FICHA TÉCNICA



Título obra La Llorona

Autoría María Morett

Dirección Alvaro Hegewisch

Elenco Álvaro Hegewisch, Rafael Cortés, Concepción Márquez, María Morett, Carlos Bonilla

Espacios teatrales Cárceles de la Perpetua en el Palacio de la Antigua Escuela de Medicina

Referencia Bruno Bert, “¡... Ay mis hijos!”, en Tiempo Libre, 30 abril 1992, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

¡...Ay mis hijos!

Bruno Bert

Dentro de los personajes que recorren la mitología popular, el de la llorona cobra un particular espacio, porque su nombre logra metamorfosearse y sobrevivir al embate cultural que desguaza las antiguas creencias de la ciudad. Su presencia ha ocupado pequeños intersticios en muy diversas manifestaciones de la cultura cotidiana a través de canciones, pinturas y también, por supuesto, esporádicas apariciones en el teatro.

Hoy una pequeña obra está dedicada a ella y se acaba de reestrenar en el ámbito de las Cárceles de la Perpetua, posiblemente en una búsqueda de cobijo colonial a su figura, así como el año pasado hallara como lugar natural algunas colonias populares.

Se trata de un montaje de Alvaro Hegewisch sobre textos de María Morett con la presencia de una docena de actores y danzantes que recorren el arco de ida y vuelta entre lo simbólico y lo anecdótico, entre el presente, la Malitzin, la mujer que mató a sus hijos en la Colonia y que fue ajusticiada por ello, para volver nuevamente a la tortillera y el teporocho de una actualidad que geográficamente es posible que coincida con el mismo barrio céntrico que alberga el trabajo teatral.

Se ha intentado en la puesta la confluencia de diversas estéticas populares como son ciertas reminiscencias a los grupos que evocan las raíces prehispánicas, con sus trajes, instrumentos e incluso voces de origen náhuatl. Allí las danzas, las imágenes heroicas y un tanto declamatorias de figuras como Cuauhtémoc o Moctezuma; de allí también la confrontación directa con el conquistador, mostrado aquí a caballo, integrado a las coreografías indígenas. Y también las estructuras narrativas manejadas por ejemplo en el teatro de vecindades, con sus anécdotas de cotidianidad, sus juegos verbales y también su resabio de ingenuidad escénica con figuras estereotípicas donde, al igual que en el caso anterior, los colores narrativos son netos y nadie duda sobre la ubicación del opresor y el oprimido, del justo y del injusto.

Podríamos hablar de una "estética de emergencia", efectiva por momentos en su simpleza, capaz de manifestarse en cualquier ángulo de la ciudad y en contacto directo con el transeúnte vuelto espectador al sonido de las voces o los instrumentos de raigambre indígena; débil sin embargo, para proposiciones artísticas de mayor compromiso.

El director, que además interpreta a Cortés y a la muerte —ambos a caballo decíamos recién y con una excelente silla contemporánea que hace fácilmente reconocible el origen del animal— pareciera más bien orquestador de estas dis-tintas confluencias que creador de una proposición original, pero de todas maneras da unidad a la propuesta que no deja de tener algunas imágenes que logran los efectos de empatía, de reconocimiento con lo propio que seguramente intenta.

Los actores parecen un grupo bastante heterogéneo provenientes de muy diversas experiencias y con también distintos desarrollos en sus carreras, como Rafael Cortés, de fuerte presencia y voz cavernosa pero manejando un estilo rimbombante que mantiene a pesar del papel que le toque; Concepción Márquez, confidencial y directa, en algunos momentos que hablan de experiencia o de fluidez escénica, o María Morett, que además de componer los textos asume los roles principales del trabajo, con especial efectividad para la llorona tradicional, la qué lanza sus gritos en busca de los hijos sin que su voz ni su trabajo corporal caiga en lo falso o nos moleste como convencional. También es destacable Carlos Bonilla como cantaory guitarrista, acompañando el ajusticiamiento de la mujer y la letanía de los monjes.

En definitiva, se trata de un trabajo de raíces populares que rescata elementos de la tradición que sentimos morir en nuestros días. "¿En medio de una sociedad tan violenta, quién cree ya en la llorona?", comenta un personaje que al mismo tiempo hace notar que ese nombre lo lleva ahora la sirena de la policía. Al parecer La llorona, contiene más elementos sociológicos que artísticos, pero sin embargo continúa siendo un juego pertinente de recordación lanzado a las calles o, como en este caso, a espacios de teatro no demasiado tradicionales donde pueda reencontrarse con los más diversos públicos e intentar con ellos ser reflejo de una cultura viva. La estética que lo sostiene sufre los mismos embates que la anécdota narrada: ambas necesitan aires nuevos para seguir airosamente más allá de los recuerdos ya mortecinos de los libros, los museos y los viejos.