lo que es tradicional en teatro y el espejo crítico de sus componentes— autor y director tratan de crear un espectáculo que posea simultáneamente el calor de la tortura y la frialdad del pensamiento. Podríamos decir que el deseo es acercarse a la propuesta misma de Artaud a través de la puerta que significa su cuerpo, sus palabras e incluso su voz en la escena. El trabajo de Mario Zaragoza en el rol principal; Armando Ramirez como el terapéuta y Rebeca Flores como la hermana Clara, asume este riesgo con un buen nivel de compromiso, seriedad de búsqueda y un resultado que por momentos convence en su dualidad de sinceridad imposible, de verdad última inaferrable como lo es cualquier intento de captar la esencia del hombre; y de teatralidad en el sentido que Artaud la intuía, por ejemplo en la escena ritualizada del Oriente.

Es un trabajo valiente que tiene como punto débil el no hallar lo que el mismo Artaud intuye y propone sin ser capaz él mismo de realmente sintetizar. La diferencia reside simplemente en que sus palabras son como imágenes urgentes de un sueño, con espacios por él inventados para la profecía y el desgarramiento; mientras que Cura y locura vendría a ser la sombra de ese sueño sobre los pasos de un gigante.

Hay proposiciones interesantes, tanto de la imagen como en lo textual, y los actores aportan lo que de ellos pudiera esperarse; sin embargo, tal vez no sea suficiente para crear esa premura poética, absurda y dolorosa que trasciende cada encendida proclama del maestro, de aquel cuya vida, candente como los deseos condenados por la impotencia, fue una parte indisoluble —y no la menor— de su obra.