FICHA TÉCNICA



Título obra Sangre de mi sangre

Autoría Tomás Urtusástegui

Dirección María Muro

Elenco Luis Huerta, Luis Rábago, Rita Guerrero, Humberto Silva

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “Más sangre de mi sangre”, en Tiempo Libre, 25 junio 1992, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Más sangre de mi sangre

Bruno Bert

En la Casa de la Paz, el teatro de la UAM se encuentra en temporada con la obra de Tomás Urtusástegui Sangre de mi sangre, bajo la dirección de María Muro. Como el titulo lo sugiere, echando mano a un lugar común del lenguaje, el tema son los hijos, tomando como ejemplo a una familia burguesa separada, en donde ambos cónyuges han rehecho su -situación de pareja y se reúnen en la antigua casa donde quedaron viviendo solos, en compañía de una mucama y sus dos hijos adolescentes desde hace ya más de un año.

En realidad, el encuentro generado por convocatoria de la madre es en función de vender la casa y repartir lo económicamente valioso que contiene. Los hijos quedan entonces entre la mercadería descartable de la que alguien tendrá que hacerse cargo... o no.

Estructurada como una pieza, la obra juega con el valor de las convenciones que invoca y contradice en el desenvolvimiento de los actos; en la desvalorización de los conceptos y en el gastado manoseo de las palabras. Y en este sentido podemos tal vez hallar lejanos ecos de ella en La mudanza de Vicente Leñero y en algunos materiales anteriores del mismo Urtusástegui, frecuente gustador de la pintura sicológica de sus personajes a partir de lo mínimo, de lo estereotípico y también de lo más vulgar de los hechos, gestos y expresiones cotidianas.

La exacerbación de estos últimos rasgos hace que en las puestas, algunos de sus trabajos tomen el camino de lo grotesco o del desenfreno fársico. No es el caso de ésta, donde se reconoce elementos constructivos y verbales que le son propios, pero se mantiene dentro de un tono mucho más medio. Naturalmente aquí la dirección de María Muro tiene mucho que ver, asordinando las estridencias, trabajando parcialmente la evocación y por momentos incluso la nostalgia y la ternura, así sea en los huecos de la ausencia, como un clima que alguna vez pobló ese espacio ahora casi vacío de relaciones gratificantes.

El manejo de los actores —Luisa Huerta y Luis Rábago como los padres; Rita Guerrero y Humberto Silva en el papel de los hijos— permite ese trabajo más cercano a los matices aunque haya una base omnipresente de rencor que sobresatura los textos de ironía o de abierta intención para la herida.

El desempeño de los cuatro intérpretes es bastante homogéneo, sobre pinturas de contornos nítidos, incluso densas, de cada personaje; capturados en un presente obsesivo donde las taras de carácter son justamente el elemento insistente y definidor por excelencia: la incapacidad de reacción del padre, su ser apocado y pasivo; la agresividad y tendencia a la manipulación de la madre, su dualidad fariséica entre el valor expresado y las circunstancias vividas, etcétera. En el caso de los hijos, estos elementos se encuentran menos desarrolla, dos y sus actitudes son más repetitivas y esperadas.

Una complementación acorde al proceso de dirección la encontramos en Arturo Nava, encargado de la escenografía e iluminación del espectáculo. Opta por crear un espacio inmediato al público que maneje al mismo tiempo la verosimilitud de una propuesta realista y un cierto grado de posible simbolismo: la sala de la familia bien podría ser una especie de raro jardín de invierno metálico... o directamente la sugerencia de una inmensa jaula para pájaros que nos incluye como invitados en esa especie de festín de cuervos en el momento de principiar el trabajo.

Hacia atrás, se prolonga con el mismo tipo de dualidad en la intención, haciendo en el manejo de luces un trabajo de proposiciones similares, imaginativo y a un medio camino entre el libro y el montaje, casi como sirviendo de nexo para fundir en unidad el espectáculo.

Posiblemente Sangre de mi sangre sea el montaje que más me haya interesado de las obras vistas en escena de Tomás Urtusástegui, y posee seriedad y creatividad en cada uno de sus renglones. De todas maneras, una cierta medianía ronda el trabajo, y si bien no salimos insatisfechos, lo hacemos sí, con la sensación de haber asistido repetidamente a ese planteo, en formas y contenidos, dentro del teatro de las últimas tres décadas.