FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte de Dantón

Autoría Georg Büchner

Dirección Roberto Ciulli

Escenografía Gralf-Edzard Habben

Grupos y compañías Theater an der Ruhr

Referencia Bruno Bert, “Escenas del festival. La muerte de Dantón... la muerte”, en Tiempo Libre, 23 julio 1992, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Escenas del festival
La muerte de Dantón… la muerte

Bruno Bert

Un grupo alemán, Theater an der Ruhr; un director italiano, Roberto Ciulli; un personaje francés que da nombre a la obra que juntos han construido: La muerte de Dantón, del genial Georg Büchner (1813-1837), uno de los mayores dramaturgos germanos del siglo XIX.

Invirtamos ahora el orden y juzguemos primero la obra. No son muchas las que Büchner tiene en su haber, cosa perfectamente natural juzgando lo temprano de su muerte, apenas a los 24 años; pero ésta es una de las que mayor aliento poético poseen por su lenguaje manejando además un realismo documentalista (utiliza muchos textos auténticos del revolucionario francés) que sentará las bases a experiencias escénicas muy posteriores, ya pertenecientes incluso a nuestro siglo.

Es una obra profundamente innovadora que a siglo y medio de su composición continúa siendo un deleite para su lectura y un desafío para su aproximación a la escena. Además, naturalmente, el discurso poético-politico que Büchner estructuraba a través de Dantón, tenía perfecta relación con la conflictiva realidad de su tiempo y espacio social, por lo que se vuelve doblemente comprometido el calor de su discurso, teñido de un escepticismo en relación con la capacidad de justicia del hombre y a los grandes mitos del momento —como fue la Revolución Francesa para las primeras décadas del siglo XIX— muy similar en esto a nuestros contemporáneos desencantos ideológicos.

Ahora bien, este riquísimo material dramatúrgico de soporte queda en manos de una dirección que ex profeso mutila sus propias posibilidades de generar a su vez una dramaturgia constitutiva de igual extensión y valor.

Su primer paso es casi la anulación del espacio, manejando rígidamente lo que podría resignificarlo de mil modos distintos. La escenografía —de Gralf-Edzard Habben— propone como un piso "marítimo", cubriendo íntegramente el foro con una tela suavemente ondulada, de color similar al malva; potencialmente capaz de mil juegos y a la que nunca se hace referencia directa en las acciones. Al centro mismo de la escena está instalada una enorme plataforma modular con perforaciones laterales en la que las personas sólo se apoyan y trepan, obviando cualquier posibilidad de desplazamiento, fragmentación, ocupación interna... en fin, de re creación, en una palabra.

Y lo mismo sucede con unas grandes escaleras a dos aguas que se instalan a un lado y jamás se mueven ni usan más que para... subir, bajar o hablar desde ellas en alguna altura. Es decir, lo más trival. A este voluntario paquidermismo imaginativo se le suma un uso de los actores frecuentemente inmovilizados corporalmente en larguísimas, casi eternas, tiradas de un desperdiciado y muy bello Büchner que languidece a pesar del recurso de los cómicos de la comedia del arte, travestidos aquí a payasitos más o menos ingeniosos, con reminiscencias entre Brecht y Mnouchkine.

Tampoco salvan del tedio alguna que otra imagen que logra impacto y efectividad a lo largo del montaje, ni la solvencia de algunos actores —como el mismo Dantón, interpretado por Hannes Hellmann o las interesantes proposiciones de Christine Sohn, por ejemplo— que se hallan en última instancia sometidos a un concepto de dirección que, al menos desde mi punto de vista (y supongo que de algo más de 50 por ciento del público que en esa función abandonó la sala), transforman a La muerte de Dantón en uno de los espectáculos más consciente y voluntariamente fallidos de los que me han tocado ver en los últimos tiempos.

Y digo consciente y voluntariamente porque resulta claro que el director advierte perfectamente el hecho y lo sostiene como parte de una concepción que él considera válida. Una valentía de criterio para representar, pero no precisamente un resultado para compartir... salvo un fuerte masoquismo de nuestra parte.