FICHA TÉCNICA



Título obra Viaje de un largo día hacia la noche

Autoría Eugene O'Neill

Dirección Ludwik Margules

Elenco Marta Verduzco, Claudio Obregón, Emilio Echeverría, Daniel Giménez Cacho, Emoé de la Parra

Escenografía Teresa Uribe

Iluminación Teresa Uribe

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “Un largo O'Neill para una noche”, en Tiempo Libre, 7 mayo 1992, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Un largo O'Neill para una noche

Bruno Bert

La obra de Eugene O'Neill es indudablemente la más valiosa aportación a la literatura dramática estadunidense de la primera mitad de este siglo. Y esto se confirma tanto en su prestigio internacional (Premio Nobel 1936), como en los altos nombres de aquellos que llevaron algunos de sus principios e ideas al auge de lo que se conoce como el realismo psicológico de los cincuenta; en continuación inmediata de su trabajo, como lo fueron en ese momento escritores de la talla de Miller o Williams.

A pesar que él muere en 1953, su producción se corta en los cuarenta a raíz de la evolución del mal de Parkinson, que tan dolorosamente lo aquejaran durante los últimos años de su vida. De esta etapa final son tres obras muy significativas, una de las cuales acaba de ser tomada por Ludwik Margules que la llevó a escena en el teatro Julio Prieto, en una versión que se debe a Juan Tovar. Me refiero, claro, a Viaje de un largo día hacia la noche, de un carácter autobiográfico tan evidente que el mismo O'Neill decidió (aunque su viuda no respetó esta cláusula testamentaria) que recién se diera a conocer impresa y en escena en 1978, es decir, veinticinco años después de su muerte.

La obra involucra la imagen de sus familiares más directos, en el transcurso de un simbólico día, y maneja esencialmente la incomunicación, la soledad y el carácter profundamente enfermo de ese grupo humano ocupado en encontrar en los otros miembros la responsabilidad de esa profunda frustración vital que siente cada uno de ellos a pesar de los afectos reales que los une. El mismo O'Neill se proyecta sobre todo en el hermano menor; en sus gustos, en sus viajes, en sus miedos e incluso en su enfermedad, ya que en 1912 fue encontrado tuberculoso y le prescribieron seis meses de reposo al igual que al personaje. Siendo además este tiempo de preguerra la fecha aproximada de las acciones que vemos en escena.

Claro que el pesimismo tan típico de este americano de origen irlandés, se ve nutrido por las vertientes puritanas de la cultura de su país y por la influencia de Strinberg, haciendo que esta obra, excelente en su construcción, se vuelva una desproporcionada acumulación de desgracias sin salida con reminiscencias directas a la tragedia griega: el sentido del fracaso del padre y su acentuada avaricia; el carácter irredimible de la drogadicción materna; el alcoholismo crónico del hermano y su propia tuberculosis que presagia una muerte temprana... junto con el desgarrador tejer y destejer de situaciones que son otros tantos túneles ciegos donde la soledad y la incomprensión cargada de egoísmo los desposee como seres humanos.

Un drama de desposeídos entonces, que Margules reorienta en una frecuencia de montaje que convoca las vertientes fundamentales de O'Neill, en una llamada hacia las contrastantes corrientes del expresionismo, evocadas principalmente mediante la iluminación y escenografía de Tere Uribe, interesante como propuesta e incluso como realización, aunque un tanto estática dentro de una situación circular pero extremada y ascendente en cuanto a clima. Esto se conjuga con el realismo psicológico que maneja con los actores y en un cierto corrimiento espectral que va dándose hacia el final.

Sin embargo, aunque profundamente conmovedora, con elementos de actualidad en cuanto devastación de la familia a partir de la irrupción de la droga como emergente de la incomunicación; el montaje, con sus tres horas y cuarto, se vuelve excesivo y termina fisurando seriamente las virtudes tanto de O'Neill como de Margules en un resultado donde alterna el buen sabor con el cansancio.

El plantel de actores resulta coherente y sólido, cualidad que sabe dar este director a casi todos sus espectáculos, ya que es un buen conductor de sus intérpretes. Lo encabeza Claudio Obregón como el padre, sólido y progresivo, aunque con ciertas caídas en una grandilocuencia fría que tal vez pueda atribuirse a las características de actor del personaje (el padre de O'Neill encarnó durante muchos años con un gran éxito al Conde de Montecristo); Marta Verduzco en el rol de la madre, construye tal vez el trabajo más memorable, por lo medido, preciso y efectivo; Emilio Echeverría asume al hermano mayor, en forma correcta aunque con un vuelo menor al impuesto por Daniel Giménez Cacho, al que en definitiva correspondería a la imagen del propio O'Neill en su juventud. Hay sin embargo un cuidado de evitar la competencia de imágenes trabajando en un tono menor, más opaco, a los dos hijos. Complementa Emoé de la Parra en un cuidado papel como la criada.

En definitiva: un texto desgarrador que tal vez hubiera ameritado un recorte sustancial en su extensión para mantener la eficacia de su profundidad; una puesta creativa que hace tanto a la sustancia de la obra como a ciertas formas frecuentemente manejadas por Margules, aunque un tanto estática y excesivamente densa en sus resultados, sumándose al factor de cansancio que ya veíamos por la abundancia del texto. Y un trabajo de actores prolijo y convincente, pero afectados por la sobrecarga de palabras y tiempos que recién mencionábamos como una cierta adiposidad del tejido escénico. Un material serio que merece atención a pesar de estos últimos elementos que pueden lastrarlo un poco para el goce del público.