FICHA TÉCNICA



Título obra La noche de Hernán Cortés

Autoría Vicente Leñero

Dirección Luis de Tavira

Elenco Arcelia Ramírez, Fernando Balzaretti, Guillermo Gil

Escenografía Alejandro Luna

Iluminación Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “¡Pardiez, que nochecita!”, en Tiempo Libre, 4 junio 1992, p. 34.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¡Pardiez, que nochecita!

Bruno Bert

En el marco del 500 aniversario del descubrimiento de América y con múltiples apoyos institucionales de producción, se estrenó en el teatro Julio Castillo La noche de Hernán Cortés, una obra de Vicente Leñero dirigida por Luis de Tavira que participara ya en varios festivales centroamericanos antes de presentarse en nuestro medio y destinada también a representarnos en España.

La propuesta es atractiva y sumamente compleja porque se pivotea no tanto en los acontecimientos históricos, aunque estos se hallen siempre presentes, sino en materia tan frágil como la memoria de un Cortés anciano, enfermo y fracasado que intenta una reivindicación frente a la Corte en Sevilla; teniendo como interlocutor inmediato a un "secretario" que en sí resume a todos los que sobre él y aquellos hechos han escrito. Esto provoca que los sucesos tengan un claro grado de irrealidad (pueden haber sucedido así, de otra manera o no haber existido más que en la imaginación de los historiadores), de atemporalidad (el mismo suceso está narrado desde una visión moderna que lo despoja de sus connotaciones inmediatas y justificatorias para ubicarlo en una relatividad histórica bastant e desorientante) y de un cierto acriticismo difícil de sustentarse en los dos pilares anteriores. Esto en una combinación entre la visión dramatúrgica de Leñero y las concepciones de puesta de Tavira, con un producto que aparece como de elaboración conjunta.

Las imágenes que maneja el director contienen las características de espectacularidad que le son habituales, con sus efectos de humo, luces, desnudos, bruscos cortes, etcétera y en este sentido es más reconocible su lenguaje, mientras que resulta de carácter experimental la propuesta escritural de Leñero, un dramaturgo que se caracteriza justamente por su versatilidad. A esto hay que sumarle la mano de Alejandro Luna, ya que la concepción de iluminación y escenografía resulta fundamental y permite una interesante estructura de unidad visual.

Sin embargo, la sensación que nos queda luego de tres horas de obra es más bien de cansancio, como si al equipo de trabajo —más allá de los actores— le hubiera resultado muy difícil jugar esta composición sin perder su narrativa. Más bien heredamos momentos, imágenes potentes, algunos diálogos brillantes, una cierta ironía... pero también desconcierto en el manejo de un tema como Cortés y la Conquista. Como un temor al maniqueísmo, a las posturas chovinistas o a una caída en actitudes que puedan resultar reaccionarias. Y un intento del alejamiento a cualquier posible novelización romántico-histórica rememorante de los folletines decimonónicos. Pero ocurre que nos vamos quedando con poco piso donde sustentar el edificio, que se vuelve así fragmtnto aéreo del tejido de la memoria, pero no de la memoria de Cortés sino de la memoria histórica que justamente está pasando por uno de sus tantos momentos de revisión. Tratando de evitar constituirse en tesis histórica o embanderarse como propuesta ideológica, se nos desgaja, volviéndose difícil de asir para el espectador que va alimentándose de las partes como en un largo festín de imágenes fragmentarias, dispersas y muchas veces reiterativas, que terminan como indigestándolo sin entregarle una alimentación consistente.

Indudablemente hay talento por parte de sus hacedores, y entrega con energía en los 15 actores que constituyen el elenco encabezado por Fernando Balzaretti como Hernán Cortés y Guillermo Gil en el rol de su secretario. Pero nada de esto es suficiente para eliminar un pequeño vacío propositivo en una experiencia global que se vuelve desmesurada en tiempos, demasiado densa para jugar sólo en la tela de los sueños y a la frustración de las "vanidades"; demasiado alejada a esos espejos de la memoria que exploraron en los sesenta y setenta los seguidores de las vanguardias francesas; demasiado tímida frente a los excesos y las figuras que invoca no obstante la violencia y el ritmo de las secuencias de imágenes, que espejean deleites referenciales (entre otros esa especie de Homenaje a Francis Bacon, recientemente fallecido) y complicidades intelectuales sin llegar a atraparnos en esa noche un tanto triste de Hernán Cortés.